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Para citar este artículoRevista No 38
Título:Ingermina, de Juan José Nieto: antagonismo y alegoría en los orígenes de la novela caribeña
Autor:Idelber Avelar[*]
Tema: Las oportunidades del Bicentenario (2008-2019): invitación a la reflexión republicana
Enero de 2011
Páginas: 120-127
DOI: http://dx.doi.org/10.7440/res38.2011.09
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Ingermina, de Juan José Nieto: antagonismo y alegoría en los orígenes de la novela caribeña

Idelber Avelar[*]

Dossier


RESUMEN

Este trabajo analiza una novela pionera en la tradición literaria del Caribe colombiano: Ingermina, publicada por Juan José Nieto durante su exilio en Jamaica, en 1844, y prácticamente olvidada durante un siglo y medio, hasta su reedición en 1998. Ingermina relata la conquista del reino de Calamar y su conversión en la colonial Cartagena de Nueva Granada. El texto se organiza a partir del tema del amor entre una mujer indígena y un colonizador español. Al contrario de otros relatos (como el de la Malinche mexicana, Iracema en Brasil, etc.), la novela de Nieto ofrece un retrato notablemente diversificado de la población indígena, dividida entre anticolonialistas radicales y moderados. Mi artículo analiza la subsunción que realiza Nieto, de un antagonismo político bajo un antagonismo moral. Anclado en el contexto de la Colombia decimonónica, remito esa subsunción a los límites del liberalismo de Nieto, uno de los más radicales de su época.

PALABRAS CLAVE

Alegoría, indigenismo, Colombia, nación, colonialismo, Juan José Nieto, novela caribeña.

ABSTRACT

This paper analyzes a pioneering novel in the literary tradition of the Colombian Caribbean: Ingermina, published by Juan José Nieto during his exile to Jamaica in 1844, and practically forgotten for a century and a half, until it was reedited in 1998. Ingermina tells of the conquest of the Kingdom of Calamar and its conversion into the colonial Cartagena of the New Granada. The text revolves around the love between an Indian woman and a Spanish colonist. In contrast to other stories (such as the Mexican Malinche, Iracema in Brazil, etc.), Nieto’s novel offers a notably diverse view of the indigenous population, which is divided between radical and moderate anti-colonialists. My article analyzes the subsumption made by Nieto, of a political antagonism under a moral antagonism. Firmly planted within the context of Colombia in the 19th century, I refer this subsumption to the limits of Nieto’s liberalism, one of the most radical of his time.

KEY WORDS

Allegory, Indigenism, Colombia, nation, Colonialism, Juan José Nieto, Caribbean Novel.

RESUMO

Este artigo analisa um romance pioneiro na tradição literária do Caribe colombiano: Ingermina, publicada por Juan José Nieto durante seu exílio na Jamaica, em 1844, e quase esquecida durante um século e meio, até a sua reedição em 1998. Ingermina narra a conquista do reino de Calamar e sua conversão na Cartagena colonial de Nova Granada. O texto está organizado em torno do tema do amor entre uma índia e um colonizador espanhol. Ao contrário de outros relatos do tipo (como a Malinche mexicana ou a Iracema brasileira), o romance de Nieto oferece um retrato bastante diversificado da população indígena, dividida entre anti-coloniais radicais e moderado.O artigo analisa também a subsunção que realiza Nieto, de um antagonismo político sob um antagonismo moral. Ancorado no contexto da Colômbia oitocentista, remeto essa subsunção aos limites do liberalismo de Nieto, um dos mais radicais do seu tempo.

PALAVRAS CHAVE

alegoría, indianismo, Colômbia, nação, colonialismo, Juan José Nieto, romance caribenho.

Alegáis que nos dejáis en paz, es verdad, pero es una
paz deshonrosa, vituperable, comprada al costoso precio
de nuestra independencia, sostenida por la abyección de
la esclavitud

(Catarpa, citado en Nieto 2001, 61).

La dinámica particular de las relaciones sociales en la región Caribe de Colombia permitió que se produjera allí, por primera vez en el país, un corpus novelístico de complejidad bastante notable, cuando se compara con las novelas que se empezaban a publicar en otros países latinoamericanos. Las novelas escritas por Juan José Nieto (1804-1866) en su exilio jamaiquino en la década de 1840 nos presentan personajes tridimensionales y resoluciones narrativas no obvias, que no se encontrarían con tanta frecuencia en las novelas romántico-sentimentales o costumbristas que, por aquel entonces, pasaban a dominar el canon literario latinoamericano. Que estas novelas hayan sido el producto de la pluma de Nieto, un mulato, y que hayan visto la imprenta en el exilio, no son, desde luego, datos fortuitos. La derrota del proyecto liberal representado por Nieto es un elemento constitutivo, que tendría importante papel en ese corpus narrativo que se gestaba. Tampoco es casual que también en el Caribe, pocas décadas después, surgiera el primer gran poeta, traductor y dramaturgo afrocolombiano, Candelario Obeso (1849-1884), dado el protagonismo de la población afrodescendiente en el siglo XIX caribeño colombiano, tema que ya ha sido objeto de estudios importantes (Múnera Cavadía 1998; Prescott 1985; Lemaitre 1983).

En el caso de Candelario Obeso, por cierto, casi todo queda por hacer. De la obra literaria de Juan José Nieto, sólo Ingermina (muy recientemente) ha recibido lecturas mínimamente articuladas. Este artículo tratará de contribuir a la conversación acerca de la primera novela de Nieto, con un análisis de los mecanismos retóricos a través de los cuales el relato diluye el antagonismo entre colonizadores y colonizados en el antagonismo entre una colonización presentada por la novela como magnánima y, en último análisis, justa, y un modelo colonizador tiránico, dictatorial. Esta operación textual, a través de la cual una diferencia política se representa como diferencia moral, será leída en el contexto de la ambigüedad política del mismo Nieto, desterrado en Jamaica e identificado, vía ficción histórica, con la población calamar derrotada, pero sin condiciones de romper completamente con la vindicación del hispanismo y del proceso colonial. Ingermina se escribe en esta tensión, que adquiere matices más complejos que los que se observarían, por ejemplo, en los comienzos de la novela indianista brasileña (con Iracema, de José de Alencar) o peruana (con Aves sin nido, de Clorinda Matto de Turner). En Ingermina encontraremos, por ejemplo, una escisión política y cultural dentro de la comunidad indígena, dato ausente en las novelas indianistas clásicas, que tienden a representar los pueblos amerindios como totalidades homogéneas, no fracturadas.

En contraste con la herencia significativamente más rígida del sistema esclavista del valle del Cauca aurífero y luego azucarero, donde la alta concentración de tierras se mantendría intacta hasta el siglo XX, en el Caribe, ya en el censo de 1776-1778, los negros y mulatos libres constituían 3/5 de la población de Cartagena, y los esclavos menos del diez por ciento (Palacios y Safford 2002, 50). Esta especificidad propicia, en la costa, la constitución de una pequeña clase letrada negra, de la cual, ya en la década de 1860, surgirá un escritor negro de la estatura de Candelario Obeso. Este hecho también contribuye a la tensión particular que viviría el mulato Juan José Nieto, alegorizando en el pueblo calamar (en Ingermina), o bien en el pueblo árabe (en Los moriscos), las derrotas de la vertiente emancipadora del liberalismo colombiano que lo enviarían a su exilio jamaiquino. En el caso de Ingermina, la alegoría ganaría considerable complejidad: su representación del pueblo indígena conquistado alcanzaría una tridimensionalidad casi nunca vista en la novela indianista del siglo XIX, al contrario de lo que se ha repetido sin mucha reflexión en cierta crítica, que ha insistido en ver en el relato de Nieto un texto con “cables sueltos” (McGrady 1962, 33).

Juan José Nieto e Ingermina

El mulato Juan José Nieto perteneció a la generación de políticos liberales que vivieron entre el fin del largo período de hegemonía colonial de Cartagena y la ascensión de Barranquilla, en la década de 1870, como el puerto más importante de la región. Santanderista en la juventud, fue autodidacta y accedió a la imprenta con una Geografía de la provincia de Cartagena (1839) mientras se elegía diputado de la provincia y participaba en la revolución de los Supremos, en 1840. Apresado por el general Mosquera, se radicó por cinco años en Kingston, Jamaica, donde escribiría, además de Ingermina, otras dos novelas, Rosina y Los moriscos, antes de regresar a Cartagena en 1847. Llegó a ser representante a la Cámara y gobernador de la provincia. Derribado, vuelve al poder, en manos de una Asamblea Constituyente del autodeclarado estado independiente de Bolívar, en nombre del cual celebraría en 1860 con Mosquera (quien, desde el Cauca, libraba guerra contra el centro hegemónico de la Confederación Granadina del presidente conservador Mariano Ospina Rodríguez) un tratado cartográficamente curioso, que declara unificadas las dos regiones, Bolívar y el Cauca, como los Estados Unidos de la Nueva Granada, por encima de la Antioquia, que los separaba geográficamente. Como presidente de Bolívar, Nieto aún ganaría batallas en Santa Marta y Barranquilla, antes que otro conflicto con Mosquera lo enviara de nuevo al ostracismo, derrotado por el jefe mosquerista González Carazo, y luego retirado definitivamente a la vida privada. Algunas décadas antes Nieto había compuesto, en Ingermina, un elegante relato de cómo un sujeto, una tradición y un linaje se ven forzados a lidiar con la derrota, extrayendo, de la tragedia del pueblo calamar, una imagen de su destino en Jamaica.

Merece mención la curiosa historia de la publicación y (no) circulación de Ingermina. Desde la edición hecha en la imprenta de Rafael J. de Córdova, “a expensas de unos amigos del autor” (1844), hasta la segunda edición, realizada por la Gobernación de Bolívar (1998), transcurren 154 años en los que la novela no circuló. La historia marginal de Ingermina no es una contingencia ni un mero reflejo de la posición subordinada de la costa en el canon literario que empezaría a nacionalizarse como colombiano algunas décadas después. La descalificación de Ingermina y de las otras dos novelas de Nieto (Los moriscos y Rosina, jamás reeditadas) ya posee algún rastro bibliográfico más allá del silencio que le dedican gran parte de los clásicos de la crítica literaria colombiana, como la Historia de la literatura colombiana de José J. Ortega, de 1934.

El Diccionario de autores colombianos (1978), de Luis María Sánchez López, incorrectamente sitúa en Cartagena el lugar de nacimiento de Nieto, y, más allá de definirlo como “militar, dramaturgo y novelista”, se limita a nombrar Ingermina como “quizá la primera novela de la violencia en Colombia” (Sánchez López 1985, 325). En casi toda la bibliografía, al adjetivo “primera” le acompaña, en general, un juicio despectivo basado en un modelo ideal de lo que hubiera sido, o vendría a ser, una novelística “madura”. Cursio Altamar definía Ingermina y Los moriscos como “embriones informes de novelas con todos los componentes exteriores del romanticismo, aunque desprovistas de espíritu imaginativo” (Cursio Altamar 1957, 65). Donald McGrady se refiere a In-germina y Los moriscos como “novelitas” o “balbuceos de novela”, que traen “en germen todos los defectos que se darán a lo largo del desarrollo de este género en Colombia” (1962, 63 y 33). Según el crítico norteamericano, su mérito sería el de manifestar tempranamente los vicios que después se madurarían en defectos reales: así escribe la historia literaria, a fin de cuentas, el historicismo etnocéntrico. En los treinta ensayos del indispensable Manual de literatura colombiana (1988), Juan José Nieto no merece más que dos marginalísimas menciones, siempre en pasajes dedicados a otros autores (Mujica 1988, I-143-73; Padilla 1988, II-511-88). Valiosos trabajos de reconstitución del canon literario del siglo XIX colombiano, como el de Álvaro Pineda Botero (1999) y el de Raymond Williams (1991), no han alterado el juicio de valor. Aquél define Ingermina como una “narración ingenua, llena de tópicos literarios precervantinos, que para el siglo XIX estaban ya desgastados en España”, un texto que además hubiera pecado al “dejar por fuera la raza negra”, que, según el crítico, debería ser retratada en la novela, ya que ésta tiene lugar en 1533-37, y “la introducción de esclavos negros en la Nueva Granada comenzó en los primeros años de la Conquista”. Pineda Botero concluye su condena del texto con la conclusión de que al usar el género de la novela histórica, Nieto “reescribía la historia para llenar las necesidades de su propio presente” (Pineda 1999, 105-08), sin informarnos en qué consistiría la diferencia, en este aspecto, entre Ingermina y cualquier otra novela histórica. Raymond Williams, mirando regionalmente el canon colombiano decimonónico, teje interesantes observaciones sobre In-germina como paradigma de una mirada histórica y archivista sobresaliente en la Costa, pero naufraga al intentar reducir la trama de Ingermina (y, de hecho, abarcar toda la novelística colombiana) a partir de una oposición mítica entre dos categorías reificadas, “culturas orales” y “culturas escritas”, bajo las cuales uno podría supuestamente catalogar personajes o incluso regiones enteras (Williams 1991, 93-100). De hecho, es precisamente en la tensión entre lo regional y lo nacional que se juega todo lo que el texto mismo de Ingermina pone en tela de juicio, como demostró Beatriz Aguirre (2001) en un artículo pionero. Como después notaría Sergio Paolo Solano (2008), en Ingermina se deja leer todo un mapa de las relaciones raciales y regionales de la Colombia decimonónica. Coincido con Solano y Aguirre en que las descalificaciones de la novela de Nieto han sido, por lo general, apresuradas y poco fundamentadas.

En su prólogo a la tercera y muy bien cuidada edición publicada en EAFIT (2001), Germán Espinosa menciona la donación de un ejemplar de Ingermina en 1856 a la Biblioteca Nacional por el mismo Nieto, en el cual se puede leer a un cuidadoso autor advirtiendo a los lectores que la publicación ha sido hecha “en una imprenta que no es de idioma español” y que por eso espera que “disimularán” las faltas de la obra. Nieto escribe desde la traducción, vía el inglés que empezaba a aprender, y muestra la preocupación clara de un escritor que se dirige a una patria ausente o distante. Como sería frecuente en América Latina, la imaginación de ese futuro tiene lugar a través de una visita al pasado, entendido como manantial de relatos, pequeños emblemas, alegorías. La alegoría nacional de Ingermina (1844) se extrae del emblema, de la imagen, de una nación indígena derrotada y esclavizada. Ingermina nos trae de vuelta a la historia de la invasión y conquista del orgulloso reino de Calamar, así como su conversión en la colonial Cartagena de Nueva Granada. Ante este telón de fondo, se despliegan relatos de amor, guerra y resistencia.

Nieto abre el libro con una “Breve Noticia Histórica”, que retrata una sociedad feliz antes de la conquista, “la más numerosa, la más fuerte y la más civilizada” de sus alrededores. En una suerte de protoetnografía, Nieto describe el complejo sistema poligámico de los calamares, en el cual las mujeres se reparten entre los amigos durante los viajes del patriarca, y los hijos que de allí nacen son asumidos como legítimos de la casa. Dedica atención especial a las prácticas de duelo de los calamares, que incluyen el “derecho de hablar bien o mal del difunto: su memoria pertenecía al pueblo”, y “la cena de los muertos, que consistía en un banquete tenido en presencia el cadáver al que asistían todos los de casa y los amigos. Se comía llorando o haciendo que se lloraba, y suponiendo vivo entre ellos el difunto se despedían de él” (Nieto 2001, 41). La cultura calamar es poligámica, impersonal, colectivista, y cultiva un cierto ethos del anonimato. Entramos al relato con la imagen de un pueblo compuesto de sujetos “fuertes, sagaces y determinados”, aunque, también nos avisa el texto, “no dejaban de participar de la mala fe que ha distinguido generalmente a los Indígenas” (Nieto 2001, 42).

Ingermina no narra, sino que sólo asume como telón de fondo el antagonismo entre indígenas y españoles. Lo que narra es la superposición entre otros dos antagonismos. Por un lado, está el antagonismo que separa a los calamares más dispuestos a negociar para sobrevivir bajo la opresión de aquellos más radicalmente revoltosos contra el colonialismo (ambos grupos actuando de buena fe, y contradiciendo la voz autoral de la “nota histórica”), y, por otro lado, el antagonismo que separa a los españoles criminales de los españoles virtuosos. El antagonismo entre quietismo y lucha kamikaze que escinde los indígenas es del orden de la táctica de supervivencia, de la pragmática; el antagonismo entre virtud y deshonestidad que escinde los personajes españoles es del orden de la esencia ética. La separación hace posible la operación retórica central que echa a andar el relato: presentar el orden colonial como inevitable (no vislumbrar nunca un afuera de este orden) y a la vez presentar la resistencia indígena como justa y justificada.

La narración empieza antes de la colonización, relatando una rebelión entre los calamares, que derrotó al tirano cacique Marcoya y lo reemplazó por el líder popular Ostáron, quien para “evitar que el furor del pueblo recayese también sobre la familia del Cacique” (59), “se llevó a su casa la viuda y a Ingermina, entonces niña de sólo cuatro años” (60). Ingermina es luego criada por Ostáron con su hijo Catarpa, en una ambigüedad idéntica a la que acosa la relación entre María y Efraín en la novela de Isaacs (1986). Son una mezcla de primos y hermanos de crianza, pero también son, incestuosa y misteriosamente, reservados el uno para el otro como amantes futuros. Esta reserva se interrumpe y se agota, en Ingermina, con el éxito de la invasión colonial, suavizada en la novela por el retrato altruista del conquistador Heredia, quien termina seduciendo a Ingermina. El antagonismo entre los calamares que resisten y los que se adaptan pasa a escindir al inconforme Catarpa –para quien sus compatriotas “se han humillado […] a los pies del vencedor, sin dar siquiera la más pequeña muestra de recibir el yugo con repugnancia” (61)– y a separarlo de Ingermina, rodeada por las atenciones y la labor pedagógica de Alonso de Heredia. En contraste con Catarpa, Ingermina pasa ya a encontrar “las maneras casi salvajes de sus conciudadanos […] inferiores y aun chocantes” (69). Con cierto aire de inevitabilidad, la princesa calamar resbala hacia el campo cultural hispano y el área de influencia de Alonso y de su hermano administrador, Pedro de Heredia. Después de la derrota calamar en la guerra de conquista, la valentía de Catarpa es reconocida públicamente por los “magnánimos” colonizadores, los Heredia, que le confieren el estatus de prisionero de honor, después de capturarlo sin matarlo o herirlo. Con el tiempo, el carácter indomable del príncipe derrotado cambia, y él es incorporado al antagonismo que estructura la novela, y que opone la magnánima colonización de los Heredia (bajo la cual pareciera haber un espacio para la coexistencia pacífica con los indígenas) a la colonización sanguinaria de Badillo y Peralta.

Como primera figura seducida por un español y por su cultura, y así convertida en traductora, Ingermina mantiene parentesco con la Malinche, más que con María, Manuela o las heroínas de Carrasquilla, con la importante salvedad de que en Ingermina no se ven rastros del trauma y la culpabilidad que acompañan la leyenda mexicana.[1] La negatividad malinchesca no está ausente del texto, pero se concentra en el comienzo de la trayectoria de Catarpa, último calamar a ser capturado y, sólo ya en la cárcel, convencido de obedecer al yugo español por la persuasión respetuosa de Alonso de Heredia. El malinchismo de la mujer, Ingermina, se reduce a su enamoramiento del colonizador, del otro, sin culpa, sin traición, sin cualquier acto de traducción. La otredad que separa al colonizador de la nativa, de hecho, se borra al fin de la novela, cuando se nos revela un rocambolesco origen español de Ingermina, quien así aparece, retrospectivamente, ya no como la nativa que se convirtió (Malinche) sino como la ibérica que regresó, circular, a un punto de origen, y que al hacerlo deja implícitamente designado a su “hermano” Catarpa, el calamar puro, como el verdadero “otro” de la novela.

Al contrario de lo que sugieren evaluaciones críticas que la trataron como texto donde “no hay progresión lógica” y donde abundarían los “cables sueltos” (Mc-Grady 1962, 33), Ingermina es una de las novelas más rigurosamente construidas de todo el siglo XIX latinoamericano. La primera y la segunda partes están compuestas por ocho capítulos. Las dos partes refieren las dos secuencias de acontecimientos que se desprenden de los dos antagonismos básicos, el antagonismo intraindígena entre adaptación y rebelión y el antagonismo intrahispano entre colonización sanguinaria y transculturación magnánima.[2] La primera parte narra la tiranía de Marcoya sobre los calamares, el subsiguiente reino de paz bajo Ostáron y la invasión española, que provoca una valiente reacción y luego una “sabia” y “madura” sumisión entre los calamares, a manos del inteligente y moderado liderazgo de los Heredia (aunque bajo las protestas iniciales de Catarpa). La segunda parte narra el antagonismo intraespañol, con la llegada de un nuevo Licenciado, Badillo, que encarcela a los Heredia e impone el reino del terror. El antagonismo central es intrahispano, pero los indígenas no están ausentes: la resolución final en favor de los héroes (los Heredia) es el objetivo de la lucha de Ingermina (quien “baña de lágrimas” los grillos que atan a su prometido Alonso en el calabozo) y Catarpa (quien ya, desde su última captura, trae a una discreta “esposa” no nombrada, sustituto fantasmagórico de la Ingermina prometida al otro, al español magnánimo). Los indígenas, en su totalidad, ya “entienden” que la victoria de Heredia es condición de su supervivencia, y la alianza se consolida. Curiosamente, en ese momento aparece Catarpa con la “esposa”, y el joven príncipe pasa a ser designado por el narrador como el “hermano” de Ingermina. La segunda parte, en otras palabras, narra la disolución del conflicto intraindígena (adaptación versus rebelión) dentro del conflicto intrahispano entre el bien y el mal.

Cada una de las dos partes concluye con un acápite (Historia de Hernán Velásquez e Historia de Gámbaro y Armósala), donde surge un miserable que narra, en flashback, una fuente hasta entonces ignorada del relato. Alrededor de los dos antagonismos centrales li-nealmente narrados en las dos partes, los dos flashbacks tejen movimientos, en el sentido musical del término. Son variaciones que progresivamente dejan vislumbrar el tema, en toda su complejidad. Al final de la primera parte, antes de la usurpación del ilegítimo Licenciado Badillo, una expedición a la selva que hacía Alonso de Heredia (entonces viviendo un intervalo de plenitud y felicidad con Ingermina) es interrumpida por la llegada de alguien que narra, a la manera de la novela bizantina, una serie de peripecias marcadas por la desdicha.

Charles Barbant. 1880. Periódico Tour du monde, París. (Ver PDF, página 125)

Hernán Velásquez es un valenciano que se convierte en musulmán por el amor de una mujer, y que luego del cese del armisticio entre cristianos y musulmanes se ve invadido por el furor patriótico y convence a su suegro de convertirse en cristiano y acompañarlo. Después de un breve período de felicidad con su suegro y su esposa, ésta muere y Velásquez, desilusionado, parte hacia América, donde participa en la conquista de un reino cerca de Calamar, pero es olvidado en la playa, junto a indígenas salvajes. Adaptado, con el tiempo, a la sociedad indígena, Velásquez se casa con Tálmora, hija de su protector Contarmá. Pero aquí tampoco llega la felicidad, ya que el reino calamar sufría la tiranía de Marcoya (el mismo que sería después destronado por Ostáron), quien lo ultraja, secuestrándole a la mujer y a la hija que había sido generada en el matrimonio. Los españoles lo encuentran en ese momento de derrota, en que ya considera muertas a Tálmora, su mujer secuestrada por Marcoya, y a su hija, que no es sino In-germina, quien reencuentra a su padre ya anciano en el calabozo donde Velásquez ha ido a visitar a las víctimas de la tiranía de Badillo.

El dato es importante porque se hace claro que la niña Ingermina, salvada por un cacique magnánimo (Ostáron) del yugo de un cacique tiránico (Marcoya), era en realidad hija de un español (Velásquez). Todo el relato anterior acerca de la seducción de Ingermina por Alonso de Heredia, y su paulatino abandono de la promesa amorosa hecha a Catarpa por ambas familias, adquiere otro sentido. Más que una rendición a un invasor, se trata de un reencuentro. El emblema de la esencia calamar ya era una figura híbrida en el momento de su concepción. Híbrida, pero malinchesca al revés: su concepción fue producto de la “indianización” de un español derrotado y perdido en peripecias picarescas, llevado a enamorarse de una india y a construir una familia calamar. Este español destruido, golpeado por el proceso de colonización, dependería de la victoria de los Heredia sobre los caciques calamares para rever a su hija y su mujer. De cristiano español a musulmán, de musulmán a cristiano, de cristiano a calamar, para finalmente reencontrarse con su hispanismo, Velásquez es una suerte de emblema de la transculturación, movilizada en la novela de Nieto para disolver el antagonismo político entre colonizadores y colonizados dentro del antagonismo moral entre buenos y malos.

Para esto se le reserva a Velásquez el paralelo –construido de manera novelesca, perfectamente simétrica, sin dejar ni siquiera un solo “cable suelto”– con Gámbaro, el indígena miserable que interrumpe la narrativa al final, después que la segunda parte ha narrado la usurpación de Badillo, el encarcelamiento de los Heredia, de Ingermina y de Catarpa, y la subsiguiente huida de los héroes, quienes se lanzan al mar en el momento de su deportación a Santo Domingo como esclavos. Los héroes se salvan y preparan la victoria final sobre el tirano Badillo, con la ayuda de un cura que lo denuncia al Rey, y así sella la alegoría nacional: calamares moderados-españoles virtuosos-clero humanitario. La presencia mediadora de la Iglesia resuelve el antagonismo moral que escinde el campo hispano en favor de los héroes. La llegada del indígena memorioso le confiere a la alegoría su último eje.

Gámbaro es hijo del Cacique de Turbaco, prometido a la primogénita del Cacique de Zipacúa, pero se enamora de la más joven, Armósala, destinada a otro, el villano Combacóa. Correspondido, huye con la amante y asiste a una guerra entre los dos reinos, provocada por el malentendido de que su padre, el Cacique, fuese su cómplice. Cuando los dos reinos lo hacen prisionero y declaran el armisticio basado en su sacrificio, huye de la prisión, auxiliado por una mujer, a tiempo para salvar a su padre y al Cacique de Zipacúa de una emboscada del villano Combacóa, quien actúa movido por los celos. Después de salvar al padre, que lo había desheredado por desobediencia, y al suegro, que lo creía traidor, Gámbaro recibe la libertad y, después de mil peripecias, durante las cuales creía que su mujer había muerto, la reencuentra gracias a la colonización “virtuosa” de los Heredia y el perdón dado por éstos a los últimos guerreros calamares.

Gámbaro aparece al final, como un fantasma, para darle a Catarpa el abrazo del que reencontraba allí a su cuñado (Gámbaro es hermano de la no nombrada esposa que se consigue Catarpa después de preterido por Ingermina). Las parejas se reatan y el último villano que queda, Peralta (representante del esquema corrupto de Badillo, ya desautorizado por la Corona), es condenado por la justicia, perdonado por el Licenciado virtuoso, y luego linchado por algunos indígenas, quienes no se suman al pacto de la compasión y se vengan de Peralta por los antiguos castigos. Cerrada redondamente, la fábula nos deja el retrato de la coexistencia colonial liberal-tolerante representada por la hegemonía de los Heredia, a la cual los indígenas se permiten añadirle un suplemento de venganza al final de la obra, como para sugerir que no todo se había trascendido bajo la dialéctica del reino colonial feliz. La transculturación, también en la costa caribe, tiene sus límites, y la ficción no deja de inscribirlos.

Ni una mera desatención de la institución literaria, ni un accidente: hay razones textuales para creer que In-germina es una suerte de “antialegoría nacional”, y como tal, incanonizable dentro de un programa positivo de construcción estatal, es decir, ilegible para el siglo XIX, ya sea liberal, ya sea conservador. Escrita en el exilio por un liberal humanitario que añora una patria aún no existente, su acción se remite a una nación esclavizada. Aunque el conquistador magnánimo sea el gran héroe del libro, la única identificación colectiva, nacional, posible para los lectores son los calamares derrotados y forzados a lidiar con el yugo extranjero. De hecho, ésta fue la identificación fundamental de Nieto, por lo menos en el período en que produjo su obra novelística (1842-47). En el prólogo a Los moriscos (novela en que la nación derrotada regresa en la forma de peripecias vividas por personajes musulmanes exiliados de España), Nieto escribe: “expulsado también de mi patria, por una de esas demasías de poder tan comunes en las comosiones [sic] políticas, era natural que muchas veces me identificase con los Moriscos al dejar rodar mi pluma” (citado en McGrady 1962, 31). Acosadas por conmociones políticas que le perturban la ortografía, las páginas de Nieto despliegan un notable anhelo de encontrar en el pasado un emblema análogo al exilio vivido por él en Jamaica en la década de 1840.

De allí el lugar imposible de Ingermina en el canon nacional, no tanto porque su autor “no maneja una visión verdaderamente nacional” y “está más preocupado con definir una identidad regional para la Costa” (Williams 1991, 96), y más porque el lugar desde donde arma su alegoría es la imagen de la nación calamar conquistada y esclavizada. Aunque Nieto no retratara en su novela las poblaciones africanas que acababan de llegar a la costa colombiana en el momento en que tiene lugar el relato (1533-7), según la objeción mimético-verista de algunos críticos, la alegoría que ofrece Ingermina nos parece atinada y duradera. El fracasado proyecto ideológico de Nieto –rescatar la colonización desde el liberalismo humanitario y a la vez rescatar la dignidad de los vencidos-no deja de tener su momento de verdad: el retrato de la sujeción clara de una población por otra, en el cual, sin embargo, los sojuzgados mantienen notable capacidad de articulación e independencia, de tal manera que toda la densidad política, toda la carga trágica, todas las elecciones verdaderamente importantes, todo el legado cultural, digamos, residen en los miembros de la comunidad derrotada y sobreviviente: en este sentido, pues, una alegoría de la Costa. Extraer de este legado cultural una alegoría nacional genuina hubiera exigido, por cierto, que Nieto rompiera con los límites de su liberalismo humanitario y radicalizara la crítica de la Conquista. No es el menor mérito de Ingermina hacer visible esta aporía, que acosa incluso las corrientes más progresistas del liberalismo colombiano, con las cuales se alineaba Nieto. Esta aporía sólo podía emblematizarse, en la década de 1840, en un relato diaspórico: se trata, el dato es clave, de un costeño que llevó a sus límites el liberalismo de su momento y se encuentra exiliado en las tierras afroanglófonas de Jamaica. Quizás no sería exagerado añadir que ahora, en nuestro momento histórico, los dilemas dramatizados por este relato alcanzan, finalmente, su legibilidad más nítida y ominosa.

REFERENCIAS

1. Aguirre, Beatriz. 2001. Yngermina o la validación del origen regional versus el nacional. Revista de Estudios Hispánicos 28, No. 1/2: 185-194.

2. Cursio Altamar, Antonio. 1957. Evolución de la novela en Colombia. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.

3. Glantz, Margo (Ed.). 2001. La Malinche: sus padres y sus hijos. México: Taurus.

4. Isaacs, Jorge. 1986 [1867]. María.Madrid: Cátedra.

5. Lemaitre, Eduardo. 1983. El general Juan José Nieto y su época. Bogotá: Valencia.

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7. McGrady, Donald. 1962. La novela histórica en Colombia, 1844-1959. Austin: Institute of Latin American Studies-Kelly.

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[*] Doctor en Literaturas Latinoamericanas de Duke University y profesor titular en Tulane University, Estados Unidos. Autor de Alegorías de la derrota: la ficción posdictatorial y el trabajo del duelo. Santiago: Cuarto Propio, 2003; y The Letter of Violence: Essays on Narrative, Ethics, and Politics. Nueva york: Palgrave, 2004. Coeditor de Brazilian Popular Music and Globalization. Durham: Duke University Press, 2011. Ha publicado alrededor de 50 artículos académicos en revistas europeas y americanas. Actualmente prepara una monografía sobre masculinidad en la literatura latinoamericana. Correo electrónico: idelberavelar@gmail.com.«« Volver

[1] Instalada como lazo definitivo entre traducción y traición en el origen mismo de los relatos nacionales mexicanos, doña Marina (Malintzin, la Malinche) fue amante de Cortés y traductora en la conquista del reino de Moctezuma; ya entrenada como traductora náhuatl/maya, manejaría tempranamente la traducción náhuatl/español. Es difícil sobrestimar el peso de este mito en cuanto instancia enmarcadora del espacio de lo femenino en el relato fundacional de la nación. En el epíteto nacional indecible (chingar, la chingada), el malinchismo es, a la vez, un destino, una ideología y una fuente inagotable de relatos e imágenes. Para una indispensable colección de ensayos que mapean algunos de estos relatos, ver Glantz (2001). Ver especialmente la lectura feminista de la palabra, la letra y la voz hecha por Margo Glantz en “La Malinche: la lengua en la mano”, pp. 91-113 y el análisis de Carlos Monsiváis en “La Malinche y el malinchismo”, pp. 183-193, dedicado a mapear la “expulsión histórica” de Marina en relatos nacionales hegemónicos como el liberalismo del siglo XIX, la revolución y ensayismo de la máscara de Octavio Paz. Agradezco a Robert Irwin la referencia y el acceso al volumen.«« Volver

[2] Desarrollado por primera vez por el cubano Fernando Ortiz (1978) en su Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar,el concepto de transculturación es una respuesta a la noción de aculturación, oriunda de una antropología anterior, que tenía una comprensión más unilateral y colonialista del choque de culturas. El concepto de Ortiz remarca el carácter esencialmente dinámico y doble de los intercambios culturales: el hecho de que una cultura haya sido dominada y colonizada no implica, para Ortiz, que ella no influya y deje sus marcas en la cultura dominante. Décadas después, en Transculturación narrativa en América Latina, Ángel Rama (1982) se volcaría a las obras de Guimarães Rosa, José María Arguedas y Juan Rulfo como paradigmas de una narrativa que realiza un trabajo transculturador, al tomar como materiales literarios elementos de las culturas no letradas. Utilizamos el término en este ensayo para definir los intercambios culturales entre calamares y españoles en la novela de Nieto.«« Volver

   
 

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