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Para citar este artículoRevista No 10
Título:Leer la ciudad. Ensayos de Antropología Urbana. El urbanismo como forma de vida[*], [**]
Autor:Louis Wirth
Tema: La Ciudad y las Ciencias Sociales en Colombia (I)
Octubre 2001
Páginas: 110 - 115
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Leer la ciudad. Ensayos de Antropología Urbana. El urbanismo como forma de vida
[*], [**]

Louis Wirth

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Definición sociológica de la ciudad

A pesar del papel preponderante de la ciudad en nuestra civilización, sabemos en realidad muy poco de la naturaleza del urbanismo y del proceso de urbanización. Se ha intentado muchas veces, desde luego, aislar las características distintivas de la vida urbana. Los geógrafos, los historiadores, los economistas y los estudiosos de la ciencia política han aportado los puntos de vista de sus disciplinas respectivas en definiciones diversas de la ciudad. Creemos, sin pretender en modo alguno descalificar estas definiciones, que formular un enfoque sociológico de la ciudad puede servir además para destacar las relaciones que hay entre ellas subrayando las características peculiares de la ciudad como forma específica de asociación humana. Una definición de la ciudad sociológicamente válida ha de diferenciar los elementos de urbanismo que la delimitan como forma de agrupación distintiva de la vida humana. Considerar urbana una comunidad basándose sólo en el número de habitantes es claramente arbitrario. No es sostenible la actual definición censataria, que considera una comunidad de dos mil quinientos habitantes en adelante urbana y todas las demás rurales. La situación sería igual si el criterio fuese cuatro mil habitantes, ocho mil, diez mil, veinticinco mil o cien mil, pues aunque en este último caso podríamos considerar que se trata más probablemente de un agregado urbano que en el caso de comunidades de menor tamaño, ninguna definición de urbanismo puede considerarse plenamente satisfactoria si como único criterio se utilizan los números. Además no es difícil demostrar que comunidades que tienen menos habitantes que el número arbitrariamente establecido y que se hallan dentro del ámbito de influencia de centros metropolitanos, tiene más derecho a considerarse comunidades urbanas que otras poblaciones mayores que llevan una existencia más aislada en una zona predominantemente rural. Habría que admitir por último que las definiciones del censo están indebidamente influidas por el hecho de que la ciudad es siempre un concepto administrativo desde el punto de vista estadístico, ya que los límites municipales juegan un papel decisivo en la delimitación del área urbana. Donde se aprecia esto con mayor claridad es en las concentraciones de población de las periferias de los grandes | centros metropolitanos cruzadas por fronteras administrativas arbitrarias de la ciudad, el condado, el Estado y la nación. Si identificamos el urbanismo con la entidad física de la ciudad, considerándolo sólo rígidamente delimitado en el espacio, y actuamos como si los atributos dejasen bruscamente de manifestarse pasada una cierta línea de frontera arbitraria, es poco probable que logremos elaborar una concepción adecuada del urbanismo como modo de vida. El progreso tecnológico en el transporte y en las comunicaciones, que inaugura prácticamente un nuevo período de la historia humana, ha acentuado el papel de las ciudades como elementos dominantes de nuestra civilización y ha extendido el modo de vida urbano más allá de los límites de la ciudad misma. El predominio de la ciudad, sobre todo de la gran ciudad, puede considerarse consecuencia de la concentración en las ciudades de actividades y servicios comerciales, financieros y administrativos, de líneas de comunicación y de transporte y de equipamiento cultural y recreativo como prensa, emisoras de radio, cines, teatros, bibliotecas, museos, salas de conciertos, ópera, hospitales, instituciones educativas superiores e instituciones religiosas y de bienestar social. Si no fuese por el poder de atracción y de sugestión que tiene la ciudad con estos instrumentos sobre la población rural, serían aún mayores de lo que son las diferencias entre la forma de vida rural y la urbana. Urbanización no significa ya sólo el proceso por el que ciertas personas se sienten atraídas por un lugar llamado la ciudad y se incorporan a su forma de vida. Significa también esa acentuación acumulativa de las características distintivas de la forma de vida asociada al crecimiento de las ciudades y, por último, los cambios orientados hacia formas de vida reconocidas como urbanas que son visibles entre individuos que, estén donde estén, se hallan bajo el influjo de la magia que ejerce la ciudad en virtud del poder de sus instituciones y personalidades a través de los medios de comunicación y de transporte.

Las limitaciones del número de habitantes como criterio de urbanismo son también aplicables en su mayor parte a la densidad de población. Aceptemos la densidad de 10.000 individuos por milla cuadrada propuesta por Mark Jefferson [1] o las mil que Willcox prefirió [2], como criterio distintivo de los asentamientos urbanos, es evidente que, si la densidad no está relacionada a su vez con características sociales significativas, ese criterio sólo puede aportar una base arbitraria para diferenciar las comunidades urbanas de las rurales. Como nuestro censo contabiliza la población nocturna más que la diurna de una zona, el sector de vida urbana más intensa (el centro urbano) tiene por regla general una densidad de población baja, y los sectores industriales y comerciales de la ciudad, en los que se desarrollan las actividades económicas más características de la sociedad urbana, difícilmente podrían considerarse auténticamente urbanos si se tomase literalmente la densidad como criterio de urbanismo. Aunque el hecho de que la comunidad urbana se caracteriza por un gran conglomerado y una concentración relativamente densa de población no puede, claro está, dejarse a un lado en una definición de la ciudad; estos criterios han de situarse en el marco cultural general en que la ciudad surge, y existen y son sociológicamente significativos sólo en la medida en que actúan como factores condicionantes de la vida social.

Son aplicables las mismas críticas a criterios como el tipo de trabajo de los habitantes, la existencia de determinados servicios materiales o de determinadas instituciones y formas de organización políticas. El problema no es si las ciudades de nuestra civilización o de otra presentan estos rasgos distintivos, sino hasta qué punto pueden influir éstos en la conformación del carácter de la vida social en su forma específica urbana. Tampoco podríamos formular una definición válida si nos olvidáramos de las grandes diferencias que existen entre las ciudades. A nosotros nos pareció factible, a través de una tipología de ellas basada en el número de habitantes, en el emplazamiento, la antigüedad y la función como la que propusimos en nuestro reciente informe al Comité de Recursos Nacionales [3], distribuir y clasificar las comunidades urbanas dentro de una gama que incluye desde poblaciones pequeñas pujantes a centros metropolitanos florecientes de dimensión internacional; desde centros comerciales aislados en medio de regiones agrícolas a puertos internacionales prósperos y con urbanizaciones industriales y comerciales. Estas diferencias parecen decisivas porque las influencias y las características sociales de estas "ciudades" diversas varían muy notablemente.

Una definición eficaz de urbanismo no sólo debería indicar las características esenciales que tienen en común todas las ciudades (al menos las de nuestra cultura), sino que debería permitirnos determinar sus diferencias. Una ciudad industrial diferirá significativamente en aspectos sociales de una ciudad comercial, minera, pesquera, turística, universitaria, o de una capital política y administrativa. Y una ciudad con una sola industria presentará una serie diferente de características sociales que una ciudad multi-industrial, lo mismo que una ciudad industrialmente equilibrada y una ciudad desequilibrada, una zona suburbana y una ciudad satélite, un suburbio residencial y un suburbio industrial, una ciudad situada dentro de una región metropolitana y otra que no lo esté, una ciudad antigua y una nueva, una ciudad sureña y una de Nueva Inglaterra, una del Medio Oeste de una de la costa del Pacífico, una ciudad en crecimiento de una ciudad estabilizada o una moribunda.

Una definición sociológica debe ser evidentemente lo bastante amplia para incluir las características esenciales que tienen en común estos diferentes tipos de ciudades como entidades sociales, pero no puede ser, claro, tan detallada que incluya todas las variaciones correspondientes a las diversas clases de ciudades que hemos enumerado. Es de suponer que haya algunas características urbanas más significativas en el sentido de que condicionan más que otras el carácter de la vida urbana, y es de suponer que los rasgos sobresalientes del escenario social urbano varíen según el número de habitantes, la densidad y las diferencias en el tipo funcional de ciudades. Además, podemos suponer que la vida rural llevará el sello del urbanismo en la medida en que, por el contacto y la comunicación, caiga bajo la influencia de las ciudades. Puede que contribuya a aclarar las consideraciones que siguen, el que repitamos que si bien la posición del urbanismo como modo de vida ha de buscarse, claro está, característicamente, en lugares que cumplan los requerimientos que estableceremos como definitorios de la ciudad, el urbanismo no queda confinado a esas localidades, sino que se manifiesta en grados variables allá donde lleguen las influencias de la ciudad.

Si bien el urbanismo, o ese complejo de rasgos característicos que conforman el modo peculiar de vida de las ciudades, y de la urbanización, que indica el desarrollo y la difusión de estos factores, no se da sólo en asentamientos que son ciudades en el sentido material y demográfico, tiene, sin embargo, su expresión más característica en esas áreas, sobre todo en las grandes metrópolis. Para formular una definición de la ciudad es necesario ser muy precavido y evitar una identificación del urbanismo como forma de vida con cualquier influencia cultural específica, histórica o localmente condicionada, pues aunque ésta pueda influir significativamente en el carácter específico de la comunidad no es el elemento determinante básico de su carácter de ciudad.

Es particularmente importante prevenir del peligro de confundir urbanismo con industrialismo y capitalismo moderno. La aparición de ciudades en el mundo moderno no es independiente, claro está, de la aparición de la tecnología moderna de las máquinas de motor, la producción en serie y la empresa capitalista. Pero por muy diferentes que hayan podido ser las ciudades de épocas anteriores, por haberse desarrollado en un marco preindustrial y preca pita lista, de las grandes ciudades de hoy, fueron, a pesar de todo, ciudades. A efectos sociológicos puede definirse una ciudad como un asentamiento relativamente grande, denso y permanente, de individuos socialmente heterogéneos. Sobre la base de los postulados que esta definición mínima enmarca podemos formular una teoría del urbanismo sirviéndonos de los conocimientos que tenemos de los grupos sociales.

La relación entre una teoría del urbanismo y la investigación sociológica

A través de un cuerpo teórico como el que hemos esbozado ilustrativamente, se pueden analizar los complicados y variados fenómenos del urbanismo en función de un número limitado de categorías básicas. El enfoque sociológico de la ciudad adquiere así una coherencia y una unidad básicas que permiten al investigador empírico no sólo centrarse más claramente en los problemas y procesos que corresponden propiamente a su campo sino también abordar su tema de estudio de un modo más integrado y sistemático. Podemos mencionar unos cuantos hallazgos típicos de la investigación empírica en el campo del urbanismo, referentes específicamente a Estados Unidos, que apoyan las propuestas teóricas que hemos expuesto en las páginas anteriores, y podemos bosquejar algunos de los problemas cruciales para un estudio más detallado.

Basándonos en las tres variables, número, densidad de asentamiento y grado de heterogeneidad de la población urbana, parece posible explicar las características de la vida urbana y las diferencias entre ciudades de tipos y tamaños diversos.

El urbanismo como modo de vida característico puede abordarse empíricamente desde tres puntos de vista interrelacionados: (1) como una estructura física con una base de población, una tecnología y un orden ecológico; (2) como sistema de organización social con una estructura social característica, una serie de instituciones sociales y una pauta típica de relaciones sociales; (3) como una serie de actitudes e ideas y una constelación de personalidades con forma de conducta colectiva típicas y sometidas a mecanismos de control social característicos.

El urbanismo en la perspectiva ecológica

Dado que podemos contar con datos bastante objetivos en lo referente a la estructura física y a los procesos ecológicos, ello nos permite obtener resultados muy precisos y cuantitativos en términos generales. El predominio de la ciudad sobre su entorno se explica por las características funcionales de la ciudad, derivadas en gran parte de los efectos del gran número de habitantes y de la densidad. Muchos de los servicios técnicos y de las organizaciones y especialidades que genera la vida urbana sólo pueden crecer y prosperar en ciudades donde halla una demanda lo suficientemente grande. La naturaleza y ámbito de los servicios que prestan estas instituciones y organizaciones y su superioridad respecto a los servicios menos desarrollados de poblaciones más pequeñas, favorecen el predominio de la ciudad y la dependencia de regiones cada vez más extensas de la metrópolis central.

La composición de la población urbana indica que actúan factores selectivos y diferenciadores. Las ciudades disponen de una mayor proporción de individuos en el mejor período de la vida que las áreas rurales, en las que hay más viejos y menores. En este aspecto, como en tantos otros, cuanto mayor es la ciudad, más notoria es esta característica específica del urbanismo. Con la excepción de las ciudades de mayor tamaño, que han atraído a la gran mayoría de los varones nacidos en el extranjero, y unos cuantos tipos especiales de ciudades más, las mujeres predominan numéricamente sobre los hombres. La heterogeneidad de la población urbana se manifiesta también en los aspectos racial y étnico. El individuo nacido en el extranjero y sus hijos constituyen casi dos tercios del total de población de ciudades de un millón de habitantes en adelante. Su proporción en la población urbana disminuye a medida que lo hace el número de habitantes de la ciudad, de manera que en las áreas rurales sólo son un sexto del total. Las ciudades de mayor tamaño han atraído más a los negros y otros grupos raciales que las comunidades más pequeñas. Considerando que la edad, el sexo, la raza y el origen étnico se relacionan con otros factores como la ocupación y los intereses, es evidente que una característica importante del urbanita es su disimilitud respecto a sus conciudadanos. Nunca había habido masas tan grandes de individuos de características diversas en un contacto físico tan estrecho, como en las grandes ciudades de Estados Unidos. Las ciudades en general, y las estadounidenses en particular, encierran una mezcolanza de gentes y culturas, de modos de vida sumamente diferenciado, entre los cuales no suele haber más que levísima comunicación, una indiferencia suma y una amplísima tolerancia, a veces agrios enfrentamientos, pero siempre diferencias muy acusadas.

La incapacidad de la población urbana para reproducirse parecer ser una consecuencia biológica de una combinación de factores en el complejo de vida urbano, y el descenso de la tasa de natalidad puede considerarse en general uno de los indicios más significativos de la urbanización del mundo occidental. Aunque el índice de mortalidad es en las ciudades algo más alto que en el campo, la diferencia notoria entre la incapacidad de las ciudades actuales para mantener su población y la de las ciudades del pasado es que en los tiempos antiguos se debía al índice de mortalidad excesivamente elevado de las ciudades, mientras que hoy, dado que las ciudades han llegado a hacerse superiores en el aspecto sanitario, se debe a que el índice de natalidad es bajo. Estas características biológicas de la población urbana tienen importancia sociológica, no sólo porque reflejan el modo de existencia urbano, sino también porque condicionan el crecimiento y el predominio de las ciudades en el futuro y su organización social básica. Como las ciudades son consumidoras más que productoras de individuos, el valor de la vida urbana y la valoración social de la personalidad no escaparán al influjo de la relación entre muertes y nacimientos. La pauta del uso del terreno, de los valores inmobiliarios, de las rentas de la propiedad, la naturaleza y el funcionamiento de las estructuras físicas, de la vivienda, de los servicios de comunicación y de transporte, de las prestaciones públicas, son, con otras muchas, fases del mecanismo material de la ciudad y no fenómenos aislados desvinculados de la ciudad como entidad social: el modo de vida urbana influye en ellas y ellas influyes en él.

El urbanismo como forma do organización social.

Se ha dicho con frecuencia en sociología, que los rasgos distintivos de la forma de vida urbana son la substitución de los contactos primarios por contactos secundarios, el debilitamientos de los lazos de parentesco y la disminución de la importancia social de la familia, la desaparición del vecindario y el socavamiento de la base tradicional de s solidaridad social. Todos estos fenómenos pueden | demostrarse abrumadoramente con datos objetivos. Así, por ejemplo, el índice de reproducción urbana bajo y decreciente indica que la ciudad no fomenta el tipo tradicional de vida familiar, que incluye la formación de los hijos y el mantenimiento del hogar como sede de una esfera completa de las actividades vitales. La transferencia de actividades industriales, educativas y recreativas a instituciones especializadas fuera del hogar ha privado a la familia de algunas de sus funciones históricas más características. En las ciudades es más probable que las madres trabajen, los huéspedes son con mayor frecuencia parte de la familia, tiende a posponerse el matrimonio y es mayor la proporción de individuos solteros y sin vinculaciones. Las familias son más pequeñas y es más frecuente que no tengan hijos que en el campo. La familia como unidad de vida social se emancipa del grupo de parentesco más amplio característico del campo, y sus miembros individuales tienen intereses propios divergentes en su vida vocacional, educativa, religiosa, recreativa y política.

Funciones como los servicios sanitarios, los métodos para afrontar problemas relacionados con la inseguridad personal y social, las disposiciones relativas a la educación, el recreo y el progreso cultural han dado origen a instituciones sumamente especializadas que abarcan en su ámbito la comunidad, el estado, e incluso la nación. Los mismos factores que han producido una mayor inseguridad personal son también base de esas diferencias más acentuadas entre los individuos que se dan en el mundo urbano. Aunque la ciudad haya roto las rígidas fronteras de casta de la sociedad preindustrial, ha acentuado y diferenciado grupos por los ingresos y el estatus. Suele haber una mayor proporción de población urbana adulta que trabaja en una ocupación remunerada que de población rural adulta. La clase de los "trabajadores de cuello blanco", que incluye a los empleados en comercio, en oficinas y en actividades profesionales, es proporcionalmente más numerosa en las grandes ciudades y en los centros metropolitanos y en ciudades más pequeñas, que en el campo.

La ciudad no fomenta, en conjunto, una vida económica en que el individuo tenga en épocas de crisis una base de subsistencia a la que recurrir, y no favorece tampoco el autoempleo. Si bien los ingresos de los urbanitas son más elevados por término medio que los de la gente del campo, el costo de la vida parece ser más elevado en las grandes ciudades. La propiedad del hogar entraña mayores cargas y es menos frecuente. Las rentas son más altas y absorben una parte mayor de los ingresos. Aunque el habitante de las ciudades dispone de muchos servicios comunales, gasta una parte de sus ingresos en cosas como el recreo y la promoción y una parte menor en alimentación. Lo que los servicios comunales no le proporcionan el urbanita ha de comprarlo y no hay prácticamente una sola necesidad humana que no haya explotado el comercialismo. Así, el proveer de emociones y el ofrecer medios de escapar al aburrimiento, la monotonía y la rutina se convierten en una de las principales funciones recreativas de la ciudad, que proporciona, como mucho, medios para la auto expresión creadora y la asociación espontánea de grupo, pero que suele desembocar en el mundo urbano en el espectadorismo pasivo por una parte y en las hazañas sensacionales e inauditas por otra. El urbanita, al verse reducido a un estado de práctica impotencia como individuo, ha de procurar unirse con otros de intereses afines en grupos organizados para alcanzar sus objetivos. Esto origina una enorme multiplicación de organizaciones voluntarias centradas en una variedad de objetivos tan grande como lo son los intereses y las necesidades humanas.

Mientras por una parte se debilitan los vínculos de asociación humana, por otra la existencia urbana entraña un grado mucho mayor de interdependencia entre individuo e individuo y una forma más complicada, frágil y voluble de interrelaciones mutuas algunas de cuyas fases el individuo en cuanto tal apenas controla. Es frecuente que no haya más que una relación levísima entre la posición económica u otros factores básicos determinantes de la existencia del individuo en el mundo urbano y los grupos de asociación voluntaria a los que está afiliado. Mientras que en una sociedad primitiva y en una sociedad rural se suele poder adivinar, basándose en unos cuantos factores conocidos, quién pertenece a qué y quién se unirá a quién en casi todas las relaciones de la vida, en la ciudad sólo podemos proyectar la pauta general de afiliación a un grupo y de formación de éste, y esta pauta presentará muchas incongruencias y contradicciones.

Personalidad humana y conducta colectiva

El urbanista expresa y desarrolla su personalidad, adquiere estatus y es capaz de desarrollar la esfera de las actividades que constituye su carrera vital a través, sobre todo, de las actividades de grupos de afiliación voluntaria, que pueden tener objetivos económicos, políticos, educativos, religiosos, recreativos o culturales. Sin embargo, la estructura organizativa que exigen estas funciones tan diferenciadas no garantiza por sí sola, naturalmente, la coherencia y la integridad de las personalidades a cuyos intereses sirven.

Dadas las circunstancias parece lógico esperar que el desequilibrio personal, las crisis mentales, el suicidio, la delincuencia, los crímenes, la corrupción, etc., abunden más en la comunidad urbana que en la rural. Esto lo han confirmado todos los datos comparables de que disponemos; pero los mecanismos en que se basan estos fenómenos exigen un análisis más detenido.

Dado que para la mayoría de los objetivos de grupo es imposible apelar en la ciudad individualmente al gran número de individuos dispersos y diferenciados, y dado que sólo a través de las organizaciones a las que los individuos pertenecen pueden éstos incorporar sus intereses y recursos en una causa colectiva, es natural que el control social se haya de ejercer en la ciudad característicamente a través de grupos dotados de una organización formalizada. Y también lo es que las masas de habitantes de la ciudad sean manipuladas con símbolos y estereotipos controlados que operan a distancia o que actúan de un modo invisible entre bastidores a través del control de los medios de comunicación. El autogobierno, sea en el campo económico, el político o el cultural, queda reducido en tales circunstancias a una mera figura retórica, o queda, como mucho, sometido a un inestable equilibrio entre los grupos de intereses. Como los vínculos de parentesco concretos no son eficaces creamos grupos de parentesco ficticios. Como desaparece la unidad territorial como base de solidaridad social creamos unidades de intereses. Y mientras la ciudad como comunidad se disuelve en una serie de relaciones segmentadas tenues superpuestas a una base territorial con centro definido pero sin periferia definida y una división del trabajo que trasciende ostensiblemente su emplazamiento concreto y alcanza un ámbito mundial. Cuanto mayor es el número de personas en estado de interacción mutua menos es el índice de comunicación y mayor la tendencia a que la comunicación se realice a un nivel elemental, es decir, en base a las cosas que se consideran comunes a todos o por las que se interesan todos.

Es evidente, pues, que para determinar los signos indicativos del probable desarrollo del urbanismo como forma de vida social en el futuro hemos de estudiar las tendencias que se manifiestan en los sistemas de comunicación y en la tecnología de producción y distribución que han ido desarrollándose con la civilización moderna. La dirección que sigan los cambios que se están produciendo en el urbanismo transformarán, para bien o para mal, no sólo la ciudad, sino el mundo. Algunos de estos factores y procesos más básicos y algunas de las posibilidades de poder dirigirlos y controlarlos invitan a un estudio más detallado.

El sociólogo sólo puede aspirar a desarrollar un cuerpo unificado de conocimientos fidedignos, y lo que se entiende hoy día por "sociología urbana" no puede decirse que lo constituya, si tiene una idea clara de la ciudad como entidad social y una teoría eficaz del urbanismo. Partiendo una teoría del urbanismo como la que hemos esbozado en las páginas precedentes, elaborada, probada y revisada a través de más análisis y más investigaciones empíricas, es muy probable que puedan establecerse criterios de relevancia y validez de los datos fácticos. Ese surtido variado de informaciones inconexas que ha ocupado hasta ahora los tratados sociológicos sobre la ciudad podría transformarse e integrarse en un cuerpo coherente de conocimientos. Por otra parte, sólo con un teoría así evitará el sociólogo la práctica vana de emitir en nombre de la ciencia sociológica una serie de juicios frecuentemente insostenibles sobre problemas como la pobreza, la vivienda, la planificación urbana, la higiene, la administración municipal, el mantenimiento del orden, la comercialización, el transporte y otros problemas técnicos. Aunque el sociólogo no pueda resolver ninguno de estos problemas prácticos (al menos por si sólo), puede, si descubre su función propia, aportar una ayuda importante para su entendimiento y solución. Las posibilidades de lograrlo son más halagüeñas a través de un enfoque general y teórico que de un enfoque ad hoc.





[*] Este artículo fue publicado en 1938 en The American Journal ofSotiology, XLIV, pp. 1-24, University of Chicago Press. «« Volver

[**] Tomado de: Fernández-Martorelli (Edil) (1989) Leer la Ciudad Ensayos de Antropología Urbana, Icaria-Antrozit, España. Pp. 29 - 53.«« Volver

[1] "The Anthropology of Some Great Cities", Bull. American Geographical Society, XLI, 1909, 537-66. «« Volver

[2] Walter F. Willcox, "A Definition of «City» ¡n Terms of Density", E.W. Burgess, The Urban Community, Chicago, 1926, p. 119. «« Volver

[3] Op.cit., p. 8 «« Volver

   
 

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