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Para citar este artículoRevista No 13
Título:La biografía visual de Colombia: el Atlas de 1889, leído como símbolo nacional
Autor:Anna-Telse Jagdmann[*]
Tema: El Lenguaje y las Ciencias Sociales
Febrero de 2002
Páginas 56-65
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La biografía visual de Colombia: el Atlas de 1889, leído como símbolo nacional

Anna-Telse Jagdmann[*]

Dossier


RESUMEN

Los mapas pueden entenderse como textos que podemos leer y analizar de la misma manera como leemos y analizamos, por ejemplo, los textos de ficción. Ambas formas de representación consisten en una estructura semántica, ya que sus significados se construyen intencionalmente. Sin embargo, los mapas no son inocentes. Igual que el mito descrito por Roland Barthes, los mapas pretenden ser objetivos y reclaman ser copia fiel dé la realidad, y su sustituto. Pero los mapas no solamente son el inventario de la realidad, sino también su invención. En esta función, los mapas pueden convertirse en símbolos y en instrumentos de poder, que representan ideas concretas dentro de un sistema conceptual. Los mapas pueden utilizarse en múltiples contextos. Un ejemplo claro es el mapa como símbolo nacional. El "Atlas" de la Comisión Corográfica construye una visión de Colombia temporal y espacialmente coherente. Pone en orden una serie de mapas, y así constituye una especie de biografía visual del país. Establece la narración fundacional de Colombia, su continuidad territorial, y los contenidos y valores eternos de la nación occidental: Colombia es representada como país dividido en dos partes, la parte montañosa que es el centro del poder y la parte oriental, la promesa de un futuro glorioso.

ABSTRACT

Maps can be considered texts which we can read and analyse in the same manner we read and analyse, for example, fictional texts. Both representations share a semantic structure, since their meanings are intentionally constructed. But maps are not innocent. Like the myth described by Roland Barthes, maps pretend objectivity and claim to be reality's true copy and its substitute. Nevertheless, maps are not only reality's inventory, but also its invention. As such, maps can become symbols, and instruments of power, representing a specific idea with in a system of thought.

Maps can be used in many different contexts. One clear example is the map symbolizing the modernnation. The "Atlas" of the Comisión Corográfica constructs a coherent spatial and temporal visión of Colombia. Putting into order a set of maps, it constitutes a kind of visual biography.lt esta blishes Colombia's foundational narration, its territorial continuity, and the nation's eternal contents and valúes: Colombia is shown as a country consisting of two complementary halves, the mountainous part being thecentreof power, and the oriental part the promise of a glorious future.

I. Tisis sobre mapas y cartografía

Los mapas sustituyen cada vez más a la realidad. Los navegantes aprovechaban y aprovechan aún esta característica de los mapas; para llegar a su destino, pueden predecir, con su ayuda, la realidad más allá del horizonte que divisan. Si anteriormente los mapas eran imprecisos y el viaje se dificultaba, se trataba entonces de un efecto circunstancial. En principio, es posible que el mapa sea perfecto, y el objetivo de la ciencia cartográfica ha sido el de perfeccionarlos hasta convertirlos en sustituto verídico de la realidad. Lo que en la ficción lograran los cartógrafos borgianos, parece hoy en día un logro efectivo: el sustituto, o por lo menos la intercambiabilidad del mapa por la realidad. Del estado federal alemán de Baviera existe ya un mapa digital, que permite esquiar por sus montañas sin necesidad de salir de casa o poseer esquís. Desde luego, se introduce la duda sobre el referente del pronombre "sus": No se puede tratar de las montañas del mapa, porque el mapa no contiene montañas, sino únicamente representaciones de montañas. Es obvio que tampoco se trata de Baviera, ya que nos encontramos frente a un computador y no en medio de un terreno. Entonces, ¿tenemos que decir que esquiamos por las representaciones de una montaña? Realmente no hay ni montaña, ni esquís, y sin embargo, no nos parece extraño decir que esquiamos por las montañas de un mapa. Parece que el mapa es un medio de información tan poderoso sobre el mundo físico, que, llegado al estado de perfección absoluta, se confunde con la realidad y se hace imposible discernir entre uno y otra; decir cuándo nos referimos al mapa y cuándo a la realidad. Sin embargo, ¿de qué realidad nos habla el mapa?, ¿y de qué realidad hablamos nosotros? Parece claro que el mapa se diseña a partir del mundo físico, que en sí carece de sentido. Sin embargo, el mapa parece ser a la vez la copia del mundo físico y más que él. No estamos tentados de confundir el mapa electrónico de Baviera con el mundo físico. Sabemos que, de hecho, no aguantamos frío cuando esquiamos por el mapa, tal vez lo hagamos precisamente para poder quedarnos en un lugar con temperaturas agradables. Pero sí decimos que esquiamos. De alguna manera, el mapa convierte en realidad la parte del mundo físico representado por él. Según el mapa, es la única realidad posible por ser idéntica al mundo físico, ya que el mundo físico es algo de que, por lo general, no dudamos, y que es el mismo para todos. A partir de aquí, se nos abren varias preguntas: ¿Es la realidad del mapa la única realidad posible? ¿Cómo es construido un mapa para que pueda lograr tal efecto? ¿Se trata tan sólo de un nuevo rasgo del mapa, de lago circunstancial y que depende de la perfección científica o de una característica intrínseca al mapa? Propongo lo segundo y me baso para ello en un hecho generalmente olvidado: todo mapa, del mismo modo que todo texto, consiste en una estructura semántica, y por ende, los mapas pueden ser leídos como textos y pueden ser interpretados.

Como ejemplo, miremos de cerca dos mapas del atlas de Encarta. Estos mapas, uno geomorfológico y otro político, según la clasificación del atlas, representan el mismo espacio, y por consiguiente, si seguimos la lógica cartográfica, la misma realidad. Pero tenemos dos representaciones visuales totalmente distintas. Muy pocos elementos, como la proyección, los contornos de la tierra firme, el sistema fluvial y algunos nombres topográficos, se muestran idénticos. Incluso estos elementos idénticos adquieren sentidos diferentes según la representación. Por ejemplo, en ambos mapas aparece el nombre "Selvas". En el mapa geomorfológico aparecen cerca de él dos nombres más: "Cuenca del Amazonas" y "Amazonas". Su referencia espacial, sin más conocimientos, no es clara. La conexión más obvia sería asociar el color verde con los tres nombres en conjunto, y de este modo equiparar los tres nombres entre sí y con el color verde. Esta lectura no corresponde en nada al mundo físico: la cuenca del Amazonas no corresponde completamente a la región de las selvas. Este tipo de vegetación también se encuentra en la cuenca del Orinoco.

Por otro lado, no todo lo verde es selva en el espacio físico.  Además, el mapa calla sobre el impacto por parte del hombre. La geomorfología no se refiere solamente al espacio natural virgen, sino a cualquier espacio natural, sea o no transformado por el hombre. En realidad, lo que muestra el mapa es un tiempo ya sea anterior a la realidad, previo a la destrucción de las selvas, o posterior a ella, lo cual expresa el deseo de una retransformación al estado "natural" si es que esto puede ser un concepto claro. Además, el color verde representa las alturas bajas y no la vegetación, pero es casi imposible evitar la asociación del color verde con una vegetación abundante, pues el color se deriva precisamente de ésta. La correspondencia entre el color verde y las bajas alturas no implica de ninguna manera una necesidad: en la Guajira, lo que efectivamente es verde se halla en las elevaciones y lo amarillo o blanco en los terrenos bajos. Esto quiere decir que el mundo físico se ofrece de modo contrario al mapa geomorfológico. En cuanto al mapa político, las letras en las palabras "Amazonas" y "Selvas" se desvanecen casi bajo el color rojo fuerte que marca los nombres de las unidades políticas. Las dos palabras parecieran ser reminiscencias del mapa geomorfológico, no borradas por un acto de olvido o de descuido, como sí ocurrió con la designación "Cuenca del Amazonas". Ambos significantes se asocian más bien con una unidad política: el Brasil, representados sus estados con diferentes tonos de verde. El estado del Amazonas y la región "Amazonas" llevan el mismo nombre, pero el nombre del estado tiene una referencia espacial clara; el territorio político. Las "Selvas", en cambio, carecen de ella. El color verde del mapa geomorfológico ha desaparecido, y no es lógico asumir que el nombre "Selvas" se refiera únicamente al terreno correspondiente a la posición de las letras. De esta manera, las "Selvas", a falta de una referencia espacial clara, se asocian con la unidad política representada en verde, color que en este caso insinúa la equiparación de la región selvática y de los estados federales brasileños. Este ejemplo muestra que el contenido de un mapa puede ser muy selectivo, y que proyecta una imagen ideal, a veces mucho más ideal entre más "natural", esto es, entre más "real" parezca el mapa. El mapa geomorfológico nos dice muy poco sobre el mundo físico tal y como este es, pero el manejo de colores - basta con mirar el color del mar - sugiere que se trata de una representación "natural", casi se puede decir que paradisíaca. El mapa político confina en cambio la selva a un recinto político. Cuando, al mirar un mapa, decimos: "Esta es la selva", deberíamos ser conscientes de que la referencia nunca es clara -es tan poco clara como la referencia a las montañas bávaras-, y de que se trata, además, de una representación de contenido selectivo. La representación del mundo físico es deficiente.

No obstante, la cartografía es una ciencia y ha de saber qué está haciendo. El diseño de mapas serios, como los recién tratados, sigue con seguridad reglas rigurosamente establecidas, y si detectamos deficiencias en el mapa, ¿no se deberá más bien a nuestra incapacidad de leerlos como es debido? ¿Por qué entonces parece que el mapa es neutro cuando realmente significa algo? ¿Por qué, por lo general, no nos preocupamos por analizar el contenido semántico de los mapas, salvo quizá en casos muy obvios? La clave, como destaca Harley, reside en que los mapas se producen según reglas técnicas como las de la proyección, las convenciones, el color, el tipo y tamaño de fuente, etc., y estas reglas técnicas tienen un trasfondo cultural.[1] Sin embargo, cuando miramos un mapa, generalmente asumimos que estamos viendo una imagen fiel de la realidad. Parte de la confusión Surge de una peculiaridad del mapa mismo: elementos abstraídos del mundo físico se ponen en el mismo plano con elementos puramente abstractos. Por ejemplo, la representación del agua con el color azul es, en la mayoría de los casos, muy lejana al mundo físico, pero por lo menos en ocasiones el agua se ve de hecho azul. El mapa, este elemento abstraído de la realidad es puesto en el mismo plano con elementos netamente abstractos, como lo son, por ejemplo, las fronteras. Estas constituyen una invención que solamente puede existir en el mapa. Bien pueden existir en el mundo físico puestos de control, alambres eléctricos, ríos, divisoras hidrográficas, etc., pero no la frontera como tal, compuesta por todos los elementos, pero que en sí constituye una idea que exclusivamente puede ser representada en el mapa. La frontera se traza en el mapa y después es impuesta en el mundo físico. No obstante el mapa propone ser una representación del mundo físico, y asume de este modo que también la frontera existe en el mundo físico. En suma, el mapa no solo pretende representar el mundo físico, sino que también lo constituye, y así se convierte en realidad. Como dice Harley, la interpretación de los mapas se interpreta por lo general a los elementos geográficos, sin considerar de que modo los mapas contribuyeron en su configuración. En sí, afirma Harley, los mapas no son ni acertados ni falsos, sino simplemente una posible perspectiva hacia el mundo[2]. El error consiste en no declarar como se construye esta perspectiva. Por todo esto, el mapa comparte la misma estructura semántica del mito, tal y como lo describe Roland Barthes, y la aparente objetividad del mapa es producto de una estructura. Según Barthes, encontramos el significado del mito detrás de un significante aparentemente neutro, objetivo y científico, que se confunde con su referente. Ni el significante ni el significado declaran como arbitrarios, sino que se revisten como verdad científica indudable[3]. De esta manera, el mapa es a la vez un signo arbitrario, cuyo significado es producido según las reglas culturales, y un signo "mítico". Como significante al nivel del mito, esconde su arbitrariedad detrás de las reglas técnicas de producción de los mapas, que aparentan objetividad y estricta reproducción del mundo físico, y constituye así el significado "mítico". Se trata por lo general de un mensaje político con diversos referotes, entre los cuales figura la nación. Para expresarlo de otra manera, el mapa en dos signos a la vez: un signo en el sentido convencional, que consiste de un significante (el mapa en sí como producto cultural) y un significado arbitrario, inventado por el hombre para expresar una idea, y un signo en el sentido del mito, aparentemente no arbitrario, que consiste de un significante (el mapa en sí como producto técnico) y un significado que no es arbitrario, ya que el significante es presentado como copia del mundo físico. Se trata, en consecuencia, de un significado que no puede someterse a examen, dudarse de él ni interpretarse como verdad objetiva. El signo arbitrario se esconde detrás del signo "mítico" y rara vez reconoce como tal.

La similitud entre el mapa y el mito cobija también las estrategias de representación. En primer lugar, ambos se dan como perspectivas impersonales que no dejan lugar a la duda. La impersonalidad del mapa es consecuencia de la perspectiva desde arriba, a vuelo de pájaro, y esta perspectiva, como lo demuestra Hillis, es una perspectiva total[4]. Mientras que algunos planos renacentistas todavía eran diseñados desde una perspectiva horizontal y desde un punto de vista –en el sentido literal de la expresión- particular, que en sí contenía la información de su parcialidad, el mapa a vuelo de pájaro no surge de la perspectiva de Olguín o de alguna parte en particular. Surge de una perspectiva que a la vez incluye todos los posibles puntos de vista. Así, se convierte en la perspectiva de nadie y de ninguna parte. Como tal, esta perspectiva impersonal parece absoluta, indudable e imparcial. No obstante, también constituye la realización de una sola posibilidad entre otras: precisamente excluye lo que, por ejemplo, puede verse desde una perspectiva horizontal, y, más obvio aún, se trata de una perspectiva que no corresponde para nada a nuestra perspectiva cotidiana del mundo físico, la cual, salvo casos excepcionales, nunca se da a vuelo de pájaro. Sobra decir que la misma perspectiva de vuelo de pájaro constituye una ilusión, aun si pudiera contener la totalidad de los puntos de vista. Dado que todo mapa es proyección del globo terrestre –él mismo imperfecto a causa de la rotación de la tierra- a una superficie plana, todo mapa contiene por necesidad la primera imperfección a raíz de este hecho. Técnicamente no es posible representar un globo en una superficie, ni siquiera uno que fuese perfecto. Existen diferentes métodos de proyección aproximativos, pero ninguno es exacto. Una proyección que no distorsione las distancias, distorsiona en gran medida los ángulos; una que no distorsione los ángulos, distorsiona notoriamente las superficies; otras proyecciones distorsionan un poco los ángulos y las distancias, más no las superficies, etc. Esta imperfección es intrinceca al mapa, no hay remedio contra ella. Como dice Baudrillard, el mundo mirado desde el studiolo es probablemente tan sólo un efecto de perspectiva, en breve, un simulacro.[5] La perspectiva cartográfica es una especie de studiolo, y del mismo modo que la televisión contiene al televidente, el mapa contiene a su lector: no se trata de perspectivas que se le imponen, sino deque el mismo lector construye esta perspectiva sin referente, la cual se descompone a la vez en todas las perspectivas y en ninguna perspectiva. Es el punto de vista de todos y de nadie. La consecuencia es que el mapa carece de punto focal, y por esto resulta tan difícil encontrarle la trampa.

En segundo lugar, el mapa convierte las cualidades en cantidades, como indican sus escalas y convenciones. En formato de cantidad, las diferencias dejan de ser sustanciales para hacerse graduales, lo cual permite la integración de todos los lectores en el mapa: entre éstos desaparecen las diferencias esenciales-por ejemplo, dos lectores de culturas diferentes pueden concebir su semejanza de origen al ver que sus ciudades son representadas con el mismo símbolo o con símbolos de la misma escala-. Si la diferencia es sólo gradual, no existe entonces ninguna diferencia cualitativa, y si no existen diferencias cualitativas, en e fondo no hay diferencias, o por lo menos éstas no son insuperables. El lector, por su parte, simplemente tiene que regirse por la escala. El mapa es un catálogo, un inventario del mundo físico que esconde el hecho de su trasfondo arbitrario y heteróclito, Organiza en categorías el material heterogéneo y sin sentido del mundo físico, y, en el interior de tales categorías, los elementos son relacionados a través de grados. El mapa surge como conformación de un plano organizado a partir de un material desorganizado, como conformación de un plano matemático a partir de hechos. Los hechos y su sentido pueden ser puestos en duda, los números no; la matemática es una ciencia exacta que no sabe mentir. Pero el mapa no es el mero inventario del mundo físico, sino también la invención de una realidad: ordenándolo, el mapa le otorga una estructura, que, una vez diseñada en el tablero de dibujo, hay que imponer consecuentemente sobre el mundo físico. Las categorías empiezan a dominarlo: hay que satisfacerlas, existan en el mundo físico previamente o no.

En tercer lugar, al igual que el mito y el simulacro, el mapa es tautológico. La tautología define lo mismo a través de lo mismo, por ende, no dice nada nuevo. Ya que el mapa es, según él mismo, una copia objetiva de la realidad y que puede sustituirla, no requiere interpretación. De hecho, ni siquiera podría pretenderlo como opción. Como el simulacro, el mapa quiere ser tan real, que la diferencia entre realidad y mapa desaparezca para ponerse a sí mismo en el lugar de ésta. La función de la tautología es aparentar que el simulacro es la realidad y disimular que no lo es. El ideal de! mapa es convertirse a sí mismo en realidad y sustituirla con su propio sentido, el cual, para no poner en peligro este fin, no ha de distinguirse ya del sentido de la realidad ni ser desenmascarado como sustituto de su sentido. El mapa es la interpretación tautológica de la realidad.

En cuarto lugar, el mapa es atemporal. Como dice el geógrafo en el Principito, lo que el geógrafo escribe es eterno. Pero el mapa no es simplemente eterno, sino que mantiene múltiples y complejas relaciones temporales con la realidad. Por un lado, el mapa es posterior a un momento de la realidad, ya que es producido después del momento retratado y de esta manera siempre está atrasado con respecto a la realidad. Cuando los cartógrafos por fin concluyen el mapa, el mundo físico ya se ha transformado. La razón de este destiempo se encuentra en el nacimiento del mapa, el cual surge del itinerario y es, por ende, producto secundario de la narración. En otras palabras, el mapa es un producto posterior al viaje. La narración del viaje cuenta la sucesión de lo que aconteció al viajero, pero cuando es proyectada al mapa, el relato pierde tanto su temporalidad como su precisión y se convierte en una anticipación. Pues el mapa no solamente indica lo que pasó, sino también lo que puede volver a pasar y lo que pasará. No está en la naturaleza del mapa la capacidad de representar el transcurrir del tiempo como puede hacerlo una narración. Puesto que el mapa carece del tiempo de la narración, el pasado del viaje, su futuro y su nueva posibilidad se ubican en el mismo plano horizontal del mapa y, en él, el viaje se puede repetir en cualquier momento, desde cualquier perspectiva y en cualquier tiempo gramatical. De esta manera, el mapa anula el tiempo, y el viaje y su duración desaparecen. Si todos los tiempos, todos los sucesos y todos los viajes se hallan contenidos en el mapa, desaparece la necesidad de realizar el viaje, puesto que éste, con base en el mapa, puede ser narrado en cualquier momento. El viaje renace al ser contado, pero el mapa contiene en sí el viaje fuera del transcurrir del tiempo, y contiene además la totalidad de los viajes. A raíz de esto, aunque el mapa tenga o contenga fechas, las pone todas en un solo nivel, el de la superficie terrestre que en el mapa no cambia.

En suma, el mito y el mapa son códigos, afirmaciones subjetivas sobre la realidad revestida como realidad misma, normas que quieren imponerse a toda costa y que, como tales, no pueden ser la representación de los hechos de la realidad, sino solamente el deseo de la realización de determinada realidad. El mito y el mapa son imperativos que revisten como presente lo que no es o todavía no es. El mapa constituye, incluso, un reconocido instrumento de planeación, esto quiere decir, del diseño futuro del territorio, y no solamente de representación del mundo físico. Pero es imposible desenredar estas dos dimensiones temporales. El gusto que encontramos en observar mapas-no en interpretarlos-se debe en parte a su carácter de visión y ensueño. Pero el mapa no deja espacio para pensar que los hechos también podrían ser otros. Dado que el mapa pretende enunciar verdades absolutas, no permite la opción al "no" y a opiniones alternativas. El saber incompleto aparece como saber completo, como verdad y realidad, suprimiendo así otros saberes. El mapa y el mito desean un orden ideal de la cosas, por lo cual no importa que lo representado en ellos sea realmente una anticipación; si en algún momento esto se diera con toda seguridad, sería equivalente a presentarlo como algo ya dado, ya presente; el mapa y el mito no tienen tiempo, sus verdades son indudables y eternas. Como representación ideada e ideal de la realidad, el mapa la antecede y transforma en realidad presente la realidad deseada. En este sentido, el mapa es la "futuridad"[6] de la realidad, como señala Rama, o un simulacro en el sentido de Baudrillard. El mapa es a la vez más antiguo y más joven que la realidad, lo que conlleva a su independencia de ella y al hecho de que no sea una simple y fiel copia suya. Por esto, el mapa es un signo utilizado, por lo general, para representar metadiscursos de poder que presentan conceptos semánticos-como verdades. En otras palabras, es un símbolo, un icono. Se asemeja a lo que representa y da una interpretación a su referente, en la que pretende decir la "única" verdad posible sobre él, esto es, no decir nada más allá de la "verdad" del referente. Al expresar una idea mediante la copia del referente, sugiere la intercambiabilidad e identidad de ser entre idea y referente, a pesar de que se trata de dos entidades radicalmente distintas. Debe distinguirse claramente entre las dos capas significativas del mapa: el mapa como medio de información, como mito, como símbolo, y el mapa como producto cultural. Como medio de información, tiene un contenido unívoco; como producto cultural, su contenido se ubica en un contexto. Como medio de información, nos dice qué se sabe; como producto cultural, nos indica algo acerca de las circunstancias de este saber. Se lee, en el primer primer caso, a nivel literal; en el segundo, a nivel metafórico.

Cataloga y refleja el mundo físico por un lado; evalúa y constituye una realidad por el otro. Como medio de información es de carácter descriptivo, en su calidad de signo es normativo. Los significados representados con la ayuda del mapa pueden ser múltiples, pero suelen reducirse a discursos de poder. Uno de ellos es el ya mencionado discurso de la nación. Para simbolizarla, ¿qué podría prestarse de mejor manera que el mapa, el cual puede representar el concepto de la nación como verdad de la presente, válida para todos, más allá de las opiniones políticas y desigualdades sociales? ¿Qué podría ofrecer un mejor simulacro de la nación?

II. La biografía visual de Colombia: El atlas de 1889 como símbolo nacional

El Atlas Geográfico e Histórico de la República de Colombia (Antigua Nueva Granada), producto de los levantamientos de la Comisión Corográfica, es una narración simbólica de la nación colombiana. Se compone de dos partes: la parte histórica, subdividida en una sección sobre la Colonia y una sobre la guerra de Independencia, que simbolizan la legitimidad del territorio colombiano, y la parte temática, que simboliza los diversos atributos de la nación y sus espacios. El orden de los mapas es cronológico y establece la segunda parte como culminación de la primera.

La prefiguración de la nación en los mapas históricos se expresa mediante diversas estrategias. En primer lugar, los mapas establecen una continuidad del nombre "Colombia" y de sus ciudades y fronteras aun donde, para el momento representado, no se puede hablar propiamente de Colombia.

El primer mapa del atlas, la Carta de Colombia que representa la ruta de los conquistadores y exploradores en el territorio que forma la República, la posición de las tribus y las primeras fundaciones y divisiones políticas, podría llamarse más bien "Carta del Espacio que conformará posteriormente la República de Colombia". Ya en este mapa se introducen las convenciones de "capital de la República" y "capital del Departamento", y aparece Medellín. Todos estos conceptos son tomados del momento de la producción del atlas y no del tiempo representado, y mediante ellos se establece la continuidad del espacio colombiano y sus elementos.

En segundo lugar, la forma y la extensión del territorio colombiano corresponden, en los mapas restantes del atlas, a la parte de la superficie poblada por tribus indígenas. De esta manera se anticipan las fronteras del espacio colombiano.

Este signo cumple además otras funciones. Legitima el territorio como territorio independiente de la conquista española y anticipa así la posterior igualación entre indígenas y americanos frente a los españoles. Otorga también a la nación colombiana una dimensión histórica, y esto de un modo tan excesivo, que precisamente la historia se hace obsoleta. El espacio colombiano ha sido poblado desde siempre; por ende Colombia cuenta con una historia nacional desde todos los tiempos, vale decir, eternamente. Sobra añadir que se trata de un espacio desconocido en parte, todavía, y que hasta ahora no ha sido integrado a la nación. Incluso hoy en día sería difícil elaborar un mapa de todas las tribus indígenas con su ubicación exacta.

En tercer lugar, el primer mapa contiene, además de la posición de las tribus indígenas, las rutas de los conquistadores, e introduce así un doble movimiento de fundación. Las tribus indígenas desaparecen en los mapas siguientes, pues ya no serán necesarias. Los conquistadores vuelven con otros nombres, Humboldt y Bonpland, Bolívar y Sucre, Aunque los indígenas sean necesarios para los fines de la representación, los conquistadores, naturalistas y generales les son superiores en este sentido. Mientras los indígenas hacen más bien parte estática del inventario -casi se puede decir que constituyen elementos topográficos-, aquellos se movilizan por el espacio. Las rutas de los conquistadores conforman, además la estructura básica del espacio colombiano. Éstos se mueven esencialmente en dirección norte-sur, y casi exclusivamente por la montaña. De esta manera, anticipan la posterior división del espacio nacional en dos: la parte vertical, que afirma a Colombia como país andino, y la parte horizontal, que la afirma como país de inmensos recursos y que corresponde en su mayoría al espacio poblado por indígenas. De esta manera, la fundación de la nación colombiana es doble y ambigua. Los mismos españoles, contra los cuales los indígenas sirven como legitimación y afirmación de la nación, funcionan también como fundadores.

En cuarto lugar, el mapa afirma las regiones fundadoras de Colombia, representadas en los colores de la bandera. Se trata de las regiones atlántica, dominada por Cartagena como antiguo centro económico; de Bogotá, como centro de encuentro para las rutas de los conquistadores, y de la llamada república indígena de Barbacoas, como anticipación de la constitución política de la República de Colombia. Los colores usados en el mapa son el verde, el azul, el amarillo, el rosado y el naranja - cinco colores que siempre volverán a aparecer y que en determinado momento estructurarán el espacio nacional de manera simbólica, como veremos luego.

En suma, el primer mapa del atlas establece ya todos los mitos de la nación que se desarrollarán en los demás mapas. La nación colombiana cuenta desde siempre con un espacio delimitado por las mismas fronteras y lleno con los mismos elementos, tiene una historia eterna y su espacio se compone de dos zonas complementarias: una vertical, la del poder, y otra horizontal, la de los recursos.

Finalmente, la perspectiva a vuelo de pájaro tanto de este primer mapa como de los siguientes acarrea consecuencias para el discurso de la nación. El mapa no impone nada al ciudadano, pero sí invita a todos sus lectores a ubicarse en el interior de su propio espacio. A los lectores no les es dado sustraérsele, pues son ellos - mismos quienes se ubican dentro de él. El mapa es la nación: a través de la perspectiva del mapa, el lector puede imaginarse a todos los otros lectores, quienes lo observan de la misma manera que él, y al mismo tiempo puede imaginárselos como elementos del mapa, por ser él mismo uno de ellos. En un movimiento doble, el mapa ubica a todos sus lectores en un mismo plano horizontal y fuera de él, pues permite a cada uno de los ciudadanos situarse imaginariamente en cualquiera de sus puntos y a la vez suponer a sus conciudadanos en este mismo plano, sin conocerlos jamás. El lector está dentro y fuera del mapa al mismo tiempo, observa la "realidad" desde la "realidad" misma. Así, todos los lectores se encuentran en el mismo espacio homogéneo de la nación y son convertidos por e mapa en conciudadanos. Ya que la perspectiva a vuelo de pájaro no constituye ningún punto de vista parcial, todos miran el mapa desde la misma perspectiva incorpórea y pueden concebirse de esta manera como miembros simultáneos de la misma comunidad. Desde el mapa, copia de la realidad, todos son pares e iguales en ella. El mapa trueca así en realidad lo imposible y se convierte en la anticipación del orden deseado de la nación. Pone en comunicación a los conciudadanos, quienes, en la realidad, nunca se conocerán todos entre sí ni serán para iguales. No obstante, ya que el lector del mapa es todos los lectores, también los conciudadanos se hacen intercambiables, tal y como lo son los lugares de la nación, todos igualmente representativos de ésta. El mapa nivela tanto las diferencias de sus sujetos como las de su espacio. A través de él, la nación es como debe ser, homogénea. Así, un bogotano puede relacionarse imaginariamente con un llanero, el llanero puede concebir a los indígenas precolombinos como sus hermanos, los cuales, a su vez, pueden concebirlos como hermanos del bogotano. La misma perspectiva ayuda a anular el transcurrir del tiempo histórico.

Los cuatro mapas que siguen al primero son representaciones de la administración territorial colonial, que confirma la prefiguración del espacio colombiano y su significado. A pesar de las cambiantes divisiones administrativas de la Colonia, los contornos exteriores de Colombia son los mismos del año 1889, resaltados incluso por medio del símbolo del atlas para fronteras internacionales. Sobra decir que este concepto no es aplicable al momento histórico representado. La Carta de Colombia que representa las primeras divisiones coloniales incluye a los vecinos Venezuela y Ecuador como espacios distinguibles, pero no al Brasil ni al Perú. Desde la perspectiva colombiana, estos últimos se convierten en espacios periféricos, y el mapa, al igual que todos los otros, sugiere la posibilidad de una expansión hacia tal periferia. Pero también los dos vecinos reconocidos valen menos que Colombia. Al representarse las subdivisiones de la futura Colombia, Venezuela y Ecuador parecen ser dos subdivisiones más. El mapa omite que la superficie coloreada corresponde solamente al momento de la mayor extensión del Virreinato de Santa fe, superficie dominada por muy breve tiempo, y reduce los complicados estratos temporales de la administración colonial a cuatro mapas que dicen lo mismo. La Nueva Granada es el centro de poder, y el espacio de la Nueva Granada es idéntico al espacio de la República de Colombia. De tal modo, el mapa borra la historia, a pesar de relacionarse abiertamente con ella. El Atlas está acompañado de un relato histórico y geográfico que lo dota de sentido concreto, y sus mapas ofrecen, incluso, una imagen específica de la historia colombiana. Pero la tarea de la historia no aparece como la de dotar a los mapas de temporalidad, sino como la de especificar sus contenidos sin quitarles su carácter de eternidad. Espacio y tiempo se confunden en el mapa, la historia misma pierde su temporalidad cuando es representada en el mapa y proyectada a la eternidad de la superficie terrestre. El mapa transforma el tiempo histórico en tiempo sin significado, en el tiempo homogéneo de la nación descrito por Anderson. [7] Se trata de un tiempo eterno, en el cual los eventos significativos de la historia nacional se convierten en entidades ontológicas del territorio nacional. El pretendido territorio del presente es a la vez su propio territorio futuro y el territorio futuro de su propio pasado. De este modo pretende legitimarse desde su pasado, el cual, en realidad, es ese mismo presente, que a su vez corresponde a su futuro. Como nexo entre los mapas de la administración colonial y el "Teatro de la guerra de independencia" figura la Carta que representa la división política del Virreinato de Santa fe en 1810. Por la delineación de los contornos, nos remite tanto al primer mapa como a dos mapas posteriores, uno de la Nueva Granada y uno de Colombia. De esta manera, la Carta anticipa la independencia del espacio colombiano y lo legitima como ya conformado. Reduce por consiguiente las guerras de la independencia a un "teatro", como anuncia el atlas. Es el primer mapa del atlas que establece la superficie de la futura República de Colombia sin referencia a los espacios que posteriormente se convertirán en Ecuador y Venezuela. Sin embargo, anuncia ya que se trata de espacios distintos y que no tendrán cabida dentro de Colombia. El mapa introduce la distinción entre "Andes colombianos" y "Andes ecuatorianos" y afirma así la identidad entre territorio y nación.

La segunda parte de la sección histórica del atlas se compone de los cinco mapas del "Teatro de la guerra de independencia". Hasta este punto los mapas cuentan la conformación del territorio colombiano, y mientras ésta se da como identidad entre todos los territorios históricos y el colombiano, los mapas del "Teatro" cuentan la historia del poder sobre este espacio, pero omite que también la Colonia conoce las disputas en torno a él. Durante la guerra, dicen los mapas, el territorio colombiano se halla dominado por dos naciones enemigas, los americanos y los españoles, y el fin es obtener los "territorios ocupados" por los últimos. El uso de colores de superficies borra el hecho de que la guerra de independencia se da en una serie de acontecimientos puntuales y desplazamientos lineares, y que los límites de los territorios en cuestión no son conocidos de ningún modo. Sin embargo, los líderes de los bandos enemigos se desplazan sobre estos territorios, y el centro de encuentro lo ofrece Bogotá. Los mapas reproducen el sentido de la acción de los conquistadores en todos sus componentes, y al igual que los mapas anteriores, reducen la temporalidad histórica a eventos que se desarrollan en un territorio que nunca puede cambiar, según la lógica del Atlas, y que en el mapa efectivamente no cambia. - Los cinco mapas contienen solamente tres colores: amarillo para los españoles, rosado para los patriotas y azul para el mar: los colores de la bandera con su respectivo significado. El color rosado (en sustitución del rojo) se asocia con la sangre de los patriotas, y su empleo establece una continuidad con los mapas de las divisiones coloniales, donde el territorio correspondiente a Colombia también aparece en este color. El amarillo de la bandera representa el oro, y, como color de los españoles, puede ser una alusión a la anticuada economía colonial, basada en la minería y la explotación de las tierras americanas por los españoles. En el último mapa del "teatro", la Carta de la antigua Colombia dividida en los Departamentos de Cundinamarca, Venezuela y Quito. En las Campañas de la Guerra de Independencia de 1821 a 1823, los territorios controvertidos se confunden con las divisiones políticas a causa del uso de los colores. Los colores de los dos grupos enemigos son transferidos a las divisiones políticas de la Gran Colombia, pero el mapa también es parte del "teatro de la guerra". Sobra en él la introducción de las divisiones políticas, ya que el siguiente mapa cumple con esta función, y de una manera mucho más clara, enseña las subdivisiones políticas y emplea una mayor cantidad de colores. Entre ambos hay una sola coincidencia notoria: Colombia es representada en rojo. Y una asociación clara, Colombia es la única patria verdadera.

A partir de este mapa, Colombia deja de tener historia, y cesa prácticamente toda relación con las naciones al margen de ella. Los siguientes ocho mapas, correspondientes a la parte temática del Atlas, no contienen ni vecinos, ni movimiento, ni dimensiones temporales. Son la auto-contemplación de la nación en el espejo del mapa. Se constituyen en torno a tres temas básicos: la política, el espacio físico y el espacio civilizado. El mapa que inicia la serie, la Carta de la Nueva Granada divida en provinóas-1832 a 1856-Uti-possidetis de 1810, retoma la ya mencionada representación del Virreinato antes de la guerra, legitimando de nuevo las fronteras, esta vez mediante la referencia al uti possidetis, que fue establecido como principio para la determinación de los límites entre las nuevas repúblicas americanas. La referencia está de más; el mapa convierte el uti possidetis en una nueva afirmación de lo mismo. Fácilmente se confunde este mapa con el siguiente, la Carta de la República de Colombia (antigua Nueva Granada) dividida en departamentos, 1886. La diferencia esencial consiste en los dos tipos de subdivisiones políticas, las del mapa de la Nueva Granada se pueden considerar "regiones naturales", las de Colombia, como indica el título, "divisiones políticas". Sin embargo, se afirma que se trata de dos aspectos de una misma cosa, Colombia, "dividida en departamentos", puede también dividirse en provincias sin que por ello cambie su esencia. Se trata de dos caras complementarias del mismo espacio. La Nueva Granada es un aspecto de Colombia, no una entidad distinta de ella, es la misma nación. Por otro lado, Colombia necesita de la referencia a la Nueva Granada para ser reconocida, tanto el mapa más importante del atlas como el título del atlas mismo señalan que Colombia es la antigua Nueva Granada - y no la Gran Colombia u otra cosa.

La Carta de la República de Colombia acude a tres estrategias representativas claves para simbolizar la nación, aplicadas también en los demás mapas. En primer lugar está el manejo del color, que retoma el hilo del primer mapa del atlas. Los colores establecen un equilibrio entre las superficies que representan los departamentos colombianos y las integran a dos niveles, el de los ejes y el de los colores de la bandera. Los ejes se establecen mediante la distribución de los colores naranja, verde, amarillo y rosado. El eje este-oeste entre Panamá y Santander integra visualmente el apartado departamento de Panamá al territorio nacional. Hay un eje norte-sur entre Tolima y Bolívar, y uno noroeste-sureste entre Antioquia y Cundinamarca. El color rosado funciona como un gancho que conecta las tres puntas de un triángulo: la Guajira, la Costa Pacífica y el Amazonas, estableciendo un doble eje norte-occidente y norte-oriente. Los cinco colores utilizados permiten múltiples asociaciones. El verde se relaciona con la vegetación abundante, la selva, y también con los cultivos; el color naranja, por ejemplo, con la salida o puesta del sol. El azul, el rojo y el amarillo se asocian con su significado en la bandera: el azul con el mar, el rojo con la sangre derramada por los patriotas, y el amarillo con el oro -utilizado para Antioquia, tradicional región minera, y para Cundinamarca, la tierra de El Dorado-.

En segundo lugar, el conjunto de colores en sí se reviste también de sentido. Visualmente, el territorio nacional es dividido en dos partes: una, de orientación vertical, constituida por la región montañosa con los colores amarillo, verde y naranja, y otra de orientación horizontal, integrada por la región oriental con los colores de la bandera. La parte vertical consiste en unidades relativamente pequeñas, representadas en colores que, de alguna manera, se derivan de fenómenos geográficos. Contiene muchos elementos de este tipo, especialmente poblaciones, y es accidentada. El mapa insinúa incluso el aspecto del paisaje mediante la mezcla de perspectivas: La montaña aparece de una manera plástica, ya que el sombreado logra la ilusión de tridimensionalidad. Todo esto es símbolo del centro de poder del país, el cual corresponde a la región ya conocida de Colombia. En cambio, la parte horizontal consiste de unidades mucho más grandes. Los colores utilizados para los tres departamentos orientales se asemejan a la bandera colombiana que flota al viento, es plana y fijada a un asta simbólica; la montaña, la parte vertical. A diferencia de esta última, esta parte contiene pocos elementos geográficos, reducidos principalmente a ríos, y es plana. De ninguna manera deja ver el aspecto del paisaje, que es considerado como secundario, en los textos de la época. Lo que cuenta es la dominación de este espacio, no su imagen. Todo esto es símbolo del hinterland reclamado por la nación. Se trata de un territorio aún desconocido, sobre el cual el poder del centro se afirma de modo anticipado. Pero las dos partes no deben ser separadas estrictamente. Aunque sean distintas, se unen mediante una zona de transición, la Cordillera Oriental.

Las sombras largas de la vertiente oriental de la cordillera se extienden a una parte de la planicie, y los departamentos orientales son realmente extensiones de los departamentos de Boyacá, Cundinamarca y Cauca, que hacen parte de la zona vertical. El mapa logra distinguiré integrar simultáneamente los dos espacios de la nación que muestra. A partir de los textos geográficos de la época, se asocia además a estos dos espacios integrantes de la nación colombiana una serie de atributos opuestos: montaña - ríos, cultivos - tierras baldías, terrenos privados - terrenos sin dueño, salud - enfermedad, compañía - soledad, integración - aislamiento, cercanía -lejanía, centro - periferia, pasado y presente - futuro, viejo -nuevo, humano - inhumano, cotidiano - enigmático, descriptible - indescriptible, reglamentado - carente de reglas, seguro - inseguro, control - descuido, disciplina -exuberancia, alegría - melancolía, civilización - salvajismo, variedad - monotonía, movimento - inmovilidad. Convertir el espacio horizontal en nación es el último fin de ésta, de modo que ya no sea necesario representar el oriente como bandera colombiana. Entretanto, conviene representarlo de esta manera para integrar al imaginario nacional este espacio concurrido por las repúblicas vecinas. El mapa representa el derecho de la nación sobre sus dos espacios. El poder sobre el centro se muestra, el del hinterland se afirma.

En tercer lugar, si se trata de un espacio disputado, hay que legitimar entonces su extensión, y la manera menos impugnable de hacerlo reside en convertir los contornos del espacio nacional en algo natural, ya que la naturaleza ha estado allí desde siempre. Esto nos lleva al concepto de los límites naturales, que se basan en elementos topográficos y se distinguen por ello de las fronteras, de origen político y, por ende, cuestionables. El ideal es la coincidencia de las fronteras con los límites; en el caso del mapa de 1890, la coincidencia entre ríos y fronteras. Pero hay una debilidad en la raíz de este concepto, ¿cómo debería determinarse el elemento topográfico que funcione como límite natural, y especialmente dentro de un territorio desconocido, como lo es el oriente colombiano en 1889? La única solución reside en determinarlo a partir del mapa. Como dice un texto de Codazzi, el territorio del oriente es monótono, y determinar límites en esta monotonía exige mirarla desde arriba, para poder decidir sobre la mejor opción. La decisión se toma con base en consideraciones de otro orden, no correspondiente a la naturaleza, como la competencia con los vecinos, la superficie del territorio incluida, los recursos anhelados, la megalomanía del Gobierno, el acceso a ríos mitológicos, y también la forma, en este caso la forma llena de una bandera flotando en el viento. De modo que el límite natural deja atrás toda su naturalidad y se convierte en símbolo, tal vez mucho más que una frontera política conformada por acontecimientos históricos.

Los tres mapas que siguen a la Carta de la República de Colombia constituyen el espacio físico de la nación. La Carta que representa el sistema orográfico y las vertientes y hoyas hidrográficas de Colombia inscribe este espacio natural dentro de un marco político. Los sistemas orográfico e hidrográfico no se relacionan con el espacio natural de la región, sino que se limitan al territorio reclamado por Colombia. De igual modo que la denominación "Andes colombianos", declara la identidad entre espacio físico y nación. Además, mirado superficialmente, resulta fácil confundir el mapa con alguno de las subdivisiones políticas. En el mapa todo es convertido en política, ya que ésta es la expresión básica de la nación. La Carta de Colombia que representa los territorios que han existido desde 1843 hasta 1886 hoy extinguidos es muy semejante. Aunque se trate de unidades políticas ya inexistentes, resalta las zonas de recursos naturales de Colombia. Paradójicamente, el mapa logra integrarlas de mejor manera al espacio nacional mediante su representación aislada. Por estar apartados entre sí, estos espacios se vuelven centro de atención del lector durante el tiempo que tarde en voltear la página. La Carta geológica de Colombia, Venezuela y Ecuador retorna a los tres colores de la bandera y relaciona la formación geológica con la historia y la economía. El mapa declara tres épocas geológicas. El color amarillo representa rocas plutónicas y fósiles; el azul, las épocas terciaria y cuaternaria, y el rojo, la época cretácea. Solamente los Andes de Colombia, que atraviesan la región como una columna vertebral, contienen todas las formaciones geológicas, y ofrecen una imagen de la diversidad del espacio colombiano. Sin embargo, domina el color azul. El texto que acompaña al mapa explica que las formaciones terciarias son ricas en minerales y que las cuaternarias dan buenos suelos. Colombia dispone, entonces, de terrenos aptos tanto para la minería como para la agricultura, sobre todo en los espacios correspondientes a los territorios nacionales. El texto explica, además, que las formaciones terciaria y cuaternaria se delimitan entre sí por el "diluvio universal". Con la formación cuaternaria, la geología, y por consiguiente el espacio colombiano, ingresan a la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, se trata de la historia de la vida sedentaria del agricultor, considerada como el futuro de Colombia, a diferencia de la atrasada economía minera de la época colonial. Como contraste, en el espacio venezolano domina el color amarillo, rico en fósiles pero inútil para la economía, y anterior a la historia humana. El último tema, el estado de civilización, consta de una Carta postal y telegráfica de la República de Colombia (antigua Nueva Granada) y una Carta de Colombia que representa la división eclesiástica. La primera que sigue los mismos principios del primer mapa de atlas, muestra un país poblado y rico en comunicaciones. Es el mapa con mayor número de nombres geográficos y líneas. La segunda representa la religión en atavío político, y le asigna de esta manera los mismos derechos. El mapa sigue los mismos patrones de representación que los de la Nueva Granada y de los sistemas hidra y orográfico, establece la identidad de la nación y del espacio político con las entidades territoriales eclesiásticas, y superpone así política y religión. Todos los mapas de la nación declaran que se trata de diferentes aspectos de la misma esencia y callan sobre las contradicciones contenidas en esta supuesta identidad.

El atlas culmina con una macro y una microperspectiva. El Planisferio integra a Colombia en el mundo europeo.

Colombia es representada con el color rosado, del mismo modo que el continente europeo, y no con el verde, color del continente americano. Las líneas de los barcos europeos -los únicos del mapa- no parecen llegar sino a tres puntos del mundo -Estados Unidos, Brasil y el Caribe- y ligan de este modo a Colombia con Europa. Colombia parece transferida del viejo al nuevo continente, como un exclave europeo que promete el futuro a Europa sin que ésta tenga que prescindir de su antigüedad. El Plano de Bogotá es un zoom al centro de la nación, del cual emana el poder y la esencia de la nación colombiana, como declaran los geógrafos colombianos del siglo XIX. El plano se halla enmarcado por ilustraciones de las calles de la capital y de los símbolos del poder más importantes: imágenes de las estatuas de los próceres, del capitolio y de la catedral. El plano muestra una ciudad diseñada según el modelo clásico, la tabla de ajedrez romana, con una equilibrada distribución interna de los elementos. El plano afirma que se trata de una capital "como debe ser", construida según los patrones europeos y digna de ser vista. Con este último mapa del atlas, la nación se ensimisma en su centro de poder y se reduce al punto central de su territorio. El bogotano que hojea el atlas siente que ha vuelto a casa, mientras el llanero se siente gratamente obligado a reconocer que ha llegado a una casa ajena, a la cual, no obstante, es invitado con insistencia, toda vez que la respete. Aunque ignoramos si realmente el Atlas pudo haber funcionado de esta manera- pues se trataba de un proyecto elitista, realizado bajo muchas dificultades y de alcance limitado-, lo decisivo es su intento de construir el mapa como símbolo nacional, proyecto que se nos muestra revelador en cuanto a las intenciones políticas de la época.


BIBLIOGRAFÍA

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[*] MA, Freie Universität Berlín. Candidata a doctorado de la misma Universidad. Profesora de cátedra del Departamento de Lenguajes y Estudios Socioculturales, Universidad de los Andes.«« Volver

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[2]. J.B. Harley, "Descontructing the Map" en Cartographical, No. 26/2, 1989, Págs. 1-20.«« Volver

[3]. Roland Barthes, Mythologies, Paris, Editions du Seuil, 1970.«« Volver

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[6]. Ángel Rama, La Ciudad Letrada, Hanover/New Hampshire, Ediciones del Norte, 1994.«« Volver

[7]. Benedict Anderson Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, London/New York, Verso, 1983/1991.«« Volver

   
 

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