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Para citar este artículoRevista No 07
Título:¿Quiénes emigran?[*]
Autor:León Grinberg , Rebeca Grinberg
Tema: Colombianos en la diáspora ( I )
Septiembre de 2000
Páginas 115-118
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¿Quiénes emigran?
[*]

León Grinberg , Rebeca Grinberg

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Los individuos que emigran y las condiciones de migración son de una variedad infinita imposible de abarcar, por lo cual nos limitaremos a describir algunas de las situaciones que permitan establecer "modelos básicos" aplicables a otras. Tenemos plena conciencia de que las vivencias de un diplomático, o un profesor, por ejemplo, que vive lejos de su país de origen, e incluso cambiando frecuentemente de lugar de destino, tiene enormes diferencias con las de un emigrante que huye de la miseria con la esperanza de encontrar un sitio que le permita salvarse y sobrevivir. A pesar de la disparidad de estas experiencias, el estudio más profundo de las mismas permitirá descubrir elementos comunes en algunas de las reacciones emocionales de los sujetos implicados en esas migraciones.

Para comenzar, habría que definir el alcance de los términos que estamos utilizando y, antes que nada, el de "migración". En general, el término "migración" ha sido estrictamente aplicado para definir la movilidad geográfica de las personas que se desplazan ya sea en forma individual, en pequeños grupos o en grandes masas.

Quizá resulte útil recordar ciertas corrientes migratorias masivas, por sus importantes consecuencias históricas. Una de las corrientes más antiguas con significación histórica fue la de las tribus nómadas de Europa y Asia Central hacia Occidente, que coincidió con la caída del Imperio Romano. La migración europea y africana hacia América del Norte y del Sur y Oceanía, probablemente tuvo consecuencias históricas aún más importantes: este flujo comenzó poco después de los viajes de Colón, calculándose que más de sesenta millones de europeos se dirigieron hacia otros continentes, por causas derivadas de la miseria, las guerras y las epidemias, junto con la necesidad de aportes humanos por parte de regiones poco pobladas. Condiciones políticas o religiosas adversas motivaron también migraciones forzadas y masivas.

Estas grandes masas de gente que se desplazaban, en cada época por motivos distintos (económicos, políticos, religiosos, etc.), seguían rumbos determinados, hacia sitios considerados o fantaseados como más acogedores. Más allá de los factores externos que justificaban estas migraciones, operaría también la fantasía inconsciente de búsqueda de una madre tierra nutricia y protectora, frecuentemente idealizada.

La migración propiamente dicha, es decir, la que da lugar a la calificación de las personas como "emigrantes" o "inmigrantes", es aquella en la cual el traslado se realiza de un país a otro, o de una región a otra suficientemente distinta y distante, por un tiempo suficientemente prolongado como para que implique "vivir" en otro país, y desarrollar en él las actividades de la vida cotidiana.

Este concepto constituye la base de las definiciones que encontramos en la mayor parte de los tratados acerca de la migración: "acción y efecto de pasar de un país a otro para establecerse en él".

El término "trasplante" ha sido utilizado también como sinónimo de migración, pero con un matiz diferencial, ya que se lo suele aplicar a individuos que tienen que emigrar pero han estado muy "arraigados" en su medio original, lo cual determina una mayor intensidad en el sentimiento de "desarraigo" que sufre todo inmigrante, en mayor o en menor grado.

Sin embargo, aunque no responda a la definición corriente, psicológicamente, también podríamos considerar migración al traslado desde un pequeño pueblo a una gran ciudad, cambiar la vida de ciudad por la del campo, bajar de la sierra al llano y aún, para ciertas personas, mudarse de casa.

A los desplazamientos en el interior de un mismo país, que pueden ser más o menos definitivos o temporales (por razones de trabajo, para realizar estudios, etc.), se les denomina "migraciones interiores". Es importante también establecer una diferenciación entre los llamados "trabajadores extranjeros" y los "inmigrantes" propiamente dichos. Los primeros son, en el sentido amplio del término, personas que trabajan temporalmente en un país que no es el propio, pero tienen el proyecto cierto de volver a su país de origen en un plazo determinado, mientras que los segundos han decidido establecerse en el nuevo país en forma permanente, aunque tengan la posibilidad de retornar al país del cual provienen.

La distinción entre estas dos categorías de personas que abandonan la tierra natal va más allá de lo semántico. Los primeros "tienen el pensamiento más puesto en la vuelta que en la ida" (F. Calvo, 1977). Saben, o suponen, que su separación de su lugar de origen y sus familias tiene una limitación temporal, que les ayuda a enfrentarse con las inevitables vicisitudes presentes en las experiencias con el nuevo ambiente. En los segundos, la vivencia de pérdida de todo lo que han dejado es mucho mayor porque sienten, aunque luego pueda no ser así, que la ruptura de los vínculos tiene un carácter más definitivo. Ya veremos más adelante cómo unos y otros deberán pasar por períodos de duelo, desarraigo e intentos de adaptación, que podrán ser exitosamente elaborados o desencadenar síntomas psicopatológicos.

Por último, hay personas que se ven forzadas a vivir fuera de su país: configuran el capítulo de los "exiliados", "refugiados", "desplazados" o "deportados" por motivos políticos, ideológicos o religiosos, que no tienen la posibilidad de volver a su lugar de origen.

De modo que, en líneas generales, podría hablarse de "emigrantes voluntarios" y "emigrantes forzados", categorías sobre las que volveremos más adelante. Esta diferenciación es relativa, ya que muchos de los emigrantes que parecen no estar obligados por causas externas a dejar su país lo hacen, sin embargo, por temor a que las condiciones sociopolíticas económicas de su sitio de residencia puedan deteriorarse en el futuro inmediato hasta un punto no tolerable para sus objetivos, sus niveles de vida o posibilidades de subsistencia.

Estas "migraciones forzadas" ocurren no sólo a nivel individual, sino también masivo. Así, por ejemplo, entre 1947 y 1950, diez millones de personas fueron obligadas a emigrar de Pakistán, por sus respectivos gobiernos, por motivos religiosos.

No debemos olvidar que existen también "no-migraciones forzadas", por leyes que restringen la salida o entrada de emigrantes, en determinados países, lo que da lugar a que haya personas que se sientan "encerradas" en un país en el que no quisieran permanecer, o se expongan a situaciones ilegales que entrañan emigrar en condiciones de peligro, con todas sus consecuencias.

A veces, paradójicamente, ciertos cambios sociales importantes pueden determinar migraciones por "resistencia al cambio" y el temor a la amenaza de pérdida de valores, de condiciones de vida y, en última instancia, de las partes del self que ese cambio podría involucrar. En estos casos, el individuo no se atreve a enfrentar miedos primarios, como es el miedo a la pérdida de estructuras establecidas, la pérdida de acomodación a pautas prescritas en el ámbito social, los que generan intensos sentimientos de inseguridad, incrementando el aislamiento, la soledad y debilitando, fundamentalmente, el sentimiento de pertenencia a un grupo social establecido. Muchos de los que emigran por este motivo suelen buscar sitios que, aunque puedan ser lejanos geográficamente, presentan condiciones y características similares a las del lugar de origen, previas al cambio. En estos casos se podría hablar de "migraciones sedentarias", ya que se busca rehuir lo nuevo o lo distinto, para recrear y mantener sin modificaciones lo familiar y conocido. Es irse de un sitio para poder seguir quedándose en lo mismo: es irse para no cambiar.

Dada la magnitud del fenómeno migratorio, que afecta a un número tan elevado de individuos, esto pasa a ser un componente más de la "forma de vida" de nuestro tiempo, tal como señala F. Calvo (1977), y estamos de acuerdo con él cuando afirma que por más que se revista a este fenómeno con explicaciones sociopolíticas o económicas, no deja por ello de representar un serio problema personal para cada uno de los individuos afectados por esta experiencia, que justifica que se lo estudie en particular.

Hubo autores que se dedicaron a la investigación de los aspectos psicológicos de la "emigrabilidad", tratando de precisar las características específicas de las personas que consideraban en mejores condiciones para emigrar. Así, por ejemplo, Menges (1959) [1] define el concepto de "emigrabilidad" como la capacidad potencial del emigrante de adquirir en el nuevo ambiente, en forma gradual y comparativamente rápido, una cierta medida de equilibrio interno que es normal para él -siempre y cuando el nuevo ambiente lo haga razonablemente posible-y que, al mismo tiempo, pueda integrarse en el nuevo contexto sin ser un elemento perturbado o perturbador dentro del mismo.

Menges plantea también "indicaciones y contraindicaciones" para la emigración, sobre la base de la capacidad de dominar o superar la nostalgia (homesickness). Según él, el peligro de caer víctima de la nostalgia se incrementa si el individuo ha tenido escaso éxito en su desarrollo mental hacia la individuación. Los que sucumben ante la nostalgia suelen tener problemas infantiles no resueltos provenientes de una relación conflictiva con la madre. Se trataría en estos casos de algo más que el sentimiento de nostalgia, de una dependencia enfermiza del hogar

La estabilidad en la pareja matrimonial y en la vida familiar del emigrante constituye uno de los factores más favorables para poder realizar un migración adecuada, así como la habilidad profesional y la satisfacción en el trabajo.

En las mismas condiciones se encuentran los que emigran por razones ideológicas, ya que son menos dependientes de las circunstancias exteriores que les esperan en el lugar de destino. Por el contrario, los que presentan problemas personales y familiares, con poca eficacia en su tarea laboral, o los que tienen perturbaciones psíquicas acentuadas (como el caso de las personalidades esquizoide por sus dificultades de integración, las paranoicas o las profundamente depresivas), estarían contraindicados para afrontar el impacto de una migración.

Las características de los distintos tipos de grupo familiar también inciden favoreciendo o dificultando la posibilidad de migración de sus miembros. Así, será difícil que emigren individuos pertenecientes a grupos familiares que se describen como aglutinados, apiñados o "epileptoides", que parecen "tragar" a sus miembros, entre los que se observan enormes dificultades para la separación. Por el contrario, los grupos familiares de tipo "esquizoide" parecen vomitar a sus miembros, que tienden al alejamiento mutuo y la dispersión.

En términos generales, podríamos clasificar a los individuos, en lo que a su tendencia migratoria se refiere, en dos grandes categorías: aquellos que necesitan estar siempre en contacto con gente y lugares conocidos, y los que disfrutan cuando tienen la posibilidad de ir a lugares desconocidos e iniciar relaciones nuevas.

En ese sentido, Balint (1959) acuñó dos términos, el de "ocnofilia" y "filobatismo", para referirse a dos tipos opuestos de actitudes: una, con la tendencia a aferrarse a lo seguro y estable y otra, orientada hacia la búsqueda de experiencias nuevas y excitantes, actitudes que pueden aplicarse también a situaciones y lugares. Etimológicamente, estos términos derivan de voces griegas que significan, respectivamente: "aferrarse", una, y "caminar sobres los dedos", la otra (como acróbata).

Los ocnofílicos se caracterizan por su enorme apego a las personas, a los sitios y a los objetos; suelen tener gran cantidad de amigos y es vitalmente importante para ellos estar siempre cerca de alguien (no necesariamente siempre la, misma persona) que pueda brindar comprensión y ayuda. Necesitan objetos, tanto humanos como físicos, por la sencilla razón de que no pueden vivir solos.

Los filobáticos, por el contrario, evitan toda clase de ataduras, tendiendo a una vida más independiente y a buscar placer en aventuras, viajes y, sobre todo, emociones nuevas. Los objetos humanos y físicos les significan una molestia, y se apartan de ellos sin dolor ni pena, para buscar continuamente actividades nuevas, ropas nuevas, lugares y costumbres nuevas.

Se desprende, por lo tanto, y en lo que a la migración se refiere, que los individuos pertenecientes al primer grupo son más arraigados en sus sitios de origen y difícilmente los abandonarán, salvo circunstancias que lo exijan perentoriamente. En cambio, los del segundo grupo serán los más proclives a emigrar en pos de horizontes desconocidos y nuevas experiencias. Buscan situaciones que cumplan tres condiciones fundamentales: que incluyan una meta que implique cierto riesgo, que permitan la acción voluntaria de exponerse a ese riesgo y la expectativa (a veces, omnipotente) de que vencerán el peligro. Ninguna de estas categorías constituye por sí misma y en forma aislada un índice de salud mental. Quizá lo deseable fuera lograr una buena integración de ambas, de manera de poder actuar en uno u otro sentido según se evalúen las circunstancias.

En los juegos infantiles, las zonas de seguridad se llaman "casa" u "hogar", y representan a la madre. Muchos juegos y diversiones, como los de los parques de atracciones, incluyen situaciones que despiertan cierto temor (por ejemplo, por la velocidad) a las que el sujeto se expone voluntariamente sobre la base de cierta confianza de que ese miedo podrá ser tolerado y dominado, y que luego se retornará a la situación de seguridad. Esa mezcla de miedo, placer y confianza frente al peligro es componente de todos esos juegos.

Las actitudes extremas, en cualquiera de las categorías básicas a las que nos hemos referido, configuran, a nuestro juicio, su patología. En última instancia, podrían ser equiparadas a la agorafobia y claustrofobia, respectivamente. Es posible, por ejemplo, que algunas de las víctimas del holocausto desencadenado por el nazismo lo hayan sido por su exagerada necesidad de aferrarse a lo conocido, y no atreverse a intentar irse a tiempo. Inversamente, otros se destruyen por la búsqueda compulsiva y descontrolada de experiencias nuevas: empresas arriesgadas, drogas o migraciones continuas e injustificadas de tipo maníaco.

Otros autores atribuyen otros caracteres a la personalidad premigratoria: hay quienes sostienen que la tendencia a migrar es mayor en las personalidades esquizoide, que parecen no tener sentimientos de "arraigo" en ningún sitio. Algunos señalan que son las personalidades paranoides e inseguras las que por sus temores de persecución buscan repetidamente sitios que consideran más seguros.

Por el contrario, hay quienes afirman que sólo tienden a migrar los que tienen un yo más fuerte y capacidad para enfrentar riesgos. Uno de estos riesgos es la soledad que, en distintos grados, sufrirá quien emigra. La capacidad de estar solo es uno de los rasgos más importantes de madurez en el desarrollo emocional, tal como lo señala Winnicott (1958). El individuo la adquiere en la niñez sobre la base de su habilidad para manejar sus sentimientos en su relación con la madre y una vez que ha quedado establecida la relación triangular, con ambos padres. En otras palabras, el niño que se siente excluido frente a la pareja de sus padres en la escena primaria, y es capaz de dominar sus celos y su odio, incrementa su capacidad para estar solo.

Esa capacidad implica la fusión de los impulsos agresivos y eróticos, la tolerancia frente a la ambivalencia de sus sentimientos y la posibilidad de identificarse con cada uno de sus padres. Para que esta capacidad se mantenga durante el curso de su evolución hasta la vida adulta, será necesaria la existencia de objetos buenos instalados en la realidad psíquica del individuo. La relación del individuo con estos objetos internos, junto con la confianza que ellos le proporcionan y la integración alcanzada, constituirán la base primordial para que pueda tolerar las separaciones y la ausencia de estímulos y objetos externos conocidos. En estos individuos habrá menor tendencia a reacciones paranoides y mayor posibilidad para disponer de sus objetos internos buenos, que podrán proyectar en el mundo externo en el momento conveniente.

En la experiencia migratoria, el individuo que ha adquirido esta capacidad se encuentra en mejores condiciones para enfrentarse tanto con la pérdida de los objetos familiares como con la inevitable exclusión que sufrirá durante los primeros tiempos de su instalación en el nuevo ambiente. Para su vivencia, se reeditará la situación de frustración y exclusión infantiles experimentada con la pareja de sus padres, ya que los integrantes de la nueva comunidad mantienen lazos entre sí y comparten multitud de cosas (idioma, recuerdos, experiencias, conocimientos de lo cotidiano, etc.) relativas al nuevo país, a las que él es aún ajeno.

M. Klein (1963) se refiere al sentimiento de soledad basado en la vivencia de incompletud que deriva del fracaso de integración personal plena. A esto se agrega la convicción del sujeto de que ciertas partes disociadas y proyectadas del self no se recuperarán jamás. Ello contribuye a que el individuo no se sienta en completa posesión de sí mismo, ni pueda sentirse perteneciendo a ninguna persona o grupo. La posibilidad de desarrollar un sentimiento de "pertenencia" parece ser un requisito indispensable para integrarse exitosamente en un país nuevo, así como para mantener el sentimiento de la propia identidad, tal como hemos desarrollado en otra obra (Grinberg, L y R., 1971).

Las personas en quienes el sentimiento de soledad con las características anteriormente mencionadas se da con marcada intensidad tendrán problemas, que se agudizarán en sus experiencias migratorias, porque éstas acentúan, durante cierto tiempo, la vivencia de "no pertenencia". "No se pertenece ya" al mundo que se deja, y "no se pertenece aún" al mundo que se llega.

Volviendo a pensar en "¿quiénes emigran?", creemos que no existe un tipo de personalidad específica que condicione la tendencia migratoria, pero sí pensamos que puede haber una mayor o menor predisposición a migrar, vinculada con todo lo que hemos expuesto y basada en la constitución e historia de cada individuo, que puede ponerse de manifiesto en función de circunstancias y motivaciones externas e internas, en un momento dado, llevándolo a emigrar.

Bibliografía

1. Balint, M., Thrills and Regressions, The Hogart Press y el Institute of Psycho-Analysis, Londres, 1959.

2. Calvo, F., Qué es ser emigrante, La Gaya Ciencia, Barcelona, 1977.

3. Grinberg, L. y R., Identidad y cambio, Ed. Kargieman, Buenos Aires, 1971; Paidós-ibérica, Barcelona, 1980.

4. Menges, L.J., "Geschiktheid voor emigratic Eenonderzock naar enkele psychologische aspecten der emigrabilitei", Diss. Univ. Leiden 5- Gravenhage, 1959.

5. Winnicott, D., "The capacity to be alone" en The Maturational Processes and the Facilitating Environment, The Hogart Press, 1958, y el Institute of Psycho-Analysis, Londres, 1965.





[*] Tomado del libro Psicoanálisis de la migración y del exilio, Madrid, Alianza Editorial, 1984, Págs. 28-37.«« Volver

[1] En Fitness for Emigration; A Research on Some Psychological Aspects of Emigrability, 1959.«« Volver

   
 

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