Para citar este artículoTítulo:Monserrat Ordóñez en su escritura[*]
Tema: Temas Varios
Junio de 2001
Páginas 95-99
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Monserrat Ordóñez en su escritura
[*]

Betty Osorio[**]

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Nos reunimos hoy para recordar a la amiga, a la colega, a la mujer y sobre todo para celebrar a la escritora. El legado de vida de Monserrat Ordóñez se encuentra en nuestros recuerdos, pero también en las actitudes y los gestos que ella fundó y cultivó entre aquellos que la rodearon, especialmente entre los jóvenes. Nos enseñó que la literatura es un espacio donde la sensibilidad y la curiosidad se unen al desafío, que cada lectura es una aventura de búsqueda y un forcejeo donde algo nuevo siempre debe ocurrir. Este acto que no tiene nada de pasivo, sino que es un volcán donde se renueva la significación, Monserrat misma lo definió con las palabras siguientes:

Cuando ese monstruo comienza a tragar y a vomitar; la lectura que comenzó como traición termina en robo: todos los excesos están permitidos, no hay ética, no hay paz. El mundo se mide por palabras y se roba tiempo, ideas, cualquier cosa, para leer y escribir [1].

Por esto precisamente, la escritura fue su pasión más grande; allí supo dar sentido y gestar sentido. Este juego marca tanto su vida intelectual como su vida afectiva. Escribir, de acuerdo a Monserrat no es una labor "fácil porque para llegar hasta la página hay que vencer nuevas barreras cada día, porque es un oficio que se practica sin fin" [2]. Ella vivió intensamente esa relación con la letra y, por eso, supo a profundidad que está marcada irremediablemente por la vida, el cuerpo y el afecto del autor. Tal actitud produce desgarramientos interiores, en sus propias palabras "despelleja", pero también conduce a encuentros con el otro. Monserrat entendía desde adentro el "oficio de escribir" y, debido a ello, pudo penetrar en el mundo de la escritura de otros y especialmente de "otras", también mujeres y también colombianas quienes, como ella, se apropiaron de este espacio de autoafirmación y de libertad.

Escritura y libertad son dos espacios que se complementan, pensaba ella. Se es escritor más por elección que por vocación. No es un destino implacable sino una forma de enfrentar al destino y de cambiarlo. Es un ejercicio que, una vez iniciado, exige de la voluntad como única garantía para continuar. Toda escritura es un testimonio donde el sujeto desafía las fuerzas de la historia y de la cultura. Así vivió Monserrat Ordóñez las múltiples dimensiones de su propia escritura. Por esa razón, ella supo entender este drama que alimenta la obra de escritoras como Virginia Woolf, Clarice Lispector y las colombianas: Soledad Acosta de Samper, Elisa Mújica, Marvel Moreno y muchas otras quienes, como ella, le apostaron su destino al acto y al oficio de escribir.

Esta tarea, para las mujeres, se acerca más a la magia y al vuelo de la bruja que al pensamiento cartesiano. La imagen del camaleón era una de las predilectas de Monserrat para describir su labor como crítica, como profesora y sobre todo como escritora. El cambio constante de color de este enigmático animal, embellece el mundo, lo hace impredecible y lo llena de luz y movimiento. Su resbaladiza identidad de escritora, le permitió moverse a Monserrat por sus laberintos personales y por los de otros, al atisbo de una nueva ruta, de una oportunidad apenas vislumbrada por los demás, de una epifanía. La recuerdo así en un congreso en Alemania, donde supo encandilarnos a todos al hablar de la secreta herida de Maqroll el Gaviero y de su genealogía mítica: "Y como nos muestran Sagitario, Quirón y Maqroll, sólo viviendo el dolor puede venir la sanación, una sanación que no es necesariamente la vida después de la herida, sino la vida con la herida" [3]. Esta herida que, supo ver en la obra de Mutis, creo que es también su propia herida, su propia llaga que no sana y que estará permanentemente abierta hacia el otro, hacia nosotros, como una señal de esperanza y de reto que atraviesa los calendarios.

Hoy, precisamente, leeremos parte de su legado poético, en el cual los juegos, que apenas he presentado, se convierten en presencias inconfundibles y en testimonios irrefutables de que el acto de escritura, cuando se vive poéticamente, tiene la marca candente e indeleble del YO. Al leer su poesía hoy, tenemos a Monserrat con nosotros viva. Ella nos habla con palabras que no son de antes sino de ahora, que son presencia y no evocaciones de un fantasma.

Ella, aquí en esta sala, nos alienta a luchar contra el caos y contra la injusticia [4] y, a confirmar, dentro del dolor y la infelicidad, nuestra condición de humanos que se atreven a desafiar con meras palabras aun la misma eternidad.

Textos de Monserrat Ordóñez [5]

En un mes de las brujas nos reunimos en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, para pensar en el oficio de escribir, la tarea mágica que a tantas mujeres ha convertido en seres prohibidos. El encuentro se había planeado desde hacía meses y varias veces habíamos pospuesto la fecha, por razones supuestamente ajenas a mi voluntad. Creo, sin embargo, que yo también era parte de las dilaciones, o por lo menos las aceptaba con alivio. Mi resistencia a hablar del oficio de escribir ha persistido con extraños disfraces y aplazamientos. Para una trabajadora exacta y sin tregua, como yo, estas huidas son transparentes: me resisto a la identidad impuesta de escritora y me resisto a mi propio discurso sobre la escritura. ¿Por qué no escribir, en lugar de hablar de lo poco (porque siempre es poco) escrito?

Es cierto, sin embargo, que esta identidad que se me adjudica no es gratuita, a pesar de que me doy cuenta de no tener una obra pública, coherente y clasificable según criterios académicos, estéticos o editoriales. Me siento un camaleón de la palabra, que cambia de color y tal vez no tiene uno propio. Pero aún así soy un animal consistente. Siempre he vivido con/de las palabras, como lectora, estudiante y profesora de idiomas y de literatura, editora, traductora, conferencista, periodista, crítica literaria, poeta. He comido de mi manejo de la lengua aunque los escritos que más me representan son los que sólo me han alimentado metafóricamente. Mi obsesión es irremediable e inútil, como la del camaleón, que sospecho se engaña a sí mismo más de lo que logra engañar al otro.

Si considero resbaladiza mi identidad de escritora, me identifico sin embargo plenamente como lectora. Lectora traidora, desde antes de ir al colegio y de saber leer, cuando me aprendía de memoria los cuentos que me leían y los repetía línea por línea, señalando las palabras con el dedo índice como si tradujera signos. Luego, esa gracia infantil se convirtió en maldición, para mí y para todos los que me rodeaban, cuando devoraba colecciones completas y las palabras ajenas eran mi refugio, mis ecos, mis referencias secretas, sin verbalizaciones compartidas. Leía sola y mi mundo se dilataba, desarticulado, lleno de esas telarañas que se apoyan en la vida y que no son la vida.

De las arrolladoras palabras ajenas creí aprender que todo está ya escrito y que sólo hay que buscarlo para encontrarlo. Aún me persigue esta labor de exploración en la que me he pasado la vida. Reconstruirla es un peligroso trabajo de autoevaluadón y de acribillamiento, cuando años y décadas después amigos y estudiantes me recuerdan por los libros que yo leía, que en algún momento me obsesionaron y obligué a compartir como pesadillas, y ahora desearía olvidar. Pero el pasado también está hecho de letra leída, deslizada, coyuntural, y nadie se escapa de su historia. Compartir y divulgar es también el eje de la enseñanza de la literatura, esa transmisión que los obsesivos del libro hacemos en clase, entre amigos, entre editores, en los comentarios que a veces escribimos. Queremos que otros lean lo que nos gusta, incluso tratamos de obligar a que les guste lo mismo. El placer de leer desencadena una serie de diálogos que incluye a muchas más personas, fuera de un autor y de un lector esquemático. Los mundos imaginarios de ambos están poblados de voces que entran en esa misma enorme y silenciosa conversación, que como un iceberg apenas muestra unos cristales. En las profundidades se producen los naufragios. Si la lectura está en la raíz de todos los desastres, su producto es un monstruo mítico. Todas las decisiones vitales de un lector están supeditadas a su obsesión. De ahí salen periodistas, editores, profesores de lengua y literatura, coleccionistas de diccionarios, amistades con las que se puede leer y escribir pero nunca hablar, parejas hechas de libros y no de cuerpos. Cuando ese monstruo comienza a tragar y a vomitar, la lectura que comenzó como traición termina en robo: todos los excesos están permitidos, no hay ética, no hay paz. El mundo se mide por palabras y se roba tiempo, ideas, cualquier cosa, para leer y escribir.

Si ese ser maldito, traidor y ladrón, es además una mujer, el desastre es total. Para leer y escribir hay que estar en contacto con el caos y con el cosmos, pero sólo se puede plasmar en soledad, con la libertad que da el candado por dentro de la puerta. Y si hay algo negado a la mujer es su soledad y su espacio. La mujer debe ser desprendida y estar siempre disponible. Por eso no escribe, sólo habla y usa sus palabras como imán. Siempre rodeada, lo regala todo, administra y promueve las escrituras ajenas. Revisa, corrige, arma plataformas para que otros despeguen, devuelve multiplicada la imagen del que se le acerca. Su oralidad la ahoga y obliga a que los que la rodean se conviertan en esponjas. Sabe que la vida es más que el lenguaje, ese esqueleto que apenas la sostiene, pero se delata, seduce, vende y compra afectos con palabras en trans/misión. Hasta que aprende, muchas veces tarde, a ser rinoceronte y escorpión y caracol para escribir. La defensa de su mínimo espacio ante la invasión se convierte en una pelea que la agota más que la misma escritura. Tiene que explorar nuevos sistemas de vida, porque se considera que la mujer no puede ser feliz escribiendo, no puede ser feliz si está sola, ni siquiera por unas horas, y porque escribir es un acto egoísta, que no se le permite a ese ser supuestamente creado para la entrega indiscriminada. Y la desprendida no logra desprenderse. Paga con silencio su adaptación y su supervivencia.

Pero aún no hablo de mí, de lo que escribo y cómo lo escribo. Y sigo resistiéndome a hacerlo, porque no quiero reemplazar la escritura con el discurso sobre la escritura. Porque sería demasiado fácil aplicarme mi propio discurso crítico, para excusarme, inflarme o justificarme. Además, siempre repito que no hay que creerles a los escritores sino a la escritura, así que de todas formas mi opinión sería inútil. Repito también que la escritura no se hace de café, de nubes, de espuma en la ducha o de descargas eléctricas sino de escurridizas palabras, solas y planas. Y una vez combinadas y convertidas en objeto añadido al mundo, esas palabras son más inteligentes que sus presuntos autores y transmiten voces que ellos o ellas ni siquiera identifican. Así, lo que yo pueda decir sobre mi escritura nadie debe creérmelo, porque yo no puedo saber bien qué hago. Lo sospecho, lo intento, escojo conscientemente, pero lo que escribo es parte de un tejido que yo no controlo. Como cuando cocino que, en la mitad de mis decisiones y combinaciones más creativas y supuestamente autónomas, me hielan y me calientan otros gestos repetidos y recuperados. Por otra parte, lo que escribo, cuando hago poesía y prosa poética, es muy distinto de lo que hago o lo que digo. Puedo hablar por horas con fluidez y sin embargo cuando escribo salen textos de piedra y de silencio, despojados, sin concesiones, en contra de la desmesura que siempre me ha rodeado. Hago lecturas críticas y las escribo, pero a menudo decido que estoy harta de pretensiones de originalidad y primeras personas, y decido dejar el espacio a las voces de los otros. Así, con frecuencia he preferido ser lectora y transmitir, impresas, compilaciones de mis lecturas. Traduzco, porque traducir es también compartir y es la más adecuada combinación de una buena lectura y una buena escritura. Edito porque, como me sucede en la docencia, me gusta ser puente. Escribo artículos sobre literatura, porque en los últimos años he encontrado un discurso crítico contemporáneo en donde me puedo hallar con alguna comodidad, un discurso de autodelación y de apertura, que acoge mis obsesivas metáforas, que se opone a la omnipotencia y a la supuesta objetividad de la crítica de mi época de estudiante, un discurso en fin que se basa en una profunda conciencia de género (masculino/femenino) y de historia. Ahí ubico, o quisiera poder ubicar, mis trabajos sobre la revisión del canon literario o sobre la escritura de la mujer en América Latina y en Colombia.

Como le decía Milena Jesenska a Kafka, creo que dos horas de vida son muchísimo más que dos páginas escritas. Pero escribo porque lo que quiero decir no aprendí a transmitirlo con la danza, ni con el silencio, ni con el gesto, ni siquiera con el amor, y si no lo escribo lo olvidaré y sin memoria me quedaré sin vida, sin esa única vida de azar en contra del azahar, tan vulnerable, tan prescindible. Las palabras me persiguen y aunque sé que no son mías, que no hay discursos propios sino apropiados, que yo no soy la única con acceso a esas combinaciones precisas, si no las escucho me ahogan, me acorralan, me lapidan, y sólo vuelvo a reconocer mi cuerpo si logro despojarme de mis palabras y de mis pieles viejas y, desollada, vuelvo a empezar.

Creo, también, que para mí escribir es una batalla contra la injusticia y contra el caos, contra los silencios impuestos, contra las continuas agresiones que recibimos las mujeres, aunque yo casi pertenezca (me suena irónico después de mi errática escritura de toda la vida) al grupo de las privilegiadas. A veces me han dicho que hay tortura en lo que escribo. En verdad, no podría escribir desde las rosas, los jazmines, las auroras y el amor, aunque los conozca, si he vivido entre el dolor y la violencia. Por otra parte, no creo mucho en una escritura sólo de paz y celebración, sin tensiones ni contradicciones. Escribir no es fácil, porque para llegar hasta la página hay que vencer nuevas barreras cada día, porque es un oficio que se practica sin fin, una carrera sin meta. No es una actividad natural, a la que el cuerpo se entregue como al agua, al sol, al sueño, a la comida, o al amor. Es una decisión, a veces demencial. Un tiempo sin reloj, papeleras que se llenan, letras que bailan, libros que caminan, caras alucinadas. Escribir no es libertad, porque la persona que escribe vive torturada en un espacio de espejos y de aristas, entre lo ya escrito, lo que escribe, lo que quiere escribir, lo que nunca escribirá. No es permanencia, porque su escritura es ajena y no le evitará los desgarros de sus muertes. Es una extraña forma de vivir, una mediación despellejada, que reemplaza mucha vida pero no la oculta ni la ignora.

Y sin embargo, la persona que quiere escribir y no lo hace, vive y muere condenada. Por eso, hablar de la escritura y del oficio de escribir es suicida. Los que hoy queremos seguir viviendo con palabras, debemos ahora, ya, callarnos e irnos a nuestro posible o imposible rincón y escribir, escribir para poder morir en paz.

No soy

"They brush the surface of the world.
Their nets are full of fluttering wings."
Virginia Woolf, The Waves

Soy miles de mariposas
perforadas, acribilladas, disecadas,
extendidas en los recuerdos muertos de los otros.
Las alas se desintegran
en polvo de sombra de ojos
y quedan huesos carcomidos:
lepidóptero devorado por el insecto-recuerdo
que lo fija y lo diseca.
El polvo de alas gotea.
El gusano se ha fundido en la aguja que lo mata,
en los ojos que lo observan y las alas que se pudren.
Y otras olas de imagos aún vivos piden turno,
mientras yo me alejo de ellos más y más.
Mariposas que gotean polvo de alas, polvo muerto,
ya.

Una y todas

"y el remolino recibió sus palabras
y dejó a sus pies una vasija rota
y una pajita."
Virginia Woolf, Orlando

He buscado donde duele la ausencia.
Me hurgué los intestinos y me vacié el útero como una molleja,
pero no era allá.
Me escuché el corazón, campana sorda, y me escarbé los
pulmones, esponjas de
sed y ahogo, pero no era allá.
Me observé el estómago, paloma de agudas uñas y alas
desazonadas, pero no
era allá.
Salí de las entrañas y me toqué la piel y mi piel gritó y encontré
la
ausencia, cubriendo mi superficie, debajo de las uñas, en la
nuca y en el
paladar, detrás de las rodillas y en la espina dorsal.
Piel untada de ausencia que lamo a pedacitos hasta que pueda
escapar de ella.
Cambiaré de piel y me sacudiré la ausencia.
Y por fin, superficie despellejada, me arranqué tu piel.

Ágata

Salen del agua vestidas de negro
el sol rojo oscuro
descuelga
La arrastran
intentan
untarle alquitrán
coserla entre redes
armarla para la perdida lucha
de aletas y guantes
escafandra y puñal

flota
la nadadora desnuda
llagada de erizos
rota de corales
con pelo de plancton
con lengua de ostras
con pechos de estrellas
con sexo de almeja y granito
flota entre moluscos

Implacables
horror y asco escupen las buceadoras
enlutadas rencorosas
la evitan con índices
predicen el pus
la cercan la acosan
le trenzan las lágrimas le raspan escamas
porque ella regresa de hundirse en el mar sin fondo
y ha visto temblando al lenguado de ojo sin luz.
La queman y comen su útero duro
devoran su lengua partida
sus ojos de fruta
crepitan sus dedos al fuego entre rocas
por sus huesos silban tuétano y espuma
el fondo del agua
el olor a naranja y a sal.

Llena
la luna obscena escoge tormenta
Cumplido su oficio regresan al monte
fecundas, oscuras y tristes
su fuerza en el pino, la flor de la sábila
y sus chupaflores suicidas y pródigos.

Cae
el agua dulce
en cascadas
Las ágatas se rompen junto a la playa
contra la cruz del sur.

Crema de menta

"And miles to go before I sleep."
Robert Frost, "Stopping by Woods on a Snowy Evening"

Prendemos la televisión abrimos un libro
escribimos una línea esperamos otro amor
(la hebra de vida bajo la ceniza)
y sólo la muerte
detrás de los gestos las decisiones las ambiciones
envejecemos cuando
nacemos respiramos nos movemos
ensayamos hasta que aprendemos
a sufrir sin transparencia y
funcionamos sin interferencia
sobrevivimos (creemos) y cumplimos
viejas metas nuevos planes
sentimos la antigua urgencia
entre semáforo y semáforo
(ayer ¿te acuerdas?
vida contada ¿vida evaluada?
beso mal dado
crema de menta y helado)
crece la espuma
desbordamos brindamos deseamos
manejamos plazos
y en conclusión vivimos (suponemos)
sin amor por supuesto sin libertad
sin sentimientos a veces con estabilidad
usamos gasolina en lugar de lágrimas
vamos al parque a hacer gimnasia
criamos hijos propios y ajenos
corremos comemos bebemos jodemos
decimos valores se entiende dinero
soñamos amores suena el radio reloj
cumplimos treinta y decimos adiós.
¿Nosotros? No.





[*] Palabras pronunciadas en el Homenaje a Monserrat Ordóñez. Universidad de los Andes, febrero 22, 2001.«« Volver

[**]Profesora Departamento Humanidades y Literatura, Universidad de los Andes.«« Volver

[1] Monserrat Ordóñez, "El oficio de escribir", en María Mercedes Jaramillo et al. (eds.), Literatura y diferencia, Medellín, Universidad de Antioquia, 1995, pág. 318-319.«« Volver

[2] Monserrat Ordóñez, "Prólogo a la edición en español", en Diane E. Karting (comp.), Escritoras de Hispanoamérica, Santafé de Bogotá, Siglo XXI Editores, 1990, Págs. XI-XIII.«« Volver

[3] Monserrat Ordóñez, "La secreta herida de Maqroll el Gaviero", Actas del Segundo Congreso Internacional de Estudios Latinoamericanos (CELA), (Germersheim, Universidad de Maguncia, 23-27 de junio, 1997), Tubigen, Max Niemeyer, 1999, pág. 32.«« Volver

[4] M. Ordóñez, "El oficio de escribir", pág. 321.«« Volver

[5] Textos seleccionados por Carolina Álzate Cadavid, PhD, Profesora Asociada, Departamento de Humanidades y Literatura, Universidad de Los Andes.«« Volver

   
 

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