ISSN (versión en línea):1900-5180
 

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Para citar este artículoRevista No 11
Título:Bogotá vista a través del olvido de un objeto de culto
Autor:Olga Isabel Acosta Luna[*]
Tema: La Ciudad y las Ciencias Sociales en Colombia (II)
Febrero de 2002
Páginas 92-97
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Bogotá vista a través del olvido de un objeto de culto

Olga Isabel Acosta Luna[*]

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RESUMEN

Bogotá vista a través del olvido de un objeto de culto, es una pequeña reflexión sobre cómo influyen las transformaciones de una ciudad en los significados y los usos que son dados a los objetos y a las imágenes que la habitan. Para tal motivo se analiza aquí un caso particular, una Virgen en piedra colonial conocida desde 1627 como Nuestra Señora del Campo y que ha estado ubicada desde entonces en la Iglesia de San Diego en Santa fe de Bogotá. Durante la Colonia y parte del siglo XIX la Virgen fue un importante objeto de culto de la ciudad pero desde finales del siglo XIX empezó a desdibujarse como tal. Esta transformación estuvo relacionada con una serie de cambios que se dieron en Bogotá como fueron la transformación de la zona rural de San Diego en una zona activa de la capital, la migración de devotos de la Virgen que vivían en las cercanías de San Diego a otras zonas de la ciudad y el amplio y variado escenario de la imagen que se empezó a generar desde mediados del siglo XIX en Bogotá.

La historia cultural permite pensar y estudiar relaciones entre diferentes ámbitos del conocimiento, que la historia o la historia del arte tradicional estarían renuentes a considerar. Aprovechando estas posibilidades el texto siguiente quiere ser una pequeña reflexión sobre la relación existente entre la historia de las imágenes y de los objetos y la historia urbana, en este caso en particular, una reflexión sobre el cómo influyen las transformaciones de una ciudad en los significados y los usos que son dados a los objetos y las imágenes que la habitan. Para tal fin quisiera tomar como ejemplo, una escultura en piedra de la Virgen María creada hacia 1572 en Santa fe de Bogotá, convertida en 1627 en un objeto de culto con el nombre de Nuestra Señora del Campo y ubicada como tal en la Iglesia del entonces Convento de recoletos franciscanos de San Diego a las afueras de Santa fe. Hoy la escultura de la Virgen sigue siendo conocida con el mismo nombre y aun se encuentra en la misma Iglesia[1].

Los cambios de significado que desde el siglo XVI usuarios, espectadores, religiosos y devotos le han dado a esta imagen han estado constantemente relacionados con la historia de Bogotá. Esta relación se hace visible en diferentes aspectos, por ejemplo, en el nombre que le fue dado en el siglo XVII a la Virgen: "Nuestra Señora del Campo". Este nombre hace referencia a la zona de San Diego en donde fue encontrada la escultura a comienzos del siglo XVII y que durante los años coloniales hizo parte de la zona rural al norte de Santa fe[2].
Hoy la Virgen sigue conservando el mismo nombre a pesar de que San Diego se ha convertido en una zona activa del centro de Bogotá.

Aquí nos queremos concentrar en un momento específico en que la historia de Nuestra Señora del Campo se cruza con la de Bogotá: El olvido de la Virgen como un objeto de culto. Nuestra Señora desde 1627 y hasta finales del siglo XIX había sido considerada por la población santafereña como uno de sus más importantes y queridos objetos de veneración. A la Virgen durante más de doscientos años se le atribuyeron variados milagros como la curación de enfermos y el haber salvado las cosechas de trigo de los alrededores de Santa Fe de una temible plaga hacía comienzos del siglo XVIII. Igualmente la Virgen contó con un gran número de devotos adinerados que le donaron tierras, objetos y dinero para garantizar el mantenimiento de su culto durante tiempo indefinido. Con la ayuda de esas donaciones, por ejemplo, se celebraban en honor a Nuestra Señora del Campo dos fiestas anuales que se configuraban en importantes eventos para la población santafereña y que reafirmaban cada año su estado como objeto de culto efectivo. Pero en un proceso que duró alrededor de un siglo y que comenzó a finales del siglo XIX, la Virgen fue perdiendo su fuerza como un objeto de culto hasta el día de hoy en que cuenta con un limitado grupo de devotos. En su olvido como objeto de culto jugaron un importante papel algunas transformaciones dadas durante este período en la ciudad de Bogotá y principalmente en la zona de San Diego.

Estas mutaciones urbanas se produjeron en tres sentidos. La primera se refiere a la transformación de la zona rural de San Diego en una zona activa de Bogotá, circunstancia que produjo la pérdida de las funciones que la Virgen había tenido hasta entonces como advocación del Campo. El segundo aspecto se refiere a la migración de devotos de la Virgen que vivían en las cercanías de San Diego a otras zonas de Bogotá dejando así a Nuestra Señora sin visitantes y sin devotos. Por último Bogotá se ha poblado desde la segunda mitad del siglo XIX por un amplio y variado escenario de la imagen y esta situación ha convertido a la escultura colonial de la Virgen del Campo en una de las tantas imágenes que conforman el panorama visual de la ciudad.

I. Del campo a la ciudad

A comienzos del siglo XX la zona rural de San Diego fue incorporada como una parte activa del norte de Bogotá. Esta conversión hizo parte de un cambio fundamental que la ciudad experimentó durante la segunda mitad del siglo XIX: su separación de la Sabana. La zona de San Diego había representado durante la Colonia de forma casi imperceptible el límite entre el campo y la ciudad. La Santa Fe colonial había sido una ciudad de ríos, riachuelos y quebradas a cada paso, de montañas siempre a la vista, de huertas dentro de las casas, de animales deambulando por la Plaza Mayor, de calles sin empedrar y de un ambiente tranquilo y silencioso que no permitía establecer claramente la diferencia entre el campo y la ciudad. Al comenzar el siglo XX la diferencia ya era notoria, la ciudad se convirtió en un espacio particular, en una construcción humana donde calles, edificios, tranvías, coches y sus mismos habitantes se diferenciaban del ambiente rural cercano a Bogotá.

Esta separación ha sido explicada[3] como una consecuencia de tres motivos que tuvieron lugar en Bogotá durante la segunda mitad del siglo XIX. El primero de ellos se refiere a un cambio en el uso de la tierra; la agricultura le abrió paso a la ganadería en las grandes haciendas que se formaron gracias a la compra de tierras de resguardo y de las propiedades desamortizadas; este fenómeno produjo la disminución de los sembrados cercanos a la Santa Fe colonial. Un segundo motivo estuvo vinculado con el adelanto de los medios de comunicación y el mejoramiento de las vías que unieron lentamente por tierra y agua a Bogotá con el resto del país. Esta situación le introdujo a la ciudad un nuevo ritmo de vida que la alejó de la calma rural. El último motivo de la separación de Bogotá con el campo se refiere al crecimiento que vivió la capital hacía sus cuatro costados, incorporando al norte de la ciudad al antiguo convento de San Diego, jalonado por la integración de Chapinero como zona residencial. Fue así como el antiguo entorno apacible de la Virgen del Campo, comprendido desde el siglo XVII por el Convento de franciscanos recoletos de San Diego, se transformó para los primeros años del siglo XX en un entorno urbano. A su alrededor se reunieron entonces nuevas construcciones que estaban ligadas a la idea de progreso que se le quería imponer a Bogotá y que comenzó después de la desamortización de las tierras pertenecientes a la Recoleta. Hacía 1870 el Gobierno cedió a la ciudad de Bogotá el edificio y las zonas anexas del antiguo convento y en el mismo año fue convertido en asilo de indigentes, mendigos, manicomio de locos y enajenados de ambos sexos, que vivían en la miseria y el abandono[4]. Igualmente a partir de ese año los presos fueron trasladados al Panóptico ubicado en el alto de San Diego, donde hoy esta el Museo Nacional.

Igualmente desde el siglo XVIII se generó la necesidad de construir cementerios a las afueras de la ciudad, dejando atrás la costumbre española de enterrar los muertos en las Iglesias. En 1840 se terminó de construir en las cercanías de San Diego el Cementerio Viejo que a finales del siglo XIX fue ampliado sobre un lote de propiedad del municipio al que se llamó Cementerio Nuevo. Las dos partes conformaron lo que hasta hoy se conoce como Cementerio Central[5].
Tanto el manicomio, el asilo, la cárcel y el cementerio se edificaron a las afueras de Bogotá cerca a San Diego y lejos de las casas de los bogotanos quienes consideraban a los locos, pobres y presos como seres que debían ser excluidos. Paradójicamente cerca a los ciudadanos excluidos, encerrados o enterrados se instalaron al costado sur, norte y oriente de la Iglesia de San Diego, parques y lugares de distracción que todos querían visitar, como el Parque Centenario, el Parque de la Independencia y el Velódromo e Hipódromo de la Magdalena.

En el año 1889, el entorno de la Virgen fue acompañado con una nueva construcción, la fábrica alemana de cervezas Bavaria, que significó un cambio importante en este sector de la ciudad porque le dio una nueva dinámica generada por la industria. Las construcciones coloniales caracterizadas por ser bajas, contrastaron desde entonces con las edificaciones de Bavaria que sorprendieron a los bogotanos por sus grandes dimensiones. La fábrica creó también cerca de ella un barrio para sus obreros llamado la Perseverancia[6].

Otros cambios importantes en el entorno de la Virgen que merecen ser resaltados fueron: la aparición del tranvía como transporte interno de Bogotá hacía 1884 y que ayudó a acercar la Iglesia de San Diego a la ciudad; la conformación de dos caminos que buscaban comunicar a Bogotá con Zipaquirá y que salían cerca de la Iglesia de San Diego hacía el Puente del Común; y la aparición de postes sobre los andenes que obedecían a la introducción del teléfono y de la electricidad a finales del siglo XIX.

Durante la década del siglo XX, a medida que Bogotá crecía aceleradamente, la zona de San Diego se seguía transformando. En el año de 1938 la ciudad se extendía hacía la calle 81, y San Diego se consolidó como el límite norte del centro de la ciudad. Esta situación se vio reflejada en que algunas edificaciones como el Panóptico, el Asilo y la Escuela Militar que se habían situado allí a finales del siglo XIX por ser un sitio alejado e inhóspito de la ciudad, debieron ser reubicadas en zonas más distantes. El Panóptico se convirtió en Museo Nacional en 1946 y en la década de los cincuenta en el espacio ocupado por el Asilo y la Escuela Militar se construyó el Hotel Tequendama. Estas dos transformaciones del espacio hablan por sí solas, aquello que representaba la vergüenza de la sociedad, a mediados del siglo XX se convirtió en un museo para sus habitantes y turistas y en un Hotel para recibir visitantes de otras ciudades o países que llegaban a Bogotá.

La transformación de Nuestra Señora del Campo en una Virgen de ciudad implicó que las funciones que había tenido durante la colonia como advocación del Campo, por ejemplo la protección de las cosechas de trigo, se olvidaran. Igualmente al desaparecer los sembrados y las tierras cercanas a San Diego desaparecieron también sus devotos que allí habitaban y que confiaban en la efectiva capacidad de la Virgen para cuidar sus cosechas. Así Nuestra Señora dejó lentamente desde comienzos del siglo XX de ser representativa de su advocación y su nombre recuerda hoy tan solo su antigua condición como patraña del Campo.

II Las migraciones

Durante las décadas de 1930 y 1940, Colombia se definió en el contexto capitalista y Bogotá como su capital hizo parte activa de esta transformación, "este hecho estuvo enmarcado, por un lado por la violencia y, por otro, por un proceso migratorio (entrelazado con esta problemática) que empieza a configurar una nueva espacialidad en el país"[7]. La violencia como un fenómeno que ha acompañado a Colombia a lo largo de su historia se acrecentó en la segunda mitad del siglo a partir de la lucha entre conservadores y liberales en un período que se ha conocido como la época de la Violencia; esta lucha estuvo ubicada principalmente en las zonas rurales del país, incrementando la migración de campesinos a las ciudades, proceso que ya había comenzado en el siglo XIX. Este hecho se ve reflejado en el aumento de la población en Bogotá durante estos años; en 1928 su población era de 235.421 habitantes, en 1951 de 715.250 y en 1964 ya contaba con 1.697.311 habitantes[8]. Dicha circunstancia logró reunir en un solo punto la diversidad del colombiano, los nuevos habitantes llegaban para quedarse y para construir una nueva vida, posibilitando este hecho la creación de espacios y costumbres diferentes en la ciudad. El contraste acrecentó las grandes diferencias sociales y económicas que existían desde la colonia en la ciudad, haciéndose visibles en la conformación y distribución del espacio. Se generó una marcada diferencia entre el sur y el norte de la capital, el sur se configuró como el sector discriminado de Bogotá, que comenzaba a partir de la calle séptima hacía el sur y donde se reunieron campesinos, obreros, artesanos y educadores, entre otros. El norte comenzaba alrededor de la zona de San Diego y se dirigía hacía Chapinero, allí se ubicaron los bogotanos más adinerados y quienes ya veían en el centro un sitio de poco prestigio social. La generación de esta diferencia se reforzó con los años y hoy se sigue manejando como un indicador , de estatus social en los habitantes de la capital. El crecimiento y mejoramiento de la ciudad hacía el "norte" se tradujo en el olvido y mayor empobrecimiento del "sur"; obras como el arreglo de calles, carreras, alcantarillado o locales para escuelas llegaron primero al norte[9].

Durante estos años Bogotá también se constituyó en el centro político, económico y administrativo de Colombia y el centro de la ciudad en su escenario. El centro se afianzó como zona histórica pero también como un lugar activo de la vida nacional; allí confluyeron los calmados años coloniales y la agitada situación política y social del siglo XX. Los edificios y objetos de la ciudad se transformaban, destruían o movían según las necesidades de los bogotanos; fue así como algunas construcciones coloniales o republicanas fueron derruidas durante este período, porque eran consideradas como un estorbo para cambios y progresos que se querían realizar en la ciudad.

A partir del crecimiento acelerado que se vivió en Bogotá desde 1950, el bario San Diego, conformado por las manzanas de la iglesia y los Parques del Centenario y de la Independencia hasta la calle 24, fueron integrados a la zona 8 de la ciudad que incluía, así mismo, otros cinco barrios Bavaria, Independencia, Perseverancia, Nieves y Samper[10]. A partir de entonces varias familias, entre ellas algunas de la élite bogotana, que desde finales del siglo XIX se habían instalado en esta zona de Bogotá, decidieron dejar San Diego y desplazarse al norte de la ciudad como una manera de reafirmar su estatus social[11].

Desde entonces San diego se ha convertido en un lugar de paso de personas que en su mayoría trabajan pero no viven allí. Hoy es conocido como el “Centro Internacional”, donde se concentra entidades financieras, bancos, corporaciones y comercio; entre estos edificios se mezclan museos, una biblioteca, un observatorio, en el Parque de la Independencia, cines y uno que otro edificio o casa de vivienda. Los domingos concentra un ambiente diferente, un gran número de habitantes de santa Fé de Bogotá acuden a la zona para descansar y divertirse, el centro financiero se convierte en ciclovia y en mercado de las pulgas, pero en la tarde cuando todo se acaba la zona queda sin sus visitantes y retorna una clama que desaparece al día siguiente.

Ese es el ambiente que rodea la antigua Recoleta franciscana de San Diego que hoy simula una isla entre la avenida 26 y las carreras séptima y décima, rodeada de la agitación y del nuevo ritmo de vida de la zona. Pero al entrar allí todo se transforma a través de sus robustas paredes no pasa el ruido de las calles y los visitantes viajan en el tiempo hacia el calmado convento recoleto del siglo XVII. La iglesia de San Diego a pesar de que continúa siendo un sitio tradicional donde los bogotanos se bautizan, se casan o le dan el ultimo adiós a sus seres queridos, está viviendo la misma situación de otros templos coloniales como San Victorino, Santa Bárbara y la Catedral ubicados en el centro de Santa Fe de Bogotá y que ido perdiendo lentamente su importancia como lugares activos de culto católico de la ciudad. Los fieles y constantes visitantes de San Diego hoy son pocos hombres y mujeres que se encuentran entre los cincuenta y sesenta años y que aún viven en la zona y que no han sido renovados por nuevas generaciones de devotos[12].

El lento olvido de una iglesia como San Diego y un objeto de culto como Nuestra Señora del Campo no obedece a la incredulidad de los bogotanos quienes siguen siendo en su mayoría católicos, que se bautizan, se confirman y se casan en las iglesias. Pero son sus ritmos de vida los que han modificado substancialmente desde la colonia hasta hoy y por ende la manera de llevar sus prácticas religiosas también han cambiado. Hoy muy pocos tienen tiempo para las misas interminables de otros años que se han convertido en ceremonias de 30 o 45 minutos. Por eso San Diego hoy es tan visitada durante la semana por trabajadores de la zona quienes durante la hora del almuerzo o al salir del trabajo acuden a la misa, rezan alguna oración, dan las gracias o piden algún favor a la Viren del campo o a otro objeto de culto y rápidamente se van a cumplir otras ocupaciones. Estos visitantes cambian los fines de semana, se transforman en familias o en habitantes de las cercanías que como parte del plan dominical incluyen una misa en San Diego.

Adaptándose a estos cambios la iglesia ofrece diez horarios diferentes de misa para que los visitantes escojan el que mejor se acomode a su rutina[13].

La Santa Fé de Bogotá de hoy al igual que la Santa Fé colonial sigue siendo una ciudad de iglesias, cada barrio cuenta con una de ellas y es en esta proliferación de templos que San Diego se ha convertido en un lugar de paso. A partir de los años cincuenta los habitantes de San Diego se empezaron a desplazar al norte o a otras zonas de Bogotá, pero esto no significó que los devotos dejaran de creer sino que sus practicas religiosas se trasladaron a otras iglesias mas cercanas a sus residencias o a sus lugares de trabajo. Hoy esos antiguos devotos de la iglesia de San Diego y de la virgen vuelven allí solo en una ocasión especial, como la misa en memoria de un muerto conocido.

Al mismo tiempo que la iglesia de San Diego desfallece como centro de culto activo renace como monumento histórico de Bogotá y Nuestra Señora del Campo como un objeto de arte colonial. Como reconocimiento a ello el templo de san Diego fue declarado monumento Nacional en 1975, con valor Arquitectónico, histórico, ambiental y artístico y la Virgen fue restaurada como un objeto artístico colonial en 1996[14].

III. Rodeada de imágenes

Durante más de trescientos años Santa Fe de Bogotá estuvo dominada por imágenes de carácter religioso, pero a partir de la segunda mitad del siglo XIX se dio cabida a nuevas imágenes que poblaron lentamente la ciudad. Hoy Bogotá es una ciudad plagada de anuncios, carteles, vallas, afiches, esculturas, fotografías, calendarios y pinturas que invaden los lugares públicos y privados de sus habitantes. El siglo XIX trajo consigo unos nuevos objetos y lugares de culto a la patria. El nuevo culto estuvo representado por las batallas de la independencia y principalmente por sus protagonistas como Bolívar o Santander, a quienes se quería inmortalizar a través de estatuas de piedra ubicadas en ambientes públicos, como plazas o parques, que se configuraron en sus espacios de culto. En el Parque Centenario cerca a San Diego, un templete albergaba una estatua de Simón Bolívar que era agasajada con flores al igual que se hacía con la Virgen del Campo. Hoy los espacios públicos de Santa Fe de Bogotá cuentan con un gran número de estos monumentos, a los que se han añadido Gaitanes, Galanes y Garzones que pretenden recordar diariamente el conflictivo y violento siglo XX.

Nuestra Señora del Campo como un objeto artístico, como una escultura colonial, convive hoy en Bogotá con otras esculturas creadas en diferentes épocas y que están exhibidas en museos o en algunos lugares públicos. En ese mundo escultórico, del cual hace parte la Virgen del Campo, se incorporaron desde la primera mitad del siglo XX ideas que dieron a luz nuevas esculturas, que ya no solo son el producto de la talla en madera, en piedra o del modelado en barro, sino también del ensamblaje y la manipulación de diferentes materiales u objetos[15].

Así mismo durante la segunda mitad del siglo XIX aparece en el panorama bogotano, la fotografía. Invención que produjo diversas reacciones, algunos sintieron un miedo infinito al ver que se transformaban en figuras de papel, otros la catalogaron como un truco de magia o como un invento del demonio, pero a pesar de estas reacciones poco a poco fotos en blanco y negro y posteriormente en color se fue integrando a la vida de los bogotanos, quienes gracias a ellas pudieron congelar los momentos que deseaban recordar. La fotografía contribuyó a que la posesión y la observación imágenes no fuera un privilegio de la iglesia o de la élite bogotana y que diversos espacios se vieran invadidos progresivamente de ellas, aumentando así sus escenarios en la ciudad.

Al final del siglo XIX los bogotanos vieron como la estática imagen que habían conocido hasta entonces a través de la pintura o de la fotografía se movía, una nueva imagen que no podían tocar y que a diferencia de las anteriores ya no era un objeto. Fue así como en 1894 los bogotanos tuvieron el primer contacto con el cine en el Parque del Centenario, donde se instaló el kiosco de la cámara oscura[16]. A partir de esa fecha y durante todo el siglo XX se han construido en Bogotá diversos teatros para presentar películas. La zona de San Diego desde la creación del teatro Olympia en la primera mitad del siglo XX se convirtió en un espacio que hoy concentra más de una decena de cines.

En la década de los cincuenta, durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, se dio inicio a una nueva etapa de la imagen, la televisión. A partir de entonces la imagen entró diariamente a las casas de los bogotanos, a través de un objeto que ha sido constantemente diseñado y modernizado y que no presenta una imagen sino multitud de ellas. El televisor hoy representa para la mayoría de hogares un objeto de culto, que ubicado en un lugar importante de la casa, logra reunir a su alrededor grupos de personas quienes se instalan allí horas enteras a ver las imágenes que él presenta; con él los bogotanos han establecido una estrecha relación afectiva, en ocasiones le hablan, lo abrazan o lo agreden. En las últimas décadas los espacios privados han seguido siendo invadidos por más objetos cargados de imágenes, como el computador que al igual que el televisor se ha configurado en un objeto del culto cotidiano.

Ante este múltiple panorama visual de Bogotá, la Virgen del Campo se ha constituido en una de tantas imágenes que hoy pueden ser vistas en la ciudad, en contraposición a los años coloniales donde el escenario de la imagen era limitado y los medios para acceder a ella estaban restringidos a los centros de poder de la ciudad como las iglesias.


Conclusiones

La Bogotá de hoy con casi 8'000.000 de habitantes, es una™ ciudad que convive de manera activa con su pasado. La presencia de la Colonia y de la República no es una presencia muda, no solo las costumbres e ideas de algunos bogotanos se asemejan a las de los santafereños de antaño, parte del mundo material que se comenzó a construir en el año de 1538 convive hoy con la ciudad que sus habitantes construyen y modifican diariamente.

Bogotá sigue utilizando los edificios, imágenes y objetos coloniales y republicanos como contemporáneos, las zorras como herencia del transporte colonial comparten las calles con busetas, carros y ejecutivos, las iglesias siguen prestando sus servicios religiosos y las casas de antaño están hoy habitadas o adaptadas a nuevas necesidades. Estas presencias del pasado están muy lejos de constituir a Bogotá en un museo porque ellas siguen estando vivas al ser utilizadas a diario. El pasado material de Bogotá solo en un pequeño porcentaje es un pasado congelado por el tiempo exhibido e inmovilizado en los museos.

Un objeto como la escultura de Nuestra Señora del Campo participa de esta actividad no sólo por ser una presencia del pasado colonial, sino también porque es una huella del siglo XIX y del XX, y hoy sigue siendo un objeto de uso sometido a permanentes manipulaciones y cambios en su materialidad y en su significado determinados en gran medida por Santa Fe de Bogotá y sus habitantes.


Fuentes Documentales

Centro Nacional de Restauración, Historia Clínica de la Restauración del Retablo Mayor y el Camarín de la Virgen del Campo, Clave 129-196, In situ, Bogotá.

Centro Nacional de Restauración, Historia Clínica dé la Virgen del Campo. Clave 129-196. In situ. Bogotá.


Bibliografía

1. Acosta Luna, Olga Isabel, Nuestra Señora del Campo. Historia de un Objeto en Santa Fe de Bogotá. Siglos XVI al XX, Maestría de Historia Universidad Nacional de Colombia, Santa Fe de Bogotá, 2001.

2. De La Serna, Fray Rafael, Historia de la Milagrosa Imagen de Nuestra Señora del Campo que se venera en la Iglesia de San Diego de Bogotá (1825), Editada por el R.R Rafael Almansa, Ex-definidor de Recoletos franciscanos, Bogotá, Imprenta de San Bernardo, 1916.

3. Ibañez, Pedro M., Crónicas de Bogotá, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1989, Tomo IV.

4. Mejía Pavony, Germán Rodrigo, Los años del cambio: Historia Urbana de Bogotá, 1820-1910, Bogotá, CEJA, 1998.

5. Rubiano Caballero, Germán, La Escultura en América Latina Siglo XX, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1986.
6. Viviescas, Fernando, "La ciudad: El espacio del encuentro y la aventura. Conversación sobre la ciudad y la literatura con Estanislao Zuleta y Luis Antonio Restrepo" en Ensayo y Error, Septiembre, 1997, año 2, no. 3, Bogota.





[*] Diseñadora Gráfica y Magíster en Historia Universidad Nacional de Colombia.«« Volver

[1] El texto que aquí se presenta esta relacionado con una investigación realizada recientemente y presentada como Tesis de Maestría de Historia en la Universidad Nacional de Colombia. Ver: Olga Isabel Acosta Luna, Nuestra Señora del Campo. Historia de un Objeto en Santa fé de Bogotá. Siglos XVI al XX, Maestría de Historia Universidad Nacional de Colombia, Santa fé de Bogotá, 2001.«« Volver

[2] Fray Rafael De La Serna, Historia de la Milagrosa Imagen de Nuestra Señora del Campo que se venera en la Iglesia de San Diego de Bogotá (1825), Editada por el R.P. Rafael Almansa, Ex-definidor de Recoletos franciscanos, Bogotá, Imprenta de San Bernardo, 1916.«« Volver

[3] Germán Rodrigo Mejía Pavony, Los años del cambio: Historia Urbana de Bogotá, 1820-1910, Bogotá, CEJA, 1998, págs. 43-51.«« Volver

[4] Pedro M. Ibañez, Crónicas de Bogotá, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1989, Tomo IV, pág. 560.«« Volver

[5] Germán Rodrigo Mejía Pavony, op. cit, págs. 223 224.«« Volver

[6] Ibíd., págs.216-217.«« Volver

[7] Femando Viviescas, "La ciudad: El espacio del encuentro y la aventura. Conversación sobre la ciudad y la literatura con Estanislao Zuleta y Luis Antonio Restrepo" en Ensayo y Error, Septiembre, 1997, Año 2, no. 3, Bogotá, pág. 201.«« Volver

[8] Varios, Historia de Bogotá, tomo I. Siglo XX, Bogotá, Fundación Misión Colombia Salvat-Villegas Editores, 1989, pág.56.«« Volver

[9] Ibíd, pág.53«« Volver

[10] Ibíd., Págs. 28-34.«« Volver

[11] Entrevista realizada al Monseñor Álvaro Fandiño Franky, antiguo párroco de la iglesia de San Diego, Bogotá, 8 de junio de 2000.«« Volver

[12] Entrevista con Héctor Cubillos Peña, actual párroco de la iglesia de San Diego, julio25 de 2000, Bogotá.«« Volver

[13]. Centro Nacional de Restauración, Historia Clínica de la Restauración del Retablo Mayor y el Camarín de la Virgen del Campo, Clave 129-196, In situ, Bogotá, Págs. 176-185«« Volver

[14] Ibídem, pág.154; Historia Clínica de la Virgen del Campo, Clave 129- 196, In situ, Bogotá.«« Volver

[15] Germán Rubiano Caballero, La Escultura en América Latina Siglo XX, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1986.«« Volver

[16] Varios, Historia de Bogotá, Tomo II, Siglo XX, pág.43.«« Volver

   
 

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