Para citar este artículoTítulo:Del territorio, la guerra y el desplazamiento forzoso. Una vistazo sociológico
Tema: Temas Varios
Junio de 2001
Páginas 39-47
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Del territorio, la guerra y el desplazamiento forzoso. Una vistazo sociológico

Oscar Mauricio Espinosa Henao[*]

Dossier


Un país mata, otro se muere y otro mira expectante. El cuarto huye de la violencia y protesta en busca de reconocimiento social. (...) Son un problema para el gobierno, una incomodidad para el resto de la sociedad, un escudo humano para los actores armados, un indicador de la degradación de la guerra (...). Son desplazados por que no participaron en la guerra, y por no hacerlo son sus principales víctimas. (Rodolfo

Prada Penagos y Álvaro Ortiz Ramos).

Presentación

Todo país se enfrenta con diferentes grados de incertidumbre al momento de prospectar sus políticas. No faltan las asignaciones presupuéstales aplazadas o incompletas, los pactos económicos frágiles, las migraciones poblacionales, los desastres naturales latentes, las fluctuaciones bursátiles, el libre comercio en un contexto globalizado y neoliberal, o las convulsiones geopolíticas; podemos denominar a estas circunstancias como estructurales y globales en cuanto atraviesan a todos los países -especialmente subdesarrollados- con diferentes intensidades de duda al momento de planificarlos y desplegar las políticas públicas hacia la sociedad. Pero Colombia vive circunstancias sui generís en este aspecto. Los órdenes de la vida nacional, incluidas las dinámicas poblacionales, están predeterminados en buena medida por los actores armados, por un conflicto que fractura el tejido social, el cual se inunda de los efectos absurdos de un enfrentamiento que se muestra sin hilos éticos; esto sin contar con circunstancias como la concentración de la tenencia de la tierra, un conflicto radicalizado en grupos armados fortalecidos, la violación de los derechos humanos, y una agenda de diálogo con la insurgencia de la cual ningún sector se atreve a emitir pronósticos contundentes. Por ende la incertidumbre inunda las cotidianidades de los anónimos, a gobernantes, planificadores y en general a todo el sistema social.

Pues bien, el fin de la reflexión que se desarrolla en las siguientes páginas es esbozar algunos efectos territoriales del conflicto armado que dificultan el desarrollo humano y distancian de mínimos de calidad de vida a gran cantidad de desplazados. Busca ilustrar someramente las expresiones básicas del desplazamiento por violencia, las vivencias de los desterrados que se traducen en desafíos para municipios que en nuevos contextos espaciales deben acoger gran cantidad de familias, y la manera en que la violencia ha podido afectar socio-territorialmente a los habitantes del campo y la ciudad; lo que amalgamado representa una serie de retos y conjeturas para la planeación en los ámbitos nacional, regional y local. El escrito es el resultado de la experiencia del autor como consultor en la elaboración de Planes Municipales de Ordenamiento Territorial en el Oriente Antioqueño y Urabá.

Derrotero conceptual

Es usual que en diferentes espacios académicos, gubernamentales, informativos y cotidianos se escuche que al referirnos al conflicto armado nos enfrentamos a un proceso de profunda incidencia territorial. Así, es preciso entender cómo el conflicto puede llegar a condicionar la intervención sobre el territorio, teniendo en cuenta que las:

significativas batallas a campo abierto o en pequeños poblados que se vienen registrando son pruebas de que elementos como el control territorial rural y la ocupación de asentamientos agropecuarios, mineros, silvícolas y campesinos en general, tienen sitio privilegiado en los diseños estratégicos y tácticos de los grupos enfrentados así como para la fuerza pública [1].

Allí los grupos armados

hacen ocupaciones de hecho al crear unidades de control o de gobierno local a partir de secciones mínimas de territorio como veredas, caseríos, corregimientos o resguardos. Someten o desplazan a la población campesina respectiva. En estos casos el vacío de poder se crea por la fuerza de las armas y se desconoce a la sociedad civil que queda sin la capacidad de defensa propia y sin la autonomía básica para trabajar y producir, transmitirla cultura, y reproducirse con el sosiego indispensable [2]

La población desplazada constituye una fragmentación de las interacciones sociales, de las vecindades, de los vínculos de las gentes con su tierra, a un territorio que se encuentra en disputa por los grupos armados al margen de la ley. Para examinar lo anterior coexisten dos dimensiones al momento de entender las representaciones del espacio. La tierra es medio de producción que respalda la subsistencia y el arraigo a lo propio; es figura de dominio en su tenencia y modos de uso. El territorio es lugar de dialécticas, demarca y expresa dinámicas que son el resultado de las pugnas entre los sectores de poder, como de culturas y cosmovisiones que tal cual lo aprehenden, lo habitan y afectan. En lo fundamental puede decirse que es el centro de las potestades que sobre el espacio y el medio ambiente ejercen los grupos humanos, el cual está constituido por los componentes geográficos, biológicos y físico-ambientales que contienen a su vez las esferas sociales, culturales, simbólicas, políticas y económicas de la sociedad que en cada región interactúan. Como paréntesis conductor del análisis a desarrollarse, es pertinente retomar la conceptualización sobre el territorio que desde la geografía política realiza Montañés, quien lo entiende como

una porción de espacio geográfico sobre el cual se ejerce o se pretende ejercer el control político. Este control, relativo y jerarquizado, puede ser pretendido por una persona, un partido político, un grupo social y un Estado. Expresa tanto fuerzas consensuales como fuerzas en conflicto y es, en determinado momento, el resultado de la evolución histórica. El territorio incluye la riqueza material que de alguna manera está a disposición de quienes tienen el poder político.

Por su lado la "territorialidad es el grado de control de una determinada porción de espacio geográfico (que) está condicionada por las relaciones de poder político y su expresión espacial. La territorialidad es excepcionalmente absoluta; es, por el contrario, relativa y contradictoria" [3]

Esta diferenciación terminológica da luces para entender el asunto de las reconfiguraciones espaciales por los actores armados, los que por la vía militar hacen presencia en lugares donde no sólo se encuentran sus enemigos, sino que poseen potencialidades geoestratégicas entre las que pueden mencionarse el acceso a vías troncales, ríos navegables o el mar; corredores boscosos que propician la movilización y residencia temporal de columnas armadas o el mimetismo de laboratorios para el procesamiento de droga; o bien por condiciones biofísicas idóneas para el cultivo y transporte de narcóticos. En tal confluencia de ingredientes, tras la disputa territorial de dichos actores intentando ampliar sus territorialidades, el resultado social más evidente de las incursiones armadas es el "desplazado", entendido este como:

toda persona que se ha visto forzada a migrar dentro del territorio nacional abandonando su localidad de residencia o actividades económicas habituales, por que su vida, su integridad física, su seguridad o libertad personales han sido vulneradas o se encuentran directamente amenazadas, con ocasión de cualquiera de las siguientes situaciones: conflicto armado interno, disturbios y tensiones interiores, violencia generalizada, violaciones masivas de los Derechos Humanos, infracciones al Derecho Internacional Humanitario u otras circunstancias emanadas de las situaciones anteriores que pueden alterar o alteren drásticamente el orden público [4].

Una vez se da el desplazamiento, entre otras secuelas, las principales consecuencias territoriales se expresan en la brusca transición de lo rural a lo urbano, ámbitos espaciales claramente diferenciados [5].

Tipos de desplazamiento forzoso

Volviendo a nuestro tema, dar dimensión a la realidad del desplazamiento forzado no es sencillo; el estudio de las tendencias en las dinámicas de la guerra se queda corto ante fenómenos que no guardan proporciones. Lo que un día es un lugar expulsor de personas en otro momento puede ser receptor, o viceversa. La guerra reconfigura la relación con el territorio en su apropiación, arraigo, uso del suelo y densidad poblacional, trascendiendo todas las esferas de la vida local y regional. Según cifras del Codhes [6] se estima que en el último lustro se desplazaron alrededor de 1 '125.000 personas de sus viviendas y lugares de trabajo, esto sin contar con los éxodos irregulares, diarios e individuales no registrados [7].

Por lo anterior debe entenderse la realidad del desplazamiento en sus dos expresiones fundamentales: en primer lugar tenemos aquel masivo que es atendido por diversas entidades y que se pone en la mira de los medios de comunicación. Permite llevar un seguimiento del número de personas afectadas, condiciones generales, perspectivas grupales para el retorno y otras medidas que se ajustan a grupos numerosos de personas. Por otro lado se encuentra el desplazamiento difuso para las autoridades y medios, el cual escapa a su cuantificación, pero que si se contabilizara aumentaría notablemente las cifras oficiales. Este tipo de desplazamiento bien puede denominarse como atomizado, es decir, aquellas familias que no amanecen en sus viviendas gracias a amenazas frecuentes, al asesinato de algún pariente o al temor infundido. Este no es eventual, se presenta a diario en Colombia.

El primero es mucho más exigente de suministro, asistencia y alojamiento. El segundo es silencioso, anónimo, y con el tiempo se hace sentir en la densificación de los barrios de las cabeceras municipales o de las ciudades, en el hacinamiento por metros cuadrados construidos o en el aumento de viviendas desatendidas de servicios públicos.

En la coyuntura del éxodo estas familias (i) ocupan lugares específicos, (¡i) se dispersan en zonas subnormales o (iii) se apretujan en viviendas de parientes. No faltan los que son objeto del paternalismo asistencialista que no se coordina en medidas integrales por parte de las diferentes entidades, y aquí comienza a evidenciarse el tratamiento que se le brinda al desplazado como tal. No es claro el papel de los gobiernos locales, no existen portafolios de medidas para atender adecuadamente este fenómeno. Tanto como no se concatenan las ONG que brindan apoyo, no se canalizan esfuerzos unificados ni se coordinan acciones. Allí los desplazados son personas flotantes que representan gastos para las arcas municipales. Con los servicios y la asistencia que después de un tiempo deja de otorgarse, y sin posibilidades de retorno, eclosionan efectos colaterales del desplazamiento como mendicidad y economía informal (subempleo), sin que esto quiera decir que en lo absoluto tales problemáticas se asocien exclusivamente a los desplazados.

Vivencias del desplazado: conjeturas y desafíos para los municipios

Son los municipios los llamados a atender demandas que se concentran en lugares usualmente desatendidos, en los cuales se reubican los desterrados. Son numerosos agregados humanos que entre el trastorno de estrés postraumático [8] deben franquear el hambre, las aguas insalubres, la necesidad de aposento, la falta de alcantarillado. A la par enfermedades, carencia de oportunidades, desesperanza, hijos sin educación ni seguridad social, incluso un peyorativo estigma social; toda una realidad que anuda una sola presión para el Estado encarnado en los municipios. Aunque para muchos no existe claridad en la interrelación de estas circunstancias con el desarrollo territorial, hay que recordar que el saneamiento

básico, las áreas de expansión urbana, los proyectos de vivienda de interés social, los servicios públicos domiciliarios, la ubicación de infraestructura en salud y educación, y los lugares susceptibles de ser albergues transitorios, son elementos que las municipalidades deben anticipar a través de los Planes de Ordenamiento Territorial (POT). Es fundamental invitar el esfuerzo de planificar sistemáticamente un país de cara a la guerra, sin embargo, es evidente que en municipios con cada vez mayores dificultades presupuéstales la viabilidad financiera para atender a estas personas está distante[9].

Es importante comenzar a deliberar el lugar del desplazamiento en todos y cada uno de los municipios de Colombia, exactamente, en las cabeceras y principales centros poblados. La confrontación bélica ha cambiado el país. Muchos campesinos de apropiación dispersa en el territorio ahora se concentran en parajes y cascos urbanos, allí demandan servicios y asistencia;

los flujos migratorios del desplazamiento se dirigen no sólo a las ciudades capitales e intermedias sino también a cabeceras municipales importantes por su ubicación o actividad comercial-agropecuaria, hacia zonas de nueva colonización o zonas de economía de enclave, en donde los desplazados buscan seguridad alimentaría y posibilidades de inserción en nuevos circuitos económicos [10].

El Estado, desde los preceptos de ley, debería ofrecer alternativas para atender esta población con paquetes de proyectos para la estabilización socioeconómica, lo cual apenas germina en el horizonte de lo espinoso pues no siempre las leyes cuentan con los medios institucionales y financieros suficientes para cumplirse a cabalidad.

Por otro lado, el nodo de las problemáticas para los conglomerados humanos no es únicamente la ausencia estatal o el conflicto armado, debe tenerse en cuenta que la degradación ambiental en algunos lugares está condicionando movilidad de población, porque tanto suelos, agua y bosques se mitigan. La alteración del medio predetermina movilizaciones de personas que se van a hacer presión a otros lugares débiles ecológicamente, o ya alterados [11]. Además, muchas instancias de planificación coinciden en afirmar que el conflicto armado impedirá usufructuar las potencialidades del territorio nacional. El valor paisajístico de Colombia que pudiera cimentar el ecoturismo no se aprovechará con el recrudecimiento de la guerra. Es conocido que la gran mayoría de municipios destacan dicha ventaja de sus regiones, pero pocos lo consignan en sus planes de ordenamiento territorial y de desarrollo como un renglón viable de ser aprovechado con certeza, por lo menos en el corto plazo.

Un campo inseguro, cambiante, marginal, con necesidades básicas insatisfechas, recursos naturales en progresiva degradación y habitantes temerosos y sin cohesión social, plantea desafíos sustanciales que reclaman acciones urgentes. Por su parte, lo urbano expone una diferenciación vertical de estratos sociales, personas en áreas periféricas subsumidas en la ilegalidad, con servicios públicos deficientes y poco creyentes en sus gobernantes, rezagados de oportunidades, sorteando la situación económica en el mercado informal y con serios inconvenientes en su calidad de vida. El hecho de buscar oportunidades forzosas en lugares distintos a los de origen es correr el riesgo de sumarse a cordones de miseria, como habitantes de zonas de alto riesgo o como población desatendida en la periferia, donde el desempleo y la segmentación del tejido social sentencian a colombianos sin lugar. A esto se asocian factores señalados por la Cepal como neurálgicos en los procesos de exclusión y déficit territorial en la región, donde la "segregación residencial de los asentamientos precarios, en los que se concentra una gran proporción de los niños y adolescentes, contribuye a reproducir sentimientos de no pertenencia a la sociedad, y subcultura con normas propias, que agravan la marginalidad social y laboral" [12].

Otros contextos y referentes de territorio y comunidad

El crecimiento poblacional en las áreas urbanas no se debe solamente a personas que se concentran, son grupos con distintas procedencias geográficas y culturales, donde se establecen lazos de vecindad entre diversas culturas, cada una de ellas con referentes distintos de territorio, de organización, de bienestar (recuérdese que Colombia es un país pluriétnico y multicultural) [13]. Todos reunidos en unidades barriales, algunas con identidad propia, otras sin ella, conformando una amalgama de expresiones, reivindicaciones, formas de cohesión y participación sin aparentes consistencias, en las cuales las políticas centralizadas y verticales no encontrarán luz verde hasta que se compaginen con las particularidades de estos grupos humanos en sus nuevas tramas. Más que nunca las respuestas del desarrollo deben acudir a repensar un país que abrigue tantas formas de hibridación socio-cultural, descomposición política y recreación de estructuras sociales como sean posibles; cuando se desplaza a los habitantes de un lugar no se expulsan familias cuantitativamente hablando, también se desplazan hábitos y costumbres, sueños y esfuerzos, pasados e ideales de futuro. Parafraseando Uribe a Arendt sobre los traumatismos de los desplazados, se explica que la "pérdida de sus hogares (...) significa algo más que la vivienda o el lugar de residencia; [sino] también el entorno doméstico, el entramado social en el que habitaban, los afectos, las querencias, las costumbres, la geografía, la memoria y, sobre todo, la desaparición de su lugar en el mundo" [14].

Una forma de ilustrar lo anterior es ubicándonos en Aguablanca, Calí, Ciudad Bolívar, Bogotá, o en los extremos más pendientes de las comunas de Medellín. Lugares densificados y en expansión por el arribo de desplazados. En esa aparente ausencia de orden puede realizarse un sinfín de lecturas sobre los grupos humanos que allí confluyen, donde ni siquiera el color de piel nos da luces para discriminar dos o tres formas de vida. Allí encontramos comunidades negras, mestizas y uno que otro de origen indígena. Pero no son dos o tres lógicas interactuantes. A los afrocolombianos debemos entenderlos desde su mismo origen; es colosalmente distinto un negro asociado a los ambientes fluviales del Chocó en comparación a un "costeño". Es evidente la diferencia entre un mestizo llanero, un "paisa", un "valluno" o un "santandereano". En este mismo orden de ideas diferente es un cordobés de rasgos indígenas a uno de estos proveniente del bosque húmedo. Con esto sólo se pretende mostrar un mosaico no sólo de colores de piel sino de formas de producción, de estrategias adaptativas, de habitar y comprender el mundo, de estructuras familiares, incluso particulares maneras de vivir el cuerpo y la sexualidad. Podemos afirmar que esa gran mayoría de desarraigados no es más que la amalgama y sumatoria de minorías que confluyen abruptamente en un mismo espacio con idénticas circunstancias, limitantes, carencias y ganas de salir adelante.

Al respecto Uribe señala que

en la mayoría de los casos, las localidades de las que provienen los desplazados no constituyen un pueblo en sentido estricto, un colectivo social articulado de manera orgánica por nexos y lazos culturales, étnicos, de lengua o religión y vinculados a un territorio ancestral que, por generaciones, ha permanecido en el mismo lugar[...]

salvo contadas ocasiones donde indígenas y afrocolombianos desplazados si poseen una cohesión histórica, étnica y cultural, pero donde

hay que hacer la salvedad de que la razón de su desarraigo no es su condición racial. Las comunidades de donde provienen los desplazados en Colombia están lejos de tener una cohesión orgánica. Estas comunidades son grupos heterogéneos de personas, diferenciadas en su interior; el tejido social que los articula no es particularmente fuerte aunque a lo largo de sus vidas han logrado establecer nexos duraderos con sus vecinos, construir sociabilidades estables y adquirir un sentido de pertenencia local y alguna expresión de identidad regional[15].

Las masacres y los enfrentamientos armados descomponen intestinamente el país en una guerra que meridionalmente afecta a las comunidades, sus formas de organización, su interacción con el territorio. Paralelamente una base social importante hoy luce descuartizada, y hace falta para recurrir a procesos estructurados de participación con la debida gestión desde las organizaciones de base. Es natural que la muerte selectiva de líderes comunitarios, la intimidación de los grupos armados y las nuevas culturas que trae una globalización con mass media que alteran los referentes de comunidad y bienestar, incidan notablemente en los procesos sociales a los cuales deben asistir colectividades que se muestran retraídas.

La cultura política se encuentra afectada por acontecimientos que, directa e indirectamente, ausentan el ejercicio de una ciudadanía madura. De hecho, los escenarios que se perfilan para el desarrollo humano [16] y el incremento del capital social [17] requieren de ciudadanos libres de toda coacción armada; si así fuera, los parámetros y grados de compromiso con el futuro serían bien distintos [18]. Esto concuerda con lo investigado por Palacio y otros, cuando explican cómo

uno de los primeros signos o síntomas psicológicos de la población desplazada es el miedo. Miedo que se refleja, por ejemplo, en los campesinos, que son uno de los grupos más afectados, en la inhibición de sus comportamientos de protesta, de contestación, de organización, ya que los integrantes o dirigentes de este tipo de movimientos son amenazados o asesinados, lo cual dificulta aún más la acción de los líderes comunitarios para su reorganización [19].

Por todo lo anterior, mientras perdure el conflicto armado la planeación nunca podrá responderá las necesidades de todas las personas; con el desplazamiento las demandas se reubican y se concentran intempestivamente en otros lugares, lo cual dificulta la posibilidad de anticipar coberturas en servicios públicos y sociales. Por lo menos debe estarse atentos a que los Planes de Desarrollo (Ley 152/94) y los Planes de Ordenamiento Territorial (Ley 388/97) se combinen con la Ley sobre Prevención y Atención del Desplazamiento (387/97), con el fin de disponer del espacio y servicios necesarios para atender las demandas de los desplazados; sin embargo, hay que recordar que la atención al desplazamiento no es política de Estado del actual gobierno, lo cual no evita la imperiosa necesidad de delinear estrategias de envergadura municipal y regional para manejar tal efecto del conflicto armado.

Haciendo un recorrido sobre los tropiezos del desarrollo y la planeación local, Restrepo afirma que

las limitaciones para el desarrollo de las localidades empobrecidas, aunada a la guerra que vive el país, favorece el aumento de las migraciones de pobladores a las cabeceras municipales y la las grandes ciudades en búsqueda también del mejoramiento de la calidad de vida que se supone brinda la urbe. Las administraciones municipales y sus planes de desarrollo locales quedan en la encrucijada de ejecutar los planes ya elaborados o postergarlos mientras se ajustan a las nuevas circunstancias de hacinamiento e incremento de las demandas sociales, resultado de la constante y desordenada llegada de habitantes a las laderas de la ciudad. Este hecho pone en evidencia la fragilidad de los planes de las localidades que, debido a su dependencia -económica en este caso- no tienen la capacidad de incorporar las contingencias del medio. También es claro que la ley de reforma urbana es poco lo que podría hacer en términos de ordenamiento de las ciudades, en tanto a la urbe sigan llegando de manera desaforada nuevos habitantes que huyen de la pobreza y la violencia [20].

En este cóctel de dificultades surge la queja por lo inmanejable, organizativa y espacialmente, que se torna la situación de crecientes barrios marginales con familias confinadas sin rumbo y demandando Estado. Muchos esfuerzos productivos y de promoción comunitaria se truncan por que algunas acciones no guardan concordancia con los contextos y devenir de estos grupos. Es cuando se abre uno que otro espacio de participación y se develan colectividades difusas con sustanciales diferencias. Hasta el momento las miradas técnicas se han acercado a los grupos humanos creyendo que son un todo homogéneo, que a problemáticas comunes deben encontrar posturas y respuestas generalizabas. Se desconoce que al interior del entramado social varían las apreciaciones e iniciativas para incidir en su futuro; muchos canales se desgastan cuando se asevera que si no se ponen de acuerdo las comunidades no pueden prosperar inversiones en proyectos y programas de diversa índole. No se tiene en cuenta que las organizaciones se caracterizan por las mismas contradicciones internas, por grupos e intereses parcelados que pueden llegar a tener fricciones entre sí.

Entender imaginarios y patrones asociados a lugares distintos a los que reciben los desplazados y migrantes es un asunto delicado que apenas comienza, que requiere de flexibilidad metodológica en procesos interactivos donde se retroalimenten experiencias y expectativas tras la exploración de nuevos escenarios. Para ello es adecuado socializar las metas de las acciones públicas, por que bien se sabe que cuando las decisiones técnicas se imponen terminan constituyéndose en causal de conflictos entre comunidad y Estado. Sobran los casos donde no se es del todo delicado con la minucia de decisiones técnicas, coherentes y bien sustentadas, pero que carecen de ambientación sociocultural, por lo cual las comunidades se acusan de ilógica terquedad y los tecnócratas de sorda actitud. Un claro ejemplo son las repetidas confrontaciones entre comunidades y autoridades por los desalojos represivos en áreas de invasión o zonas de alto riesgo, donde no se brinda garantía alguna para la reubicación en un lugar con mínimos para vivir dignamente.

Una nueva "época de la violencia"

Al revisar la historia de nuestro país, especialmente en los imaginarios y referentes que caracterizan cada época, se evocan las décadas del cuarenta y cincuenta como los "tiempos de la violencia", por los cuales completas revisiones históricas y sodopolíticas dan cuenta con propiedad. Dicho momento se denomina entonces por el calificativo de "violento", constituyendo un referente que hasta en los cursos básicos de historia patria así se enuncia. Ahora bien, en la actualidad, cuando nos acercamos a las áreas marginales de las grandes ciudades y a las zonas rurales, se comienza preguntando por los acontecimientos que han marcado el pasado reciente de estas colectividades.

En ese momento, de manera latente, surge el interés por hablar de cambios sustanciales que sufrieron en su particular vivencia de "época de la violencia". La generación actual también atraviesa una época en la que su existencia es determinada por la agresión; en las grandes ciudades se hace especial referencia al lapso comprendido entre 1985 y 1995, rango de tiempo en el cual el narcotráfico permeó todas las capas sociales tras el afán desmedido por acceder a la bonanza que acontecía. Paralelamente se afianza la delincuencia organizada y el sicariato como respuesta funcional a la degradación de los mecanismos legales para disuadir los conflictos. También surgen las guerrillas en entornos urbanos ("milicias populares"), como brazos armados tendientes a salvaguardar un tenso orden impuesto en barrios de influencia. El asesinato y la denominada guerra sucia que desencadenaba masacres marcaron notablemente esta década. Aún quedan rezagos que se tratan como réplicas nocivas de un enfrentamiento irracional que no se ha digerido en sus nexos causales por las familias que resultaron desgajadas, en luto.

En las áreas rurales se conjugan los narcocultivos, el paramilitarismo y la insurgencia armada fortaleciendo poderes, lo que se traduce en un campo desmembrado por una hostilidad que permanentemente cambia el mapa de las territorialidades de los grupos armados afianzando, defendiendo y queriendo ampliar radios de acción y presencia militar. Bajo el acoso de las botas y las miras de los fusiles sus habitantes se marchan sin llevar consigo todas sus pertenencias. Ancianos, niños, jóvenes, mujeres, labriegos, juntos caminan dejando su tierra impregnada de lágrimas y sangre, la misma de la que extraían su alimento, en la que compartían con sus semejantes los convites, las mingas y los ratos dominicales en las fondas veredales [21], reduciéndose ostensiblemente el capital social; les toca desprenderse de sus casas, donde compartían los atardeceres en amplios y frescos corredores, donde la cocina ofrecía un maternal calor que arrullaba, donde fallecieron los abuelos y apoyaron los primeros pasos de sus hijos. Los que atrevidamente se quedan, de irse a "morir de hambre y tristeza en otro lado", desafían la muerte en sus terruños, enfrentándose así al desabastecimiento agrícola, al déficit de víveres e insumos básicos, y, sin poder expresarse, desamparados en un territorio que no será el mismo por mucho tiempo.

Todo lo anterior parte del referente de una época reciente que sirve de hito para distinguir dos momentos. Uno que llega hasta comienzos de la década de los ochenta, y uno posterior cubierto por el manto oscuro del narcotráfico y la consolidación de una guerra sangrienta que paulatinamente llega a las urbes y que, desde entonces, prácticamente se mantiene.

Este aparte de nuestra historia selló indeleblemente la base social de hoy día. Las demarcaciones espaciales del conflicto en la ciudad y en el campo no se borran de la noche a la mañana, en buena medida son esas fronteras inconscientes de lo comunitario bajo la óptica del "nosotros" con respecto a los "otros", a veces bajo la mirada moral de los "buenos" a diferencia de los "malos". Hasta el más desprevenido foráneo se da cuenta que en barrios y municipios se manejan lógicas para discriminar y etiquetar diferencias o presencia de otredades en los más diversos niveles. Por ejemplo, en algunos barrios las acciones de pandillas y bandas organizadas son evidentes; tanto como existen grupos delictivos con áreas de influencia, existen fronteras que diferencian unidades de control (como un barrio, grupo de manzanas o segmento de calle) con los que cada grupo se define e identifica. En el mundo de lo ilícito pueden forjarse identidades más o menos asociadas a un espacio determinado, desde las cuales se erigen referentes de grupo a partir de ámbitos propios y de pertenencia, y otros ajenos que evocan riesgos potenciales. Esto hace referencia a contextos meramente urbanos. Por su parte, en el área rural es común oír "...en x o y parte se mantiene la guerrilla, allá todos son o tienen que ver con esa gente", o"... hace tantos años allí conviven con los paras". Aunque este es sólo un vulgar ejemplo que no pretende auscultar en detalle un asunto bastante complejo, nos enfrentamos a territorialidades que marcan comunidades y que si bien no son estáticas ni las únicas maneras de categorizar el mundo, sirven de argumento para entender la polarización y recrudecimiento de los conflictos socio-políticos.

Así, explicando la correlación entre insurgencia armada y comunidades en cada unidad de control territorial, María T. Uribe puntualiza que

las identidades de los pobladores con los grupos armados no tienen propiamente un sentido político ni significan un acuerdo explícito frente a un proyecto de Estado o a un modelo de desarrollo económico determinado. Sin embargo, estas identidades propician un reconocimiento de su dominio a los grupos insurgentes y, en ocasiones, validan su presencia cuando los pobladores acuden a ellos para resolver tensiones y conflictos o cuando les otorga cierta representatividad por la intermediación que estos grupos logran establecer con funcionarios públicos, propietarios, alcaldes y concejos en asuntos como el enganche de trabajadores, la distribución del presupuesto municipal, las inversiones públicas y los programas de desarrollo (...). Las relaciones de los grupos armados con los pobladores se sustentan, también, en las tramas sociales que se configuran a través de una permanencia de larga data en un mismo territorio, donde los grupos insurgentes realizan los reclutamientos de sus efectivos. De esta manera, los vecinos conocen a los hombres armados desde pequeños, están relacionados con muchos de ellos por lazos de parentesco y amistad, aunque esto no significa que se identifiquen con los proyectos y con el accionar de las organizaciones armadas [22].

Nota final

Descriptivamente se han presentado generalidades sobre las dificultades que el desplazamiento por violencia está imponiendo a las organizaciones comunitarias, a municipios y al Estado en general, como también algunos tópicos de trabajo que pueden servir a planificadores y académicos. Para finalizar, queda todo un abanico de objetos de estudio y de razones para gestionar un desarrollo humano que debe salir adelante en circunstancias que parecen opacar los esfuerzos al respecto. Sin embargo, que esta sea la oportunidad para jalonar un desarrollo ajustado a un contexto que demanda ingentes esfuerzos de sectores públicos, privados y comunitarios. Continuaremos hilando la filigrana del compromiso de pensar maneras acordes para convivir en un país difícil pero con inmensas potencialidades proyecto al que se interpone la sensación milenarista de estar extraviados en laberínticos fatalismos que aclimatan esos nichos de incertidumbre que al comienzo se mencionaban.





[*] Sociólogo, Grupo "Medio Ambiente y Sociedad", Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, Universidad de Antioquia. Ganador del 1o. premio del concurso de jóvenes investigadores sobre temas latinoamericanos y caribeños, en el X Congreso de la Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y el Caribe. Las ideas aquí expresadas son de la entera y exclusiva responsabilidad del autor y su posición puede no coincidir con la de la institución educativa. E mail: espinosahenao@hotmail.com«« Volver

[1] Horacio Duque Giraldo, El ordenamiento territorial como instrumento de democracia y paz, en www.rds.org.co/, 2000.«« Volver

[2] Orlando Fals Borda, "Guía práctica del ordenamiento territorial en Colombia, contribución para la solución de conflictos", en Análisis Político, Santa fe de Bogotá, N° 36, enero-abril 1999, Págs. 88-89). «« Volver

[3] Gustavo Montañés Gómez, "Geografía y ambiente", en Geografía y ambiente: enfoques y perspectivas, AAW, Santafé de Bogotá, Universidad de la Sabana, 1997, Págs. 198-199).«« Volver

[4] Ley 387 de 1997, artículo 1o. Aunque la conceptualización sobre desplazado y refugiado ha sido objeto de algunos cuestionamientos desde la sociología, la filosofía política, el trabajo social y la doctrina jurídica, no es el propósito de este articulo presentar tal debate terminológico; ésta definición se acoge por ser la más difundida en Colombia y por su pertinencia en relación con el análisis que se desarrolla. Cabe recordar que la Ley para la Prevención y Atención el Desplazamiento Interno por Violencia (387/97) retoma la definición de "desplazado" del Instituto Interamericano de Derechos Humanos. «« Volver

[5] En su momento se explicará el marco analítico de otros términos. Se expondrán en el transcurso del articulo con el fin de contextualizar mejor la reflexión en su respectivo apartado. «« Volver

[6] Consultaría para los derechos humanos y el desplazamiento. «« Volver

[7]Cifras tomadas de Rodolfo Prada Penagos, et. al., "Desplazados, el cuarto país", en Caja de Herramientas, Bogotá, año 9, N° 71, junio 2000, Págs. 11-14. «« Volver

[8] "El miedo, y todas las emociones relacionadas con él, son el reflejo de los eventos traumáticos vividos por la población que se manifiestan en momentos diferentes después del evento y a través de diferentes reacciones comportamentales, cognitivas y conductuales llamadas generalmente síntomas de Estrés Post-Traumático (PTSD, Post Traumatic Stress Disorder). De acuerdo con el DSMIV (Baddoura, 1998, citado por Cirulnik, 1998), el estrés post-traumático es una reacción patológica ansiosa que ocurre posteriormente a la exposición de un evento 'fuera de lo común y capaz de inducir la tristeza emocional en la mayoría de los individuos'. El desarrollo de este desorden implicaría una predisposición individual de la persona. Baddoura (1998) ha señalado los síntomas que caracterizan a este estado: el recuerdo insistente del hecho traumatizante (Ej. Pesadillas repetidas). El desorden de los afectos y el evitar todo aquello que está unido al evento (como la incapacidad de recordar los aspectos importantes del evento traumático). Síntomas de hiperactividad neurovegetativa (palidez, sudor, taquicardia, etc.)." "Estos síntomas de estrés post-traumático, comunes en los campos de refugiados y en poblaciones que han sido afectadas por eventos naturales (tornados, inundaciones, incendios, etc.) y sociales (atentados, guerras, secuestros, etc.) producen un efecto desestabilizador en las poblaciones más sensibles (niños, mujeres y ancianos), y los niños son los más afectados durante el resto de su vida". Jorge Palacio et. al., "Estrés pos-traumático y resistencia psicológica en jóvenes desplazados", en Investigación & Desarrollo, Barranquilla, N° 10, diciembre 1999, Págs. 19, 20). En el artículo citado se exponen los resultados de una investigación puntual sobre la correlación entre desplazamiento y sus diversas consecuencias psicosociales; se basa en un estudio de caso realizado en un municipio de Atlántico (Colombia). «« Volver

[9] En la cita de Adrián Restrepo Parra, ("Aproximación a la lógica estatal colombiana sobre planeación del desarrollo", en Estudios Políticos, Medellín, N° 16, enero-junio 2000) se enuncian algunos inconvenientes al respecto«« Volver

[10] Prada et. al., "Desplazados, el cuarto país", Págs. 11-14. «« Volver

[11] Dicho fenómeno se conoce como desplazados ambientales: término acuñado en la década del noventa y basado en la experiencia de comunidades asentadas en desiertos africanos que deben emigrar por falta de agua y de recursos naturales disponibles para su recolección o explotación; la aplicación de dicha categoría paulatinamente se ha extendido a otras latitudes del planeta. «« Volver

[12] CEPAL-Naciones Unidas, La brecha de la equidad: una segunda evaluación, libro de la segunda conferencia regional de seguimiento de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social, Santiago de Chile, 15 al 17 de mayo de 2000, pág. 88.«« Volver

[13] Para entender el bienestar a través de la noción de calidad de vida que se viene enunciando, es preciso anotar que "es presuntuoso aspirar a unificar un único criterio de calidad de vida. Los valores, apetencias e idearios varían notoriamente en el tiempo y al interior de las esferas y estratos que conforman las estructuras sociales. La calidad de vida (el bienestar) es un construido histórico y cultural de valores sujetos a las variables de tiempo, espacio e imaginarios, con los singulares grados y alcances de desarrollo de cada época y sociedad"; si bien los desplazados confluyen en el tiempo, los imaginarios, geografías humanas y estructuras socio-culturales son heterogéneas Osear Mauricio Espinosa Henao, "Apuntes sobre calidad de vida, desarrollo sostenible y sociedad de consumo: una mirada desde América Latina", en Contribuciones (publicación de la Konrad-Adenauer Stiftung y el CIEDLA), Buenos Aires, año XVI, N° 3 (63), julio-septiembre 1999, pág.128.«« Volver

[14] María Teresa Uribe de Hincapié, "Notas para la conceptualización del desplazamiento forzado en Colombia", en Estudios Políticos, Medellín, N° 17, julio-diciembre 2000, pág. 51.«« Volver

[15] Ibíd., pág. 57.«« Volver

[16] Según Max-Neff el Desarrollo a Escala Humana "se concentra y sustenta en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles crecientes de autodependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza y la tecnología, de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la autonomía y de la Sociedad Civil con el Estado". Manfred Max-Neff, "Desarrollo a escala humana", Suecia.«« Volver

[17] "El término capital social hace referencia a las normas, instituciones y organizaciones que promueven la confianza, la ayuda recíproca y la cooperación entre las personas, en las comunidades y en la sociedad en su conjunto. En aquellas formulaciones del paradigma del capital social, como teoría unificada de diversos elementos que se concentran en sus manifestaciones colectivas, se plantea que las relaciones estables de confianza, reciprocidad y cooperación pueden contribuir a tres tipos de beneficios: reducir los costos de transacción (Coase 1937), producir bienes públicos (North, 1990), y facilitar la constitución de organizaciones de gestión de base efectivas, de actores sociales y de sociedades civiles saludables (Putnam 1993). El capital social reside en las relaciones sociales, y es apoyado por elementos simbólicos y valóneos en todas las culturas. Están muy ampliamente presentes los precursores o materia prima del cual puede emerger, en condiciones propicias, el capital social: las relaciones de parentesco, vecindad e identidad que suelen servir de base para la confianza y la cooperación, y los sistemas simples de intercambios no mercantiles basados en el principio de reciprocidad". John Durston, Construyendo capital social comunitario, Santiago de Chile, CEPAL-Naciones Unidas, Serie Políticas Sociales, documento N° 30, 1999, pág. 6; ¿Qué es capital social comunitario?, Santiago de Chile, CEPAL-Naciones Unidas, Serie Políticas Sociales, documento N° 38, 2000, pág. 36. Citando las definiciones con mayor calado en círculos académicos, Durston replica así a las más representativas: "Bourdieu (sociólogo, 1985): Capital social es 'El agregado de los recursos reales o potenciales ligados a la posesión de una red durable de relaciones más o menos institucionalizadas de reconocimiento mutuo'. Coleman (sociólogo, 1990): Capital social es 'Los recursos socio-estructurales que constituyen un activo de capital para el individuo y facilitan ciertas acciones de individuos que están adentro de esa estructura'. Para Putnam (dentista político, 1993): Capital social son los 'aspectos de las organizaciones sociales, tales como las redes, las normas y la confianza, que facilitan la acción y la cooperación para beneficio mutuo'. Como otras formas de capital, señala Coleman, el capital social es productivo, posibilitando el logro de ciertos fines que no serían alcanzables en su ausencia." Ibíd., Págs. 8-9.«« Volver

[18] La discusión sobre el problema y las facetas del capital social en Colombia se exponen con pertinencia en "Capital Social en Colombia", Informe Especial en Economía Colombiana y Coyuntura Política, Santafé de Bogotá, edición 279, agosto de 2000, Págs. 25-42.«« Volver

[19] Palacio et al. "Estrés pos-traumático y resistencia...", pág. 19.«« Volver

[20] Restrepo, "Aproximación a la lógica...", pág. 137.«« Volver

[21] El convite y la minga son formas tradicionales de intercambio de mano de obra, como de bienes, productos y servicios en las comunidades tradicionales de distintos ámbitos rurales. Como fonda se conocen los parajes sobre vías rurales donde en torno a una tienda los campesinos se reúnen, se abastecen de víveres, algunos alimentos e insumos básicos para el trabajo en el campo.«« Volver

[22] Uribe, "Notas para la conceptualización....", pág. 64.«« Volver

   
 

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