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Para citar este artículoRevista No 03
Título:Inicios de la Antropología en Colombia [[1]]
Autor:Roberto Pineda Giraldo[*]
Tema: Historia de las Ciencias Sociales en Colombia (I)
Junio de 1999
Página 29-42
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Inicios de la Antropología en Colombia [
[1]]

Roberto Pineda Giraldo[*]

Dossier


RESUMEN

Este artículo hace un detallado recuento de los orígenes de la disciplina antropológica en Colombia, partiendo del trabajo pionero de Schottelius y Rivet antes de la mitad del siglo en la Escuela Normal Superior y con la creación del Instituto Etnológico Nacional. Reseña los orígenes, se hace un examen de la expansión de la disciplina, para lo cual se presta atención a la creación de los parques arqueológicos y los institutos etnológicos en diversas regiones del territorio nacional. Analiza el surgimiento de los programas de estudios en antropología en distintas universidades, públicas y privadas, así como algunos de los conflictos iniciales en relación en relación con las orientaciones teóricas y metodológicas predominantes.

PALABRAS CLAVE

Antropología, Historia, Colombia

En el artículo se hace un detallado recuento de los orígenes de la disciplina antropológica en Colombia, partiendo del trabajo pionero de Schottelius y Rivet antes de la mitad del siglo en la Escuela Normal Superior y con la creación del Instituto Etnológico Nacional. Reseñados los orígenes, se hace un examen de la expansión de la disciplina, para lo cual se presta atención a la creación de los parques arqueológicos y los institutos etnológicos en diversas regiones del territorio nacional. Se mira a continuación el surgimiento de los programas de estudios en antropología en distintas universidades, públicas y privadas, así como algunos de los conflictos iniciales en relación con las orientaciones teóricas y metodológicas predominantes. En una segunda parte, se examina el desarrollo de la antropología aplicada en el país, para lo cual se revisa el contexto nacional y temáticas como la de la migración urbana, la salud pública, la seguridad social y la vivienda, en las cuales se hizo efectiva la participación de antropólogos como asesores en dependencias y programas gubernamentales. Este doble recuento llega hasta comienzos de la década del setenta, pero ello no impide cerrar con inquietudes e interrogantes que conservan hoy plena relevancia.

En el tercer decenio de este siglo, la disciplina antropológica tenía ya una larga trayectoria investigativa y teórica en Europa y los Estados Unidos. En las últimas décadas del siglo anterior se habían hecho sentir las influencias de Tylor, de Morgan y de Spencer, acompañadas de la evolución darwiniana. En Inglaterra, Malinowski concebía con su doctrina funcionalista una estructura casi sistémica de la cultura; se oponía a las tesis que daban a las supervivencias el valor de evidencias necesarias para entender las formas presentes y enjuiciaba el uso de la historia en las reconstrucciones etnológicas. En América del Norte, Boas hacía de la antropología "una disciplina en la cual se podían probar las teorías", y continuaba exponiendo sus argumentos a favor del particularismo histórico y psicológico. La escuela cultura y personalidad se expandía. El difusionismo culminaba en la elaboración del concepto de área cultural, vista como unidad geográfica basada en la distribución contigua de elementos culturales, que en Europa originó la noción de ciclos culturales o kulturkreise, "grandes complejos de rasgos que habían perdido su antigua unidad geográfica y estaban ahora dispersos en todo el mundo"[2]

La ciencia del hombre, como llamó Rivet a la etnología, no figuraba como materia de estudio en los centros universitarios de Colombia. Solamente en la Escuela Normal Superior (creada por la Ley 39 de 1936), un científico alemán, el profesor Justus Wolfram Schottelius, que había huido del nazismo en años anteriores, dictaba la cátedra de etnografía, ocupaba además el cargo de curador del museo arqueológico y etnográfico del Ministerio de Educación y adelantaba investigaciones históricas y etnográficas en Santander.  Poco tiempo después, en 1941, año de la muerte de Boas, llegaba al país el científico francés Paul Rivet que al igual de Schotellius escapaba del nazismo-, invitado por el presidente de la república, Dr. Eduardo Santos, con el encargo de establecer una escuela moderna de etnología. En la Escuela Normal Superior nació así el Instituto Etnológico Nacional, con un profesorado que, además de Rivet y Schotellius, incluía a Gregorio Hernández de Alba, José de Recasens y a varios de los maestros que figuraban en la nómina de la Escuela.

La Escuela Normal Superior, que reemplazó en 1936 como organismo autónomo a la Facultad de Ciencias de la Educación (había sido creada en 1931), era uno de los proyectos educativos bandera de la administración liberal; fomentaba la escuela nueva o activa y tenía como función formar profesores de enseñanza secundaria, especializados en una de las cuatro áreas que conformaban el conjunto -ciencias naturales, física y matemáticas, literatura e idiomas, ciencias sociales-, con los conocimientos científicos más avanzados, con proyección hacia el análisis de los problemas del país; dejando de lado la enseñanza memorística y la sujeción a las doctrinas escolásticas. El positivismo del siglo XIX se imponía.

Los sucesos de Europa le proporcionaron a la Escuela el beneficio de aglutinar en su claustro a una élite de científicos, profesores y profesionales que habían emigrado a raíz de la guerra civil española, de los avances del nazismo y de la II Guerra Mundial. Con ellos y con brillantes figuras jóvenes nacionales, se creó un ambiente intelectual de excepción para ese momento en el país. En lingüística se destacaban las figuras de los profesores Urbano González de la Calle y Francisco Cirre; en matemáticas, el profesor Kurt Freudental; en geografía y geología los profesores Pablo Vila y José Royo y Gómez; en ciencias sociales, los profesores Rudolf Hommes, Justus Wolfram Schottelius, Paul Rivet, Gerard Masury José Ma. Ots Capdequi. Antonio García, Gabriel Giraldo Jaramillo y Gregorio Hernández de Alba figuraban entre los jóvenes colombianos de avanzada que compartían los intereses e ideales de la Normal, en un clima amplio de libertad, de debates de ideas, de superación académica, de experimentación pedagógica y de redescubrimiento de un país que comenzaba a asomarse al siglo XX y al sistema capitalista.

El alumnado del naciente Instituto Etnológico Nacional, IEN, estaba compuesto en su mayoría por estudiantes de la especialización en ciencias sociales, que ese año obtendrían su licenciatura, y se habían involucrado en investigaciones de campo con Schottelius; en el siguiente curso lo serían también los alumnos de segundo año de la misma especialización. La mayoría de ellos serían, más adelante, el cuerpo investigativo y docente del IEN, que se adscribió administrativamente a la sección de extensión cultural y bellas artes del Ministerio de Educación.

Rivet[3] se involucró en la disciplina etnológica a principios del siglo, cuando actuaba como médico de la Misión del Servicio Geográfico del ejército para la medición de un arco del meridiano ecuatoriano en América del Sur y a partir de entonces fue figura central en el movimiento etnológico de su país. Según Lowie[4], en Francia la antropología había seguido un derrotero distinto al de los otros países europeos, con un adelanto en la prehistoria, a la que llevó al nivel de preeminencia; igualmente activa estuvo en el estudio del hombre, visto como organismo biológico. Pero poco habían atraído su atención "las artes y las costumbres de los pueblos actuales... En cuanto a investigadores específicamente entrenados para la observación en el campo, hasta fechas recientes no había ninguno".  Y concluye:

El remedio para esta situación llegó por un camino inesperado: No fue la etnografía la que estimuló la teoría de la cultura y a través de ella otras ciencias... El impulso para investigaciones de campo emanó de la filosofía. El Instituí d'Ethnologie, cuyos "Travaux et Mémoires", publicados desde 1926, representan al fin el equivalente de tales publica dones en otros países, fue patrocinado por tres hombres; Luden Lévy Bruhle, Marcel Mauss y Paul Rivet. De estos tres, sólo Rivet puede contarse como etnógrafo.

Rivet llegó a Colombia desposeído de su cargo de director del Museo del Hombre. Traía consigo una larga vida científica y un conocimiento prodigioso de sus saberes, algunos de los cuales figuraban en numerosas publicaciones referentes a aspectos etnográficos de varios grupos indígenas, en particular de Colombia, Ecuador y el área amazónica; lo mismo que a lingüística de esa misma área y arqueología, especialmente relacionada con metalurgia y orfebrería; y posiblemente también parte de los materiales de su libro, Orígenes del Hombre Americano, que publicó en francés, y se editó un año más tarde en español, en traducción de José de Recasens. De esos bagajes de conocimiento nos nutrimos sus discípulos.

Y continuamos la obra, en un intento a largo plazo de completar el conocimiento de cada tribu colombiana en etnografía, etnolingüística, antropología física (antropometría, grupos sanguíneos y antropometría), y arqueología, bien fuera en investigaciones continuadas en comunidades particulares, para cubrir todo el horizonte antropológico, o bien con estudios especializados en alguna o algunas de las ramas enunciadas. Gerardo Reichel Dolmatoff lo expresó así:

En Colombia, la falta de extensas monografías basadas en largas épocas de investigación en el terreno, es muy sensible. Sin embargo ellas son indispensables, sea como base para estudios comparativos o como referencia, si queremos posteriormente profundizar el estudio de ciertos aspectos culturales. Ellas deberían formar una sólida base de hechos registrados y descritos, sin prejuicios ni parcialidad, evitando generalizaciones [bastardillas nuestras]. Esta labor de registrar simplemente datos, es tal vez ingrata en el momento pero creo que en el futuro su valor será más manifiesto y perdurable.[5]

Un propósito que podría muy bien denominarse etnografía de salvamento: registrar el contenido cultural de las comunidades indias, que corrían el riesgo de desaparecer por extinción de sus miembros o por procesos de incorporación a la vida nacional. Tres factores conspiraron en contra: en primer lugar, la influencia de escuelas antropológicas inglesas y norteamericanas, decididamente interpretativas, que forzosamente violaban la "imparcialidad" (descripción escueta), del investigador y lo incitaban a penetrar en el universo de las relaciones de la sociedad y de la cultura con el individuo; en los procesos de incorporación de las personas al bagaje común, no heredado genéticamente, del idioma, de conocimientos y técnicas, de tradiciones, mitos y creencias, costumbres y modos de comportamiento que lo amoldaban a su entorno social y cultural, en un proceso que se iniciaba con el nacimiento y sólo terminaba con la muerte.

En segundo lugar, desde otro punto de vista, la teoría de las invasiones, que lindaba con la arqueología y pretendía explicar las particularidades del proceso de poblamiento en América, para lo cual había que superar la simple descripción de los hallazgos; y en tercer lugar, la división en cuatro grupos de las culturas suramericanas[6] que se había propuesto, y que incitaba a la clasificación. Contribuyó también la desintegración del grupo de discípulos de Rivet, reunidos en el IEN, en 1950. Varios de ellos buscaron nuevos horizontes en especializaciones en el exterior, donde podían entablar un debate monológico sobre su haber teórico aprendido hasta entonces y las ideas y orientaciones de nuevos maestros y nuevas escuelas.

Ese grupo inicial había recibido estímulos intelectuales y políticos, que influyeron en el conjunto, o separadamente en cada uno de ellos, más o menos intensamente. José Francisco Socarras le había impreso a la Escuela Normal Superior, que regentaba, una orientación filosófico-pedagógica fundamentada en dos propósitos: formación científica, crítica y amemorística de los futuros profesores de enseñanza media que serían sus educandos, y aplicación de esa formación al conocimiento del país, con claras finalidades de transformación y de rechazo a doctrinas y tendencias manifiestas de menosprecio de valores nacionales y de racismos, que negaban las potencialidades de los sustratos poblacionales negros, indios y mestizos. Como corolario de esta tendencia nacionalista, se vigorizaba un movimiento indigenista, que se nutría de las realidades socioeconómicas de los resguardos indígenas y del estímulo del movimiento mexicano, que irradiaba desde el Instituto Nacional Indigenista de México y culminó en 1942 con la creación del Instituto Indigenista de Colombia.

En el caldeado ambiente político del momento, que llevó al poder al conservatismo en 1946 y propició los sucesos del 9 de abril de 1948, las ideas socialistas buscaban su propio espacio en el ámbito académico. El profesor Rivet había expresado públicamente su adhesión a esas ideas en el homenaje que la ENS rindió al profesor Schottelius, poco después de su muerte (agosto de 1942), y en el bagaje ideológico de los discípulos de Rivet y Socarras. No faltaron manifestaciones claras de esa tendencia, que desataba la oposición sistemática de los cuadros conservadores.  El IEN no reflejó en sus publicaciones periódicas, en las que quedaron consignados los resultados de la mayoría de las expediciones de campo-Revista del Instituto Etnológico Nacional, Boletín de Arqueología y Revista de Folklore-, las ideas políticas de sus autores. Pero sí se distingue una cierta dualidad en la información consignada en ellas: la etnológica propiamente dicha y la que, a falta de otro término, denominaré sociológica o política. La primera constituía el contenido de la Revista y se ceñía a los patrones estándares de la descripción pormenorizada de la vida cultural de las comunidades indias estudiadas, los hallazgos arqueológicos y demás resultados de las investigaciones. La otra, que sacaba del aislamiento a las comunidades campesinas y las situaba en el contexto nacional con los campesinos como su contraparte más cercana, que necesariamente estaba inmersa en situaciones de desigualdad social y económica extensibles a todo el país y que obligaba a reflexiones políticas, algunas de tendencia socialista, tenía cabida en el Boletín. La Revista versaba sobre los indios y lo indio. El Boletín acogía generosamente pedazos del país
nacional, en un momento que presagiaba transformaciones importantes. 

La expansión de la disciplina

La actividad del IEN y de su grupo profesional, siguiendo ideas prospectivas de Rivet, rebasó las fronteras de la investigación y expandió el ámbito académico de la disciplina en dos direcciones, la creación de centros filiales y la enseñanza especializada. La presencia de regiones culturalmente caracterizadas, los asentamientos de comunidades indias en ellas y experiencias museográficas recientes, favorecían el ensanchamiento. Con la creación de centros regionales de investigación se buscaba maximizar el aprovechamiento del personal especializado, descentralizar la investigación manteniendo una centralización técnica, aumentar los recursos financieros con aportes departamentales, y fomentar el turismo[7], entre otras finalidades. La estrategia fue la creación de parques arqueológicos y de centros etnológicos.

Los parques arqueológicos

El IEN ya contaba con el Parque Arqueológico de San Agustín (creado por la ley 103, 6 de octubre de 1931), asiento antiguo de la cultura agustiniana, investigada en años anteriores por el profesor alemán K.Th. Preuss y más tarde por el español José Pérez de Barradas y el profesor Gregorio Hernández de Alba. A partir de 1943 se iniciaron trabajos en el Parque Arqueológico de Sogamoso, en el antiguo cementerio indígena en donde había existido el famoso adoratorio del templo del sol, actualmente reconstruido. Este organismo servía "como centro de coordinación regional para la investigación arqueológica y etnológica [...] en el departamento de Boyacá"[8]. Años más tarde, en 1945, se formó el Parque fij Arqueológico Nacional de Tierradentro y en 1946 se adquirió el predio "Cercado de los Zipas" en la población de Facatativá, con el cual se conformó el Parque Arqueológico Nacional de ese nombre. Además de bases de preservación y mantenimiento de monumentos y registros arqueológicos, se convirtieron en centros de investigación en sí mismos y en zonas adyacentes.

Los institutos etnológicos

Carlos Ángulo Valdés, su primer director, decía que el nacimiento del Instituto Etnológico del Atlántico,"[...] se explica, si tenemos en cuenta que, hoy por hoy, la costa colombiana del Caribe sigue siendo un serio problema para la arqueología, no sólo de Colombia, sino de Sur América"[9]. Esas palabras concretaban el ámbito departamental que tendría el organismo y precisaban el alcance general de su tarea investigativa: la arqueología; no obstante, en él tuvieron cabida el Centro de Estudios Folklóricos y la Sociedad de Amigos de la Etnología, cuyas producciones, todas relacionadas con la cultura popular del Atlántico, se publicaban en la revista Divulgaciones, órgano de difusión del Instituto, en tanto que las de antropología social y arqueología se reservaban para las publicaciones del IEN. Separación que no tuvo larga vida, como se comprueba por el contenido de la publicación correspondiente a diciembre de 1951, que agregó a la sección de folklore otra de arqueología; y la de 1954 (vol. III no. 6), en la que desaparecen los artículos de folklore y el contenido cubre arqueología, lingüística, teoría antropológica y el detallado estudio de Aquiles Escalante, "Notas sobre el palenque de San Basilio, una comunidad negra en Colombia", pionero de la investigación antropológica en el universo cultural de las poblaciones negras. Esta reorientación de la revista puede verse como un brote de independencia de los institutos etnológicos regionales respecto al IEN, que los incorporaba y dirigía técnicamente, en particular en lo atinente a la arqueología.

El Instituto Etnológico del Cauca se superpuso en 1946 a un museo arqueológico que se había montado en 1942 en la Universidad del Cauca. Se le asignaron funciones de investigación, mantenimiento del museo y la enseñanza de algunas ramas de la etnología, que fue suspendida en 1949, cuando se centralizó en el IEN la docencia de la disciplina. El Instituto regional alcanzó a formar un grupo de antropólogos, con la cooperación de profesores del IEN y de los Estados Unidos (John H. Rowe, de la Universidad de California, bajo cuya orientación se realizó el primer estudio de lingüística aborigen, con autoría de un indio guambiano).

Circunstancias especiales lo convirtieron en un centro de actividad investigativa de entidades foráneas: el doctor Andrew H. Whiteford del Beloit College, de Wisconsin, encabezó una misión que venía al país "en desarrollo de un plan de colaboración entre el Beloit College y el IEN para investigaciones de sociología rural en varios sitios del Departamento", un propósito que no se cumplió en lo rural porque Whiteford y sus asociados enfocaron su estudio hacia las clases sociales de Popayán[10]. Por su parte, Raymond Crist, geógrafo de la Universidad de Gainsville, Florida, participó como profesor del Instituto en la materia de su especialización[11].

Con la presencia de los científicos norteamericanos, el Instituto del Cauca, que había sido puesto bajo la dirección de Gregorio Hernández de Alba, se salía de las orientaciones que había trazado el IEN. Formados en otra escuela, operaban con teorías y metodologías propias, diferentes a las que hasta entonces orientaban el movimiento etnológico nacional; abrían los horizontes intelectuales hacia la antropología social, con cobertura de un campo que parecía pertenecer más a la sociología; rebasaban los límites estrechos de la etnografía indígena, para penetrar en los campos de la geografía y la antropología urbanas.

Las investigaciones arqueológicas y etnográficas de los esposos Reichel en el norte del país se publicaron en la Revista del IEN y estimularon el interés del departamento, que en 1946 creó en Santa Marta el Instituto Etnológico del Magdalena, bajo la dependencia de la Dirección de Educación Pública del Departamento[12]. La motivación se sustentó en la existencia de numerosas tribus indígenas, dado que el territorio del antiguo departamento comprendía entonces la superficie de los actuales Cesar y Magdalena, en donde se asentaban tribus como los coguis, aruacos y arsarios en la Sierra Nevada de Santa Marta; los últimos representantes de los chimilas, hacia el sur, los yucos o motilones de la sierra de Perijá, y en su límite nororiental parte de los wayúu de la península de la Guajira; además, era asiento de numerosos yacimientos arqueológicos, algunos de los cuales habían atraído la atención de arqueólogos norteamericanos[13] y ocupaban ahora la inquietud científica de los discípulos de Rivet. Los Reichel Dolmatoff se hicieron cargo del Instituto y formaron un museo riquísimo en materiales de la cultura tairona, desaparecido años más tarde. La tarea científica de este centro trascendió con los resultados de varias expediciones arqueológicas y con obras etnográficas o de antropología social, tales como Los kogi, una tribu de la Sierra Nevada de Santa Marta y The People of Aritama, entre otras y con la divulgación escrita de temas relativos a la disciplina.

Graciliano Arcila Vélez fue la cabeza de puente para la aparición del Servicio Etnológico de la Universidad de Antioquia, en 1945, que abrió la entrada a "las cátedras de Antropología General y Etnología Americana por primera vez [...] como materias programáticas en la licenciatura de Filosofía y Ciencias Sociales"[14]. Aunque el Servicio no era en sí mismo un organismo educativo,  Ardía considera como discípulos formados en él, a un filósofo y a un indígena de la tribu kamsá. Hasta la creación del departamento, el Instituto fue un centro responsable del museo, de la regentación de algunas cátedras y de investigaciones etnográficas, arqueológicas y de grupos sanguíneos, la mayoría de ellas en territorio antioqueño, con excepción de algunas en departamentos limítrofes, todas de carácter amerindio.  La transformación en departamento vigorizó el antiguo instituto con la presencia de antropólogos de las nuevas promociones; la docencia se combinó con las investigaciones de terreno e introdujo teorías y escuelas nuevas y la ampliación del alcance antropológico a áreas rurales y urbanas.

A la creación de los centros regionales de investigación y divulgación, siguió más tarde la formación de departamentos universitarios de antropología, algunos de ellos fundamentados en los antiguos institutos regionales (Antioquia y Cauca); otros como innovaciones en los prospectos académicos de las universidades de los Andes y Nacional de Colombia.

Pineda Camacho hace intervenir el azar en la creación del Instituto de Antropología en la Universidad de los Andes, por el encuentro casual de Gerardo Reichel Dolmaltoff y su esposa Alicia Dussán, con don Ramón de Zubiría, quien posteriormente ocupó la rectoría de ese organismo académico y propuso la creación de un departamento en la Universidad "...con el ánimo de no duplicar los programas homólogos que se empezaban a establecer en otras facultades, como por ejemplo, el [...] de Sociología de la Universidad Nacional [...] y convenció a los esposos Reichel para iniciar [los] cursos[…][15]

Los Reichel llegaban a la dirección con un cúmulo importante de estudios y una sólida experiencia investigativa. Sus escritos cubrían amplias zonas de la geografía colombiana, se referenciaban con distintos grupos indígenas, abarcaban prácticamente todas las ramas tradicionales de la etnología e incursionaban en antropología social.

En 1964 se abrió formalmente el programa de Antropología, con un cuerpo de profesores entre quienes figuraron, en diferentes momentos, a más de los esposos Reichel (Alicia fue discipula de Rivet), José de Recasens, Sylvia Broadbent[16] Rémy Bastien[17], Ernesto Guhl (geógrafo), Jon Landaburu (lingüista), entre otros, y se fue ampliando con antropólogos que habían egresado del IEN. En 1965 se convirtió en Departamento. El pénsum constaba de 144 créditos, de los cuales 48 correspondían a materias antropológicas, que se complementaban con 34 de mesas redondas y 5 meses de prácticas de terreno y elaboración de materiales; y 53 que se dedicaban a un idioma moderno (35) y a humanidades y castellano (18). En el prospecto de estudios se expresaba que "[...] el verdadero campo de la Antropología ha sido siempre el mundo de los primitivos... que aun no han sido asimilados por las grandes civilizaciones y [...] han quedado al margen de los desarrollos del mundo moderno". Pero reconocía que recientemente la antropología se dedicaba también a "las investigaciones de las formas culturales de las sociedades avanzadas o de las llamadas emergentes o de transición" y a los estudios del "campesinado, las comunidades. industriales y aún el carácter nacional de los estados modernos".

Muy pronto surgieron dificultades internas. Los estudiantes se rebelaron contra la orientación de los estudios, que consideraban daba amplio campo al relativismo cultural; se regía por la objetividad científica, sin compromisos políticos; concedía demasiada cabida a la teoría, con descuido de la aplicación práctica de las mismas, todo ello agravado con el recorte del presupuesto para investigaciones impuesto por la Universidad; se le reprochaba también que fundamentara sus teorías casi exclusivamente en estudios de comunidades indígenas y prestara demasiada atención a la arqueología. Los estudiantes aspiraban a la aplicación práctica de las teorías, a intensificación en antropología social, a un contexto cultural de referencia más universal y a un compromiso de su disciplina con la sociedad, con los campesinos, con los problemas urbanos, fortaleciendo la antropología aplicada. Los diferendos se fueron solucionando en sucesivas direcciones, porque los Reichel abandonaron el campo.

La génesis del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional, el de aparición más tardía, se gesta en la Facultad de Sociología, que había creado en 1963 la sección de Antropología Social, en la cual se podía obtener el título de licenciado con mención en antropología, previo el lleno de créditos en materias básicas de la disciplina. Su orientación respondía a inquietudes derivadas de la sociología y sus métodos de análisis; a los nuevos movimientos de la antropología, asimilados ya por los discípulos de Rivet; a la influencia de profesionales graduados en otras latitudes, con influjo de otras escuelas; y a un clima y a un ambiente de rebeldía ideológica estudiantil, fuertemente impregnado de marxismo. El currículo incorporaba un seminario sobre antropología cultural y otro sobre antropología económica, dos materias gestadas en los Estados Unidos, y una cátedra de aplicación institucional de la antropología.

La carrera de antropología se estableció en 1966 y ese mismo año se convirtió en departamento. Se integró la Facultad de Ciencias Humanas, y las antiguas facultades y carreras pasaron a la categoría de departamentos. En 1967, el departamento de Antropología fue objeto de una reorganización, que introdujo algunas modificaciones al plan de estudios de 1966, con el fin de ceñirlo más al concepto de integración y a la orientación de estos estudios en centros similares de Colombia y del exterior.

En 1970, el pénsum de estudios estaba constituido por 36 asignaturas que cubrían un total de 124 horas de enseñanza y dos meses de trabajo de campo. Interesante resulta ver que de esas 124 horas, 51 (41.1%) estaban dedicadas a teoría y doctrinas antropológicas, cátedras en las que se analizaban las obras de Durkheim (4 horas), Marx (11 horas), Morgan (14 horas), Malinowski (7) y Lévi- Strauss (7). Lo cual deja traslucir una diferencia marcada con el departamento de antropología de la Universidad de los Andes en sus comienzos. Los reclamos de los estudiantes diferían también: los universitarios de la Nacional luchaban por ideologías, pero sobre todo por ideologías de izquierda. Los de los Andes pugnaban más por un pragmatismo profesional.

Antropología aplicada

Para entender mejor los comienzos de la aplicación de la antropología a situaciones sociales y culturales determinadas, la sitúo en dos contextos: el nacional, que muestra la intervención, en cierto modo muy temprana, de la disciplina en el escenario gubernamental, más que en el ámbito de la actividad privada; el otro, el internacional, lo traigo como punto de referencia, tanto para lo que concierne a las diversas formas de aplicación, como para los problemas teóricos y éticos que eran motivo de preocupación. No entro en descripciones detalladas ni en análisis críticos de lo que los antropólogos hicimos o dejamos de hacer en los quehaceres profesionales, sólo me refiero muy brevemente a ellos para ilustrar, si no todos, por los menos los principales ámbitos en los que se desenvolvió la participación.

El contexto nacional

A manera de dato histórico, vale la pena anotar que la primera referencia particular a la antropología aplicada en Colombia se le debe a Gregorio Hernández de Alba. Se trata de un artículo[18] divulgativo en el que expresa que Colombia"[...] tiene un ancho campo para la antropología aplicada y funcional y debe ya estudiar sus sociedades [...]",y en el que sugiere, con interrogantes, algunos de los campos de aplicación: reacción de las distintas "provincias etnográficas" frente a un nuevo elemento cultural, por ejemplo, o cuáles procedimientos se debían seguir para que una comunidad rural aceptara un nuevo cultivo.

Sus intenciones iban más allá; sugerían un vuelco en la orientación teórica y en el ejercicio de la antropología. Desgraciadamente -escribía- influenciados por la ciencia y la cultura europeas que recibimos directamente y seguimos sin adaptarlas a nuestro medio, hemos venido tomando las directivas antropológicas en un sentido cientifista, cuya mayor finalidad es la de hallar relaciones  pretéritas entre los pueblos del Continente o de éstos con otros pueblos de más allá de los mares.

Proponía que se comenzaran a emplear "[...] los modernos métodos de la investigación antropológica". En otras palabras, romper amarras con el difusionismo pregonado y practicado por Rivet y seguir las metodologías y teorías de los movimientos norteamericanos imperantes, sobre los cuales nada expone, pues en esencia el artículo, fuera de lo ya dicho, se limita a transcribir el índice del libro Su comunidad de Joanna C. Coleord, publicado por la Russell Saga Foundation. Pese a su anuncio de seguir tratando el tema en la mencionada revista, no aparece ninguna contribución suya en los siguientes números.

La antropología comenzó a aplicarse en Colombia hacia la segunda mitad de los años cincuentas, estimulada por la necesidad de solucionar situaciones sociales críticas del momento. Transcurridos escasos tres lustros desde la fundación del Instituto Etnológico Nacional y de la graduación de los primeros etnólogos, su aparición significó un cambio radical. Se daba el salto del estudio de las comunidades indígenas -como única finalidad-, a la captación de realidades culturales y sociales de sectores particulares de la sociedad nacional; a intervenir con propuestas en decisiones políticas de cambio socioeconómico; y a orientar las acciones hacia soluciones de beneficio real para las comunidades o sectores implicados, contando con su participación y aprobación.

El etnólogo dejaba de ser un investigador "puro" de la etnografía americana y se transformaba en un profesional comprometido con el destino inmediato de su sociedad, sin perder su carácter de investigador desapasionado. La redefinición de la posición del indio en el conjunto nacional, de sus derechos como cultura, como etnia y como individualidad propia, y la reivindicación de su derecho a la tierra y a su manejo de acuerdo con la tradición, habían tomado un camino político, en el mejor sentido del término, liderado por quienes conformaron el Instituto Nacional Indigenista, en el que militaban varios antropólogos, entre ellos Milcíades Chaves, Blanca Ochoa, Edith Jiménez, quienes combinaban su papel de etnólogos con el de adalides de reivindicaciones.

La migración urbana como síntoma; la salud pública, la seguridad social y la vivienda como focos de acción.

El fenómeno social más sobresaliente de mediados de siglo fue, tal vez, el desplazamiento masivo de la población rural (incluida la de poblados con menos de 2500 habitantes), hacia unas pocas ciudades que, por su desarrollo como asientos industriales o de centros de servicios, sirvieron de polos de atracción y recibieron cuotas considerables de migrantes que rebasaban las ofertas de empleo. Las concentraciones urbanas de campesinos exhibieron altos índices de desocupación, acrecentaron críticamente los de demanda de vivienda en las ciudades receptoras y originaron situaciones complejas, con manifestaciones tales como la aparición de tugurios, barrios de invasión y barrios piratas. Los organismos del Estado, tanto nacionales como departamentales y municipales, responsables de solucionar estas situaciones, no estaban preparados para resolver adecuadamente las emergencias resultantes, que los rebasarían.

Apreciada desde otro ángulo, la migración rural denunciaba por sí misma la necesidad inaplazable de una reforma agraria integral, que resolviera el desbalance secular en la posesión y el usufructo de la tierra y aumentara la productividad agrícola.

En el prefacio a su tesis doctoral, escrita en inglés en 1956 y publicada posteriormente en español, Orlando Fals Borda[19], percibía la situación del campesino así:

[...] un sentido sin precedentes de insatisfacción que va penetrando en las masas de agricultores y labradores [...]; es un despertar debido a una creciente conciencia de clase o quizás a un proceso social, difícil de detener, llamado racionalismo.

La salud pública, que implicaba un compromiso político de los gobiernos con la población, propendía por la formación de médicos especializados en el ramo en la Escuela Nacional de Salud Pública e incursionaba en el componente social, con el estudio de las causas de orden cultural en la enfermedad y el estudio de estrategias apropiadas para llevar, con seguridad de éxito, los programas sanitarios a todos los lugares del país, rurales y urbanos y cubrir con ellos a los sectores sociales de más bajos recursos. Era otro intento de penetración en la socialización de la medicina, iniciada años antes con la creación del Instituto de Seguros Sociales.

La seguridad social de carácter integral, con el alcance político de programa de gobierno, tuvo dos manifestaciones de trascendencia: una fue la creación del Departamento Técnico de la Seguridad Social Campesina, en el Ministerio de Trabajo. Este programa pretendía ser de larga duración y cumplir el objetivo de estudio severo de las condiciones actuales del campo, "miradas desde el ángulo de las relaciones del habitante y su cultura con su medio ambiente natural, dentro de un proceso dinámico" y formular "un balance realista, con miras al establecimiento de un régimen de seguridad social regional, a partir de los propios recursos y de las disponibilidades de cada zona o región económica..."[20]. La otra fue la Misión "Economía y Humanismo" conocida también como Misión Levret, que diagnosticó la situación del país, tanto la urbana como la rural[21]. Los dos proyectos estuvieron precedidos por los resultados de la "Misión Colombia", auspiciada por el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, que dirigió el profesor Lauchlin Currie[22].

En los ámbitos de la academia y la administración pública prosperaba la conciencia del valor teórico y práctico que las ciencias sociales podían brindar al conocimiento de la cultura y la sociedad y para precisar las causas de los grandes problemas nacionales. La academia estaría así en capacidad de ofrecer soluciones operativas en sus áreas de competencia. 

Habían contribuido a la formación de esa conciencia, la introducción exitosa de disciplinas relacionadas con las ciencias sociales, en la educación superior; la especialización y la formación de antropólogos (etnólogos) y sociólogos nacionales en universidades del exterior, principalmente de los Estados Unidos, que incitaban el interés con estudios que llegaban a la raíz misma de las situaciones conflictivas; el conocimiento de proyectos de antropología aplicada en otras latitudes; y los programas de asistencia, bien de los Estados Unidos o de instituciones internacionales (Naciones Unidas)[23], que involucraban este tipo de profesionales. El país había tenido una experiencia, no exitosa por desgracia, con el programa de antropología social aplicada en Vianí, Cundinamarca, dependiente de la Escuela Normal Superior.

Áreas de participación

Algunos antropólogos aceptamos el reto de participar en la solución de problemas nacionales, dirigidos a mejorar la calidad de vida de sectores de población, con instituciones interesadas en ellos, aportando investigaciones puntuales y propuestas concretas (de conocimiento de pautas culturales y costumbres propias de determinados sectores de población, de cambio de actitudes profesionales, de modos de comunicación entre el proyecto propuesto y la comunidad involucrada, de determinación de necesidades sentidas, de participación y organización comunitaria, etc.).

Virginia Gutiérrez de Pineda, fue pionera de la antropología aplicada, con su participación en el área de la salud pública.

Durante varios años se desempeñó como profesora de la cátedra de antropología en la Escuela de Salud Pública y en la facultad de Medicina de la Universidad Nacional y contribuyó con varios estudios a la bibliografía en la materia, en el primero de los cuales, afirma: Las encuestas antropológicas directas; el contacto íntimo con las' gentes en cuyos hogares la muerte acecha constantemente a la población infantil; la penetración cariñosa y profunda en su mundo, conducen al establecimiento de una serie de hechos que, indudablemente, arrojan mucha luz sobre este problema [la mortalidad infantil] y permiten atacar el mal en una de sus raíces más vitales: las convicciones nacidas de la herencia cultural y no sofocadas aún por los adelantos técnicos modernos.[24]

En el cuerpo profesional del Departamento Técnico de la Seguridad Social Campesina, encabezado por el geógrafo profesor Ernesto Guhl, figuramos cinco antropólogos[25], en cabeza de cada uno de los cuales estaba la dirección del proyecto en uno o dos de los departamentos del país, la supervisión de las encuestas de campo y los estudios de carácter cultural y social. Fuimos contratados para una finalidad particular, que abortó tempranamente. Tres trabajos de fondo vieron la luz pública: el mencionado estudio de Caldas, acompañado de su atlas respectivo, el atlas del Departamento del Cauca y una monografía sobre los sistemas de aparcería en la zona de cultivo de tabaco de Santander[26], de mi autoría.

Es interesante que la monografía pudiera incluir el texto del decreto que creaba el Instituto de Fomento Tabacalero, promulgado el 10 de diciembre de 1954, del cual decíamos que contemplaba en líneas generales "lo expuesto por nosotros en la última recomendación". La investigación, cuyas conclusiones conocieron las autoridades gubernamentales antes de que se publicaran, demostraban que por el trabajo de toda la familia del aparcero (seis personas en promedio), éste recibía para sí sólo el equivalente de un salario. Por eso, el decreto contemplaba entre sus objetivos el de"[...] estudiar costos de producción y sistemas de cultivo por medio de contratos de aparcería, tendientes a mejorar las condiciones de los cultivadores!...]". Enriquecido con la experiencia de su labor profesional en el Ministerio del Trabajo, Milcíades Chaves fungió como asesor del Instituto Colombiano de Reforma Agraria, INCORA, creado por la ley 135 de 1961, y participó activamente en el experimento de las asociaciones comunitarias. La ley estuvo precedida de un largo debate público, en el que intervinieron profesionales de las ciencias sociales, entre ellos Orlando Fals Borda y T. Lynn Smith, su maestro y director de tesis.

Fals Borda, en su segunda obra -cronológicamente hablando-[27], anotaba que frente al mayor atraso en Boyacá, "[...]donde podrían encontrarse documentos vivientes de lo que fue la Nueva Granada [...] poco se ha modificado en el transcurso de los tiempos", ahora aparecía "[...] la mayor industria de Colombia, las acerías Paz de Río, el mayor caballo de Troya del racionalismo dentro de las murallas porfiadamente agrarias de Boyacá". Si se quería implementar al fin una reforma agraria -decía-, su estudio "[...] podría facilitar algunos datos básicos necesarios para legislar y para fijar una política definida y correcta".

Segundo Bernal Villa, también especializado en los Estados Unidos, prestó sus servicios de antropólogo en el Departamento de Planeación del Distrito Especial de Bogotá. La capital del país era la receptora del más alto porcentaje de las migraciones rurales y su crecimiento poblacional, que llegó a sobrepasar el seis por ciento anual, desbordaba las posibilidades inmediatas de satisfacción de demanda de vivienda y servicios públicos, de eliminación de tugurios y barrios piratas y la supresión de las invasiones de tierras expresiones simbólicas de una necesidad real y expresión de protesta y esperanza.

El problema de la vivienda era crítico. La Corporación Nacional de Servicios Públicos, en la que se habían fusionado los institutos de Crédito Territorial (vivienda), de Acueductos y Alcantarillados, y de Fomento Industrial, se propuso enfrentar técnicamente el problema habitacional y comenzó por realizar el primer estudio sobre déficit y demanda de vivienda en el país[28]. Con anterioridad, el Instituto de Crédito Territorial había concebido el plan de erradicación de tugurios en Cartagena y Barranquilla, de los cuales hizo un estudio informativo de esas zonas deprimidas[29].

La Organización de los Estados Americanos, OEA, había tomado a su cargo la formación de personal especializado en vivienda social (ingenieros, arquitectos, economistas, sociólogos, antropólogos, trabajadores sociales), para cubrir las necesidades de América Latina. El proyecto -Centro Interamericano de Vivienda y Planeamiento, CINVA[30]-, que tuvo larga duración, estuvo respaldado económicamente por la Universidad Nacional de Colombia y el Instituto de Crédito Territorial. Egresados colombianos del mismo fueron los gestores de los planes y estudios del Instituto y de la Corporación Nacional de Servicios Públicos.

Al recobrar su personería jurídica, el Instituto de. Crédito Territorial se impuso la tarea de hacer llegar su acción a los sectores humanos de bajos ingresos en ciudades de más de 10.000 habitantes. Era un desafío arduo de enfrentar, por la dificultad de compaginar ingresos conyugales mínimos con los costos reales de la vivienda, bajo la premisa necesaria de recuperar totalmente el capital invertido por la institución, sin alterar en renglones críticos, como la alimentación, la satisfacción de necesidades básicas de los beneficiarios en familias de prole numerosa. Las realidades socioculturales fundamentaron a partir de entonces la planeación de los conjuntos residenciales, tanto en sus aspectos humanos como en los de diseño de las viviendas y de la urbanización y en la organización de las comunidades. La antropología aplicada le servía de fundamento.

Creo que por la estrechez del ámbito de la práctica antropológica, no fuimos víctimas del síndrome de la movilidad en el empleo, como lo describe acertadamente Myriam Jimeno[31], que convierte al antropólogo en un todero de su profesión, porque la "mayoría del ejercicio profesional se lleva a cabo en el cambio de un tema y de una institución a otros, en contraposición con el modelo de antropólogo especialista de por vida en una región, pueblo o temática".

La antropología aplicada en salud repercutió académicamente por su proyección educativa desde la facultad de medicina de la Universidad Nacional y por la incorporación de la antropóloga responsable al campo profesoral de la especialización de antropología y sociología en el mismo centro académico. No ocurrió lo mismo con la experiencias en lo urbanístico, lo rural y la vivienda, que quedaron restringidos al ámbito de las instituciones administrativas patrocinadoras. No permearon el mundo universitario

 El contexto externo

Una diferencia notoria en los sujetos y objetivos separaba la aplicación de la antropología en el gobierno, en Inglaterra (su patria de origen) y en Holanda, de la de los Estados Unidos y demás países. En los dos primeros, con los criterios colonialistas que los personificaban, se perseguía el objetivo de resolver problemas de relación entre los gobiernos metropolitanos con los habitantes de sus colonias africanas y asiáticas. Conviene anotar que Malinowski percibió muy pronto uno de los peligros de la "Indirect Rule" establecida por el gobierno británico y entendida como"[...] el sistema por medio del cual el poder tutelar reconoce las sociedades africanas existentes y las asiste para adaptarlas a las funciones del gobierno local"[32].

En los Estados Unidos, los antropólogos eran los consejeros o mediadores científicos entre los intereses políticos del gobierno federal y las reservaciones indígenas que, no obstante se movían dentro de connotaciones también de sabor colonialista y, por tanto, discriminatorio, se diferenciaban de las inglesas y holandesas, que se daban en colonias de ultramar, por el hecho de realizarse en el territorio nacional. 

En la generalidad del resto de países donde se trajinaba con ella, la antropología aplicada se utilizaba para situar en contextos reales de sociedad y cultura programas de desarrollo o de mejoramiento de sectores populares, que perseguían resolver situaciones de injusticia social y económica y de salud, sin alterar los regímenes políticos ni el sistema estructural de la sociedad.

Finalmente, organismos internacionales, tales como las Naciones Unidas y sus agencias especializadas, iniciaban con sus programas de asistencia técnica la utilización de antropólogos, aunque en número pequeño y con funciones no muy bien definidas desde el punto de vista profesional.

Independientemente de las diferencias teleológicas de los sistemas políticos implicados, y de la escuela o paradigma teórico que se siguiera, las funciones y responsabilidades de los antropólogos tenían en todos ellos un fundamento común ético, instrumental y teórico. Los iniciados que aplicaban sus conocimientos en el país, debían empaparse de los desarrollos en otras latitudes y evaluarlos a la luz de sus propias experiencias y expectativas. Eran un punto de referencia inevitable, ante la ausencia de una tradición de esta naturaleza en Colombia.

Carecíamos de una institución universitaria de enseñanza formal de antropología aplicada y sólo unos pocos antropólogos habíamos tenido oportunidad de asistir a cátedras sobre la materia en el exterior, pero sin el fogueo de la práctica dirigida. México nos adelantaba, pues desde 1951 la Escuela de Antropología e Historia, con la colaboración del Instituto Nacional Indigenista, había establecido una sección de antropología aplicada en la cual se impartían cursos de antropología social, sociología rural, planificación social, psicología social, integración de las ciencias sociales, antropología aplicada, etc. Y en 1959, la Organización de los Estados Americanos había escogido ese país como sede del Programa 104 Interamericano de Ciencias Aplicadas, cuyo objetivo era "hacer frente a los problemas de carácter social que [surgían] como consecuencia de los intentos de evolución económica en los países subdesarrollados".

Dependíamos críticamente de la literatura especializada para suplir deficiencias, pero no era fácil de adquirir, por lo cual recurríamos a obras de alcance general teórico y espacial, de las que destaco algunas que cubren el período 1853-1964, por su carácter de síntesis y de balance, que representan, en cierta manera, un estado del arte en su momento[33], y unas más tardías, como punto de referencia para una actualización en 1978. Para mí fueron fuente de consulta permanente, tanto teórica  de ellas tomamos analíticamente criterios de interpretación y operación. Pero no dejaba de preocuparnos la ausencia de sustentaciones nacionales sólidas de respaldo investigativo.

Inquietudes e interrogantes

En su intervención en el Simposio Internacional de Nueva York en 1952, el profesor Nadel decía que el antropólogo social, en la aplicación de su ciencia, debía llegar a esta síntesis: "Si Ud. hace ésto, ocurrirá esto otro". Agregaba que estaba en el deber de anotar qué consecuencias , humanas resultarían de las alternativas puestas en acción. Nosotros lo intrerpretamos como una responsabilidad científica y ética de conocer la cultura ó el problema en cuestión, en tal grado de profundidad que habilitara al antropólogo para proponer una posible acción, y anticipar y dar a conocer entre los interesados (gobierno y comunidad en nuestro caso), las consecuencias que tal acción podría acarrear. Una responsabilidad que guardaba relación estrecha con las posibilidades y limitaciones del antropólogo para adquirir la información válida y suficiente para lograr los efectos perseguidos o, en su defecto, una experiencia previa, un conocimiento completo del área o problema y un equipamiento instrumental al día. Al antropólogo se lo sitúa a menudo ante la urgencia de soluciones inmediatas o inmediatistas para resolver conflictos de larga data que requieren una experiencia extensa previa y un conocimiento certero del área o problema en juego. La premura de tiempo con que se solía presionar al antropólogo para presentar soluciones, lo ponía en el riesgo de sustentarse en generalizaciones vagas, supuestamente justificadas por una teoría.

Nuestro conocimiento de la realidad nacional era incompleto; los intereses profesionales los habíamos puesto al servicio del estudio de comunidades indígenas en los años anteriores y las demandas de ahora recaían en comunidades de la otra parte de la sociedad nacional, que creíamos conocer -y conocíamos en forma intuitiva porque formábamos parte de ella-, pero que en realidad desconocíamos porque nunca había estado bajo la lupa de un inquirir científico. Conocíamos lo que algunos estudios, las estadísticas y otras fuentes nos mostraban, pero ignorábamos la estructura real de la cultura que vivíamos de manera inconsciente.

A medida que nos sumergimos en ella con espíritu analítico, fuimos comprendiendo que las manifestaciones y expresiones que diferenciaban a unos estamentos o clases sociales de otros, tenían alcances más signficativos que los meramente folklóricos que se les atribuían y cómo daban cabida a distinciones injustas, que alcanzaban a eliminar de los beneficios de planes de mejoramiento social a grandes sectores de población. La discriminación era la expresión simbólica de una estructura social fuertemente jerarquizada y discriminatoria de hondas raíces en el tiempo. Además de ser un país de variedad cultural regional, lo éramos también de diversidad cultural estamental que, históricamente, había sancionado legalmente determinadas costumbres y pautas practicadas por unos estamentos, mientras desconocía la validez de otras de larga tradición, producto de la época colonial, que continuaban arraigadas en amplios sectores populares carentes de poder.

Las inquietudes anteriores nos llevaban a otro dilema de la antropología aplicada: si su énfasis debería estar en lo que la gente quiere (necesidades sentidas), y en ayudarla a conseguirlo, más bien que a cómo podría convencérsela a hacer lo que la gente de otra cultura (o de otro estamento), piensa que es mejor para ella.  Los gobiernos están siempre interesados en actuar hoy, de acuerdo con sus intereses políticos y poco espacio dejan para atender propuestas emanadas de la comunidad que no generen dividendos políticos a su favor.

Teníamos, pues, que encarar el cambio cultural como probable resultado de planes de cambio tecnológico o de otro orden, respetando tradiciones culturales arraigadas, y atendiendo a la necesidad de introducir métodos y técnicas nuevas, eliminando de paso patrones obsoletos. Los inicios de la llamada obsolescencia dinámica[34] y la bondad de lo moderno, no dejaban de inquietar la conciencia de los antropólogos. Los cuales, por otra parte, eran un símbolo del conservadurismo y pesimismo; en palabras de Margaret Mead, "el especialista que dictamina que los cambios que los economistas y administradores miran como desables serán muy difíciles, imposibles en la práctica o si practicables, destructivos".

La antropología aplicada en los Estados Unidos padecía lo que podrá llamarse una desviación indigenista de sus profesionales. En revista crítica que hizo la autora antes mencionada a los artículos publicados, conjuntamente con el suyo, en Some Uses of Anthropology: Theoretical and Applied, observaba, entre otras cosas de gran interés, que sólo un artículo se relacionaba completamente con problemas de una cultura compleja y también uno solo se refería completamente a problemas internos de la cultura occidental; nada se había tratado en relación con industria, desarrollo urbano, trabajo social, fuerzas armadas, comunicación, guerra, educación, ni relaciones interraciales, "a pesar de ser el año histórico de la decisión de la Corte Suprema sobre la desegregación."

Sus observaciones críticas eran un llamado a los antropólogos para que no fueran solamente:

[...]gente interesada primordialmente en el destino de las poblaciones indígenas no Occidentales -y con la excepción única del campo de la medicina- no interesada en aplicar lo que había aprendido de culturas y comportamiento humanos en nuestra sociedad. Nosotros, además de lo sugerido por la Dra. Mead, veíamos en la práctica de la antropología la necesidad inaplazable, que empezábamos a predicar y sustentar, de estudiar nuestra propia cultura, para conocernos a nosotros mismos, para sustentar recomendaciones y derivar soluciones, sin que ello significara abandonar las investigaciones en los grupos indios.

Bibliografía

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[*] Antropólogo del Instituto Etnológico Nacional, doctor en ciencias sociales y económicas de la Universidad pedagógica Nacional, culminó, junto con Virginia Gutierrez de Pineda, un libro titulado Miscegeneración y Cultura en la Colombia Colonia, que será publicado por la Universidad de los Andes con el patrocinio de Colciencias.«« Volver

[1] Agradezco a los profesores Álvaro Román y Roberto Pineda Capacho, y a Carlos Andrés Barragán,la valiosa ayuda que me proporcionaron para la elaboración de este articulo.«« Volver

[2] Marvin Harris The rise of anthropological theory, New York, 1968.«« Volver

[3] Para una semblanza del profesor Rivet, puede verse el artículo "Paul Rivet: un legado que aun nos interesa" de Roberto Pineda Camacho, en Documentos sobre lenguas aborígenes de Colombia del archivo de Paul Rivet vol. II, compilado por Jon Landaburu, Bogotá, 1998, págs. 53-74.«« Volver

[4] Robert H. Lowie, Historia de la Etnología, México, Fondo de Cultura Económica, 1946(1937].«« Volver

[5] Gerardo Retchel Dolmatoff, "Los Kogi una tribu de la Sierra Nevada de Santa Marta", en Revista del Instituto Etnológico Nacional, IV, entrega 1 a., Bogotá, 1949.«« Volver

[6] Véase al respecto el Handdbook of South American Indians, Washington, 1946, 5 volúmenes. Cada uno de los cuatro primeros contiene lo relacionado con uno de cuatro grupos establecidos por Cooper.«« Volver

[7] Véase Luis Duque Gómez, Balance de una tarea cultural 1944-1952, Bogotá, Editorial Minerva, 1952.«« Volver

[8] Ibid., p. 16.«« Volver

[9] "Introducción", en Divulgaciones del Instituto de Investigación Etnológica, Vol 1, No. 1, Barranquilla, abril 1950.«« Volver

[10] El resultado de esa investigación se publicó con el titulo An Andean city at mid-century, a traditional urban society, editada por la Universidad de Michigan, 1977. En 1960 publicó Two cities of Latin America, editada por el Logan Museum of Anthropology del Beloit College, que fue publicada en español por la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, en 1963, con el título Popayán y Querétaro. comparación de sus clases sociales.«« Volver

[11] Hay dos obras bien conocidas del profesor Crist sobre Colombia: The city of Popayán, un estudio de geografía urbana de la ciudad, y su obra ya clásica, The Cauca Valley.«« Volver

[12] Ordenanza No. 80 de 1946, de la Asamblea Departamental del Magdalena.«« Volver

[13] Alden Mason, Archaeology of Santa Marta, the Tairona Culture 3 vols., Chicago, Field Museum of Natural History, 1936 -1939.«« Volver

[14] Graciliano Arcila Vélez, "Palabras de agradecimiento al homenaje del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia en sus 20 años de fundación, en Boletín de Antropología. Vol. 6, No. 21, Medellín, 1987.«« Volver

[15] Roberto Pineda Camacho, "25 años de la fundación el 16 Departamento de Antropología Uniandes" inédito.«« Volver

[16] La doctora"Broadbent obtuvo su título por la Universidad de California; fue discípula allí de los profesores Alfred L. Kroeber, Robert H. Lowie, y John H. Rowe, entre otras, a quien nos referimos en el aparte relativo al Departamento de Antropología de la Universidad del Cauca.«« Volver

[17] Desempeñaba entonces el cargo de subdirector del Centro Interamericano de Vivienda y Planeamiento, CINV, de la Organización de los Estados Americanos, OEA.«« Volver

[18] Gregorio Hernández de Alba, "La Antropología aplicada", en Colombia, órgano de la Contraloría General de la República 1-2, Bogotá, enero-febrero de 1944, págs, 59-61.«« Volver

[19] Orlando Fals Borda, Campesinos de los Andes, Monografías Sociológicas, Facultad de Sociología, Universidad Nacional de Colombia Bogotá, 1957.«« Volver

[20] Ministerio del Trabajo, Departamento Técnico de la Seguridad Social Campesina, Caldas, estudio dé su situación geográfica, económica y social, como base para el establecimiento de un régimen de seguridad regional, 2 vols., Bogotá, Empresa Nacional de Publicaciones,1956.«« Volver

[21] Misión "Economía y Urbanismo", Estudio sobre las condiciones del desarrollo de Colombia, Bogotá, Presidencia de la República, Comité Nacional de Planeación, Aedita Editores Ltda., 1958. «« Volver

[22] Banco de la República, Bases de un programa de fomento para Colombia, Informe de una misión dirigida por Lauchlin Currie y asupiciada por el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, en colaboración con el Gobierno de Colombia, Bogotá, 2a, Edición,' Talleres Editoriales de Librería Voluntad, S.A., 1951.«« Volver

[23] Véase al respecto: Alfred Métraux, "Applied Anthropology in government: United Nations", en Anthropology Today, An Encyclopedic Inventory, prepared under de chairmanship of Alfred Kroeber, Chicago, The University of Chicago Press, 1953.«« Volver

[24] Virginia Gutiérrez de Pineda, "Causas culturales de la mortalidad infantil", en Revista del Instituto Colombiano de Antropología, vol IV, Bogotá, 1955, págs. 11-86.«« Volver

[25] Milcíades Chaves, Julio César-Cubillos-, Luis Duque Gómez, Francisco Antonio Vélez y Roberto Pineda.«« Volver

[26] Roberto Pineda Giraldo, -Estudio de la zona tabacalera santandereana, Bogotá, Ministerio del Trabajo, Departamento Técnico de la Seguridad Social Campesina, Litografía Villegas, 1955.«« Volver

[27] Orlando Fals Borda, El hombre y la tierra en Boyacá, Bases sociológicas e históricas para una reforma agraria, Bogotá, Ediciones Documentos Colombianos, Editorial Antares, 1957.«« Volver

[28] Corporación Nacional de Servicios Públicos, Departamento de Vivienda, "Déficit y demanda de vivienda en Colombia", en Estudios Socio-Económicos, No. 3, Bogotá, 1956. «« Volver

[29] Se divulgaron en dos folletos: Instituto de Crédito Territorial, "Chambacú, regeneración de una zona de tugurios", en Serie Estudios Socio-Económicos, No. 1, Bogotá, 1955.'Zona Negra', rehabilitación del un sector urbano", en Serie Estudios Socio-Económicos, No. 2, Bogotá, 1955.«« Volver

[30] Fui su director entre 1963 y 1972, aproximadamente. Con anterioridad, dirigí el Departamento de Planeación del Instituto de Crédito Territorial, cuando recuperó su persona jurídica.«« Volver

[31] Myriam Jimeno, "Desde el punto de vista de la periferia: desarrollo profesional y conciencia social", ponencia presenta en el Simposio de Antropología Aplicada en el VIH Congreso de Antropología en Colombia, Bogotá, diciembre de 1977 y en el Foro de la Investigación Científica Antropológica y la Reproducción Social en América Latina, 49 Congreso Internacional de Americanistas, Quito, julio de 1997.«« Volver

[32] Citado en Bronislaw Malinowski, The dynamics of culture change... Conviene anotar que Malinowski señaló una de las fallas fundamentales de la Indirect Rule: "Aquí la cuestión pertinente es si el"viejo sistema" como opera hoy es aplicable a las condiciones modernas. Porque debe recordarse que aunque la jefatura nativa fue capaz de llenar sus funciones bajo las tradiciones antiguas, no puede ahora, sin cambiarse, adelantar las tareas que imponen la cooperación con los europeos y el mantenimiento de la ley y el orden sobre ella, en una situación de contacto cultural.... puede ser que lo que sobrevive de la vieja jefatura sea a un menos capaz de trabajo efectivo", (pág. 139).«« Volver

[33] Me refiero en primer lugar a las que contienen los resultados del Wenner-Gren International Symposium on Anthropology, reunido en New York en la primavera de 1952, cuyos resultados se publicaron en dos tomos: Anthropology Today. An Encyclopedic Inventory, Chicago, the University of Chicago Press, 1953, que recoge las 50 ponencias presentadas y An appraisal of Anthropology today, Chicago, University of Chicago Press, 1953, que ofrece los resultados de las discusiones sobre cada tema. Este simposio reunió a los especialistas más destacados en cada rama de la antropología pero sobre todo a quienes tenían la capacidad de sintetizar los puntos de vista de otros y el amplio conocimiento de la totalidad de la antropología. En segundo lugar, y en, orden cronológico, a un artículo de Margaret Mead, "Applied Anthropology, 1955" en Some uses of Anthropology, theoretical and applied, editada en Washington D.C. por The AntropologicaI Society of Washington, 1956, págs. 94-108; y en tercer lugar a La Antropología social aplicada en México, trayectoria y antología, de Juan Comas y otros autores, publicada en México por el Instituto Indigenista Interamericano, Serie Antropología Social, 1964. Finalmente, a otro artículo de Margaret Mead. 'The evolving ethics of applied anthropology", en Applied Anthropology in America, edited by Elizabeth M. Eddy and William L. Partridge, Columbia University Press, New York. La obra clave para salud pública fue la de Benjamín Paul, editor, Health, culture and community, "case studies ofpublic reactions to health programs, New York, Russell Sage Foundation, 1955. Para las comunidades campesinas, obras de George M. Foster, tales como Empire's Children: the people of Tzintzuntzan, México D.F., Smith sonian Institution, Institute of Social Anthropology, publication No.6,1948 y su tesis posterior, "Peasant Society and the image of limited good" en American Anthropologist, No. 67, págs. 293-315. Foster publicó después su Applied Anthropology, The Little Brown Series in Anthropology, 1969; y en Bárbara Gallatin Anderson, Medical Anthropology, New York, John Wiley &; Sons, 1978.«« Volver

[34] Véase, p. e., la obra de Jules Henry, La cultura contra el hombre.«« Volver

   
 

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